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El aporte de un historiador

Por Abraham Santibáñez Sábado 10 de Julio del 2021

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Con una compleja mezcla de esperanzas, temores y una inexplicable dosis de intolerancia, la Convención Constitucional empezó a funcionar el miércoles pasado. Previamente, el domingo 4 de julio, tras su inauguración algo accidentada, se eligió como presidenta a Elisa Loncón, profesora de inglés y con grado de doctora en Humanidades en Holanda y en Literatura en la Universidad Católica de Chile.

El proceso de generar una nueva Constitución no es ni será fácil. Pero no hay duda de que la elección de una representante mapuche para encabezarlo es un hecho de relevancia histórica. Así lo subrayó Elisa Loncón en su primer discurso, descrito como “largo y emotivo”. Explicó algunas de sus expectativas junto con agradecer “el apoyo de las distintas coaliciones que depositaron su confianza, su sueño en el llamado que hiciera la población mapuche para votar por una mujer mapuche, para cambiar la historia de este país”.

La situación, en su conjunto, no está exenta de debate. Es comprensible ya que se trata de la culminación de una discusión que comenzó en los albores de la República.  Por mucho tiempo se impuso la imagen de que los mapuches eran marginales “flojos” y “buenos para el trago”. La expresión más feroz fue el bautizo de la arremetida armada como una campaña para la “pacificación de la Araucanía”. En tiempos recientes se optó por calificarlo como el “conflicto mapuche” que sólo se podía resolver por la fuerza. 

En abril de este año, cuando ya estábamos en la ruta hacia la nueva Constitución, se conoció una mirada distinta. El académico Mario Orellana Rodríguez, Premio Nacional de Historia, publicó “El problema aborigen en Chile y el valor de la investigación histórica”.  Precedieron este libro un par de obras notables: “Pensamiento historiográfico chileno (siglos XVI y XVII)” y “Pensamiento historiográfico chileno (siglo XVIII).

En el prólogo, otro Premio Nacional de Historia, Iván  Jaksic, aplaudió el trabajo de Orellana en la investigación de las fuentes históricas de Chile. Se trata de la obra de Jerónimo de Vivar, Alonso de Góngora Marmolejo, Pedro Mariño de Lobera y Miguel de Olaverría a quienes Orellana califica como “pioneros de la etnografía de nuestros pueblos originarios”. Ellos, según Jaksic, “lograron entender la tenacidad del pueblo Mapuche respecto de sus costumbres, e identificar su sistema de gobierno descentralizado”.

Son muchos más por cierto los aportes de esta obra, pero lo que importa es que coincide con la presencia de representantes de los pueblos originarios en la Convención.

Orellana sostiene que el afán debe ser de lograr una positiva convivencia política:

“Volvemos a insistir que la solución no es ni el aplastamiento policial ni menos militar, como tampoco el permanente accionar extremista de pequeños grupos ideologizados. La solución debería pasar por el reconocimiento de una realidad cultural e histórica que no se puede ocultar ni menos borrar con discursos de buenas intenciones, ni con acciones violentistas. Si los chilenos y los mapuches reconocen que hay 474 años de mestizaje biológico y de aculturización se podría llegar a una solución en donde, por una parte, se mantendría la unidad territorial y del gobierno de Chile, y, por la otra, una organización de gobierno regional, semi autónomo de los mapuches”.

Podría ser el comienzo de un país distinto.