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Retirada sangrienta

Por Abraham Santibáñez Sábado 28 de Agosto del 2021

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El jueves 26 de agosto, cuando anochecía en Kabul, el general Kenneth F. McKenzie hizo un balance sombrío de la jornada: “Ha sido un día duro”, reconoció.

El alto oficial norteamericano encabeza el Comando Central de Estados Unidos en Afganistán. Como tal, debió hacer frente a los peores atentados terroristas en 20 años de ocupación de tropas de EE.UU. y Europa.

El Presidente Joe Biden fue más explícito:

“Estamos indignados y desconsolados… Para quienes llevaron a cabo este ataque, así como para cualquiera que desee causar daño a Estados Unidos, que sepan esto: No perdonaremos. No olvidaremos. Los perseguiremos y les haremos pagar. Defenderé nuestros intereses y nuestro pueblo con todas las medidas a mi alcance”.

Pese al tono enérgico, nadie cree que no habrá más atentados.

Por el momento, la retirada negociada por el gobierno de Donald Trump no se interrumpió.

El acuerdo con los talibanes se frustró con rapidez. Al acercarse el 31 de agosto, fecha límite para el retiro de las fuerzas de ocupación, el ejército de Afganistán cedió terreno sin lucha. Los talibanes recuperaron el poder de manera fulminante. Como en todas las retiradas a lo largo de la historia de la humanidad -y han sido muchas- se desató la desesperación entre los civiles. El recuerdo de los sufrimientos padecidos bajo el régimen islámico fue el detonante. Tras la fuga del Presidente Ashraf Ghani Ahmadzai el país se hundió en el caos.

La tensión se concentró en torno al aeropuerto de Kabul. Quienes querían salir del país por esa única puerta generaron una congestión indescriptible. Hubo estallidos de violencia con víctimas fatales. Nada, sin embargo, se compara con los atentados del jueves pasado que los talibanes no supieron evitar.

Murieron por lo menos trece soldados de EE.UU. y decenas de afganos. No se entregaron inicialmente cifras de heridos.

El general McKenzie responsabilizó por el ataque a los terroristas suicidas del Estado Islámico (Isis). djio que hombres armados habían abierto fuego contra civiles y fuerzas militares después de las explosiones. Poco después el Estado Islámico emitió un comunicado en el que se atribuyó la responsabilidad.

La historia, según recordó el diario Le Monde, se remonta a la proclamación en 2014 del Estado Islámico, un “califato” cuya base estaba en Siria e Irak. Aunque ese territorio se perdió más tarde, los talibanes paquistaníes adhirieron a Abou Bakr Al-Baghdadi, su jefe. Al año siguiente, talibanes de Afganistán que encontraban excesivamente moderados a sus dirigentes, proclamaron “la provincia de Jorasan”.  Es una referencia a una antigua región que englobaba sectores de Afganistán, Pakistán, Irán y el Asia central.

Aunque el grupo aún no ha llevado a cabo ataques contra el territorio norteamericano, el gobierno de Estados Unidos cree que representa una amenaza para sus intereses y los de sus aliados.

El talibán niega que el país pueda convertirse en un santuario para terroristas, pero algunos lo ponen en duda.

“No estoy seguro del valor de esas palabras porque escuchamos las mismas afirmaciones en los 90”, advirtió a la BBC Bruce Hoffman, investigador principal de lucha contra el terrorismo y seguridad nacional en el Council of Foreign Relations en Nueva York, Estados Unidos.

Los atentados, señaló CNN, dejaron al descubierto la extrema debilidad de la posición de Estados Unidos. “Después de luchar contra los talibanes durante 20 años, las fuerzas estadounidenses ahora dependen de ellos para evitar que los terroristas lleguen al aeropuerto de Kabul.

Pero el Presidente Biden cree en que no es un error:

“No es lo que uno llamaría una operación estrictamente reglamentada, pero (los talibanes) están actuando en (defensa de) sus intereses”, dijo.

No es muy consolador.