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El “zapatófono” no fallaba

Por Abraham Santibáñez Sábado 14 de Agosto del 2021

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Un accidente de camión, en especial en los tiempos que estamos viviendo, no es noticia. Pero de haberlos, como los brujos de Garay, los hay.

En julio, en Viña del Mar dos camiones y una camioneta desbarrancaron en la bajada de Limonares. Cayeron unos quince metros y quedaron a la altura de los primeros departamentos de un edificio. No muy lejos de ahí, un auto aterrizó en el techo del colegio Seminario San Rafael. Igualmente se han multiplicado los vehículos de carga que, por alguna razón, se cruzan en la vía, como el buque que bloqueó el canal de Suez.

Nada se compara, sin embargo, con lo que ocurrió en Carahue. El conductor de un camión con una pesada carga de “rollizos”, quiso cruzar por una angosta pasarela y quedó colgando de los cables del puente. Era de noche, había neblina y el chofer no conocía la zona. Por ello -dijo- recurrió a “Waze”. Lógica decisión: se trata de una herramienta que sus fabricantes describen como “una aplicación de navegación colaborativa que ayudará a evitar los baches del camino en sentido literal y figurado”. Es una de las principales aplicaciones GPS gratuitas en existencia. Se estima que cien millones de personas la utilizan en el mundo.

GPS es la sigla de Global Positioning System, en castellano, Sistema de Posicionamiento Global. Lo inventaron los técnicos del Departamento de Defensa de los Estados Unidos y permite determinar, gracias a una red de 24 satélites, la posición de un objeto en cualquier lugar de la superficie terrestre.

“Aprender cómo funciona, aseguran los creadores de Waze, resulta bastante sencillo”, A juzgar por su popularidad, así parece.

No hay, en cambio, mucha gente que se interese por saber qué es y cómo funciona el GPS. Pero sí lo usan. Lo hacen rutinariamente quienes pretenden eludir los “tacos” cuando van o vuelven del trabajo; quienes quieren evadir controles incómodos o ahorrarse la demora por manifestaciones que ocupan las vías. Y hay más. El delivery no habría sido capaz de enfrentar la pandemia sin repartidores con apoyo tecnológico. 

La abundancia de artefactos tecnológicos ha cambiado profundamente nuestras vidas. Casi siempre de manera positiva. Si no, basta con ver en algunas películas antiguas de la Tele cómo los personajes se desesperaban tratando de encontrar un mapa o un teléfono. Desde el “zapatófono” del Superagente 86 sabemos que un “celular”, como lo llamamos aquí es insustituible. Puede tener, además casi de todo: cámara fotográfica, grabadora, linterna. Pero, como todos los artilugios de la modernidad, es falible. Puede fallar porque se agotó la batería o porque un niño lo echó al excusado. La modernidad nos exige cuidados que eran impensables.

Lo aprendieron en carne propia los vecinos de un edificio santiaguino que, para comunicarse desde la entrada con un departamento, deben enfrentar una compleja pantalla doble, una de las cuales no se usa. En la otra tienen que digitar una serie de números, anteponiendo un cero para marcar el piso y otra serie parecida para alertar de su llegada.

No todas las claves que usamos son tan complicadas. Pero son muchas y si uno cumpliera la recomendación de no repetirlas y cambiarlas de tiempo en tiempo, podría morirse de hambre, no ver televisión, no poder sacar dinero del cajero automático, abstenerse de recurrir al comercio o no usar el computador,

El chofer de Carahue sólo creía, ingenuamente, que el GPS nunca falla.