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Chokita: ¿superficialidad de forma o legítimo fondo?

Por Eduardo Pino Viernes 23 de Julio del 2021

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El cambio de nombre de la tradicional galleta, que forma parte del imaginario colectivo nacional, ha provocado un boom de memes y reacciones en redes sociales. Nestlé informó que desde octubre pasará a llamarse “Chokita”, argumentando que se busca una “mayor conciencia sobre las marcas y su lenguaje visual respecto del uso de estereotipos o representaciones culturales”.

Lo cierto es que una tendencia de bromas, con un alto grado de creatividad y gracia, se ha preguntado ¿qué viene ahora?, aludiendo al cambio de nomenclatura de las notas negras en el pentagrama o las piezas en el ajedrez, además de una “lista Chokita” de productos, principalmente chocolatados, que tendrían sus días contados.

El lenguaje y su uso es un ejercicio dinámico que se encuentra estrechamente ligado a la cultura de un lugar. Su principal función es posibilitar la comunicación, proceso que ya en sí resulta complejo debido a la multiplicidad de variables intervinientes, algunas más objetivas y otras con un margen de interpretación subjetiva. Muchas de las expresiones que utilizaban nuestros abuelos hoy ya ni se recuerdan, mientras otras han cambiado su connotación valórica al recibir un cuestionamiento que antaño ni siquiera era imaginable. Es que influir en las manifestaciones del lenguaje es la antesala obligada para dictaminar dinámicas en el pensamiento de las personas. De ahí que las campañas propagandísticas a gran escala logran convencer a las masas de cuáles son las ideas correctas, disminuyendo o anulando su razonamiento crítico y estableciendo como valóricamente deseable lo que la mayoría expresa (o minorías que han acaparado los canales comunicacionales haciendo creer que representan grandes conglomerados de personas).

Que las expresiones del lenguaje cambien es esperable, pues la dinámica de los tiempos se refleja en éstas. Pero hay que estar muy atentos a dos posibles problemas que de tanto presentarse, dejan de resultar importantes en la evaluación de las personas y tienden a normalizarse: que los cambios reflejen una moda semántica pero no apunten al valor que supuestamente expresan defender; y que el cambio lingüístico resulte más importante que complejas problemáticas de fondo en las que realmente debe focalizarse nuestra atención.

Un ejemplo de lo primero es cuando algunas personas buscan respeto al exigir que se considere utilizar la nomenclatura no binaria, por ejemplo “todes”, pero no dudan en insultar y violentar a quienes no se encuentran de acuerdo con esto respaldados en la “Real Academia Española”. Personalmente no tengo problemas en referirme a alguien que me lo solicite en una nomenclatura no binaria, pero las imposiciones agresivas me parecen estar más cercanas a una especie de tiranía totalitaria que a una legítima necesidad de inclusión, pues a final de cuentas lo más importante es tender puentes comunicacionales y no derribarlos. La violencia puede coartar y someter por la fuerza, pero a la larga la forma distorsiona la legitimidad de fondo. 

Respecto al segundo problema, que considero más importante aún, el lenguaje puede verse manipulado para invisibilizar lo realmente importante. Esta noticia en nuestro país ha tenido una repercusión mediática mucho más importante que 3 noticias que han remecido a la transnacional alimentaria durante los tres últimos años:  asociación en su cadena productiva al trabajo infantil en diferentes partes del mundo, un serio cuestionamiento como una de las tres transnacionales que más desechos plásticos arroja en nuestro medio ambiente y, finalmente, que la misma empresa ha reconocido que el 60% de sus productos no son saludables (esta última noticia fue del mes pasado y a pesar que tuvo impacto en Europa, pasó prácticamente desapercibida en nuestro país).

Creo que los prejuicios de cualquier tipo que atenten a la dignidad de las personas deben erradicarse, pues sólo así lograremos una convivencia que posibilite una real integración para identificarnos como una comunidad que no sólo tolere, si no más bien valore la diversidad. Estos cambios tipo “chokita”, con olor a marketing y que nadie pidió, provocan más bien la sorna de mucha gente que en un proceso acumulativo, observa como lo superficial regocija a unos cuantos mientras lo verdaderamente importante queda secundariamente relegado al olvido.