Necrológicas

Boric y la esperanza gratuita

Por La Prensa Austral Domingo 23 de Enero del 2022

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Arturo M. Castillo

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estas alturas del partido, es decir, cuando recién la esférica está siendo acomodada en el centro de la cancha, es casi un consenso de tirios y de troyanos, que nuestro coterráneo Presidente electo, es un fenómeno político que las generaciones recientes no conocían, y las mayorcitas, ya no esperaban. Aclamación multitudinaria en la Alameda -y curiosamente sin destrozos- como la de la tarde/noche de su triunfo, que se replicó proporcionalmente por todo el territorio nacional, no se veía desde la noche de la elección de Aylwin, aunque la “épica” fue la misma: para muchos en un principio, más importante que el convencimiento a favor del candidato, era la oposición a lo que representaba el adversario, pero a poco de obtenerse el logro, este permeó como por capilaridad al tejido social, para encarnar todo lo deseable, lo postergado, lo sufrido, y toda la esperanza para la mayoría, y para otra porción que sería una tontera mirar en menos, el establecimiento en el poder, de todo lo contrario. Todo Presidente parte sabiendo de los peligros que pueden representar estos últimos, así es que lo interesante para este artículo, es lo que pueda pasar con los primeros.

El recinto que se ha dado en llamar -con el ingenio propio de la gaceta criolla- “la Moneda chica”, se convirtió casi de inmediato, en una mezcla en proporciones desconocidas, de “muro de los lamentos”, expendio de bulas papales y “corte de los milagros”: un guirigay de peregrinos de cepa o recién conversos, llegando a expresar sus cuitas, la obtención de alguna bula absolutoria, y el rengo, que se va caminando satisfactoriamente. No hay certeza de cuantos llegan a dar, pero lo que es a pedir…

El próximo año, con Presidente en estreno a la cabeza, se cumplirán cincuenta años, desde el derrocamiento del único Presidente marxista en el mundo, llegado hasta entonces al poder, por el voto popular. En estos decenios, tanto los primeros 17 años, como todos los que vinieron después, afincaron o sostuvieron “el modelo”, uno en que la monserga es que el Estado lo hace todo mal, incluyendo empresas que nos dieron servicios básicos decentes y a buen precio, durante todo el tiempo anterior a 1973, pero que era mejor privatizar para así poder tener un empresariado de lujo; un modelo nuevo en que las reglas del juego debían ser claras y estables, aunque una de las reglas principales, acordada por la unanimidad del Congreso Nacional en 1971, y que estableció que el cobre era patrimonio de todos los chilenos, fue borrada sin remilgos, por los adalides de la estabilidad de las reglas.

El “pueblo” de hace 50 años, y que ahora se llama “la ciudadanía” o algo que suene políticamente aséptico, llevó al poder a Allende tras un largo periplo, con penurias de un país mucho más pobre que este, pero con educación gratuita y de gran calidad, un pueblo que tenía una conciencia ganada en ese día a día, en que todo costaba mucho, uno que creció jugando a la pelota de trapo, y a pata pelá. Tras la nacionalización del cobre, ese pueblo elevó sostenidamente la producción anual; como no hubo huelgas, probablemente no hubo “bonos por término de conflicto”, que es lo que últimamente vemos crecer sostenidamente en ese sector popular. Aportar en esos años, desde su lugar, era la forma de ser parte esencial de su propia esperanza.

Pero claro, son 50 años escuchando, viendo y leyendo, que cada cual debe rascarse con sus propias uñas, a menos que pueda hacerlo a buen precio, o gratis con las del vecino, por lo tanto, la solidaridad chilena hoy se llama “veinticuatro mil quinientos raya 03” y estaríamos listos.  Ahora, como hemos visto, cuando hay un incendio u otra desgracia masiva, los solidarios no llegan en patota a ayudar a cuidar, si no a llevarse lo que puedan. Desde mi punto de vista, eso explica que después de años de “No+ AFPs”, no hubo que gastar mucho en la campaña de las administradoras para que “con mi plata no”, fuera la primera iniciativa popular constitucional, que, presentada con la mano del gato, cumpliera con creces la meta de las 15.000 firmas, superando por casi un 50% a la de aborto libre, y luego a la de libertad religiosa. ¿Qué tienen en común estas tres iniciativas que lideran el ranking? Todas tratan sobre derechos individuales, todas hablan de mi yo, ninguna del “nosotros”.

Lo anterior explica en gran parte, el título de este artículo: Nuestra ciudadanía, quiere todo, pero sin poner nada, y no se trata del manido “lo quieren todo gratis”, que suele referirse a bienes concretos. Ahora, a vie de ejemplo, se trata de entre otras, de la esperanza de mejores pensiones para todos, pero que nuestro ahorro, que no alcanza para nada, no se vaya a juntar con el de otros, para un logro común – “no pueh, con mi plata no”- mire que el Estado es pésimo administrador, se va a llevar la plata pa’ la casa, o le pagará buenas pensiones con la plata de todos, sólo a las FF.AA. y a otros que van ahora literalmente “en la parada” del Parque O’Higgins. Es el mismo Estado ineficiente que en tiempo de pandemia nos vacunó a todos “gratuitamente”, el mismo que nos pagó un Ife y varios otros bonos y no nos dijo que no había plata porque las acciones se habían ido al hoyo; ese Estado, que no es nadie si no nosotros mismos, así es que, si tenemos un Estado penca, no le echemos la culpa a Corea del Norte.

El discurso individualista, ha devenido en un conjunto de egoístas, incapaz de entender que todo cuanto ha recibido del Estado, incluyendo vacunas, bonos, puentes, carreteras, hospitales y demás, viene de su plata, de esa que las AFPs le dicen “con mi plata no” ¿O de dónde cree que viene? El mayor sistema solidario son nuestros impuestos: de cada cinco marraquetas que compro, una la aporto al fondo solidario, de cada peso que gano por sobre un cierto monto, hay otra cuota que aporto a ese fondo solidario, y si lo administramos bien o mal, somos nosotros los nuevos Luis XVI que podemos decir “el Estado soy yo”, y depende de nosotros, que no nos cortemos solos la cabeza.

Para todo esto, necesitamos más solidaridad, de la verdadera, porque sólo con ella, podremos darnos de nuevo una educación gratuita de calidad, que produzca personas que tengan las capacidades para hacernos mejor a todos, y, por ende, mejor Estado. Porque sólo dejando de lado el egoísmo, disminuiremos la delincuencia: mientras el otro no vea en mí a un igual  -que es parte de lo que perdimos en estos 50 años- seguirá asaltándome sin asco, porque yo no le importo, no soy su prójimo, y porque es la forma que le dejamos, para rascarse con sus propias uñas.

Nuestro coterráneo, el Presidente electo, ha generado un nivel de expectativas y esperanzas, que me temo no se condigan con nuestra actual capacidad de bancarlas, las ponemos gratuitamente sobre los hombros del elegido, y sabemos cómo terminan esas historias, cuando nos parece o nos hacen creer que el elegido no da el ancho: o se le crucifica, o se le derroca.

Por estos días hubo uno que se cree chistosito, y que con lo que él llama fatuamente “su pensamiento”, incitó al empresariado, del que se siente niño símbolo, a hacer lo posible para que al gobierno entrante le vaya pésimo. Su alto intelecto le impide ver que cuando al gobierno que sea, le va mal, a todos, incluyéndolo a él, nos va mal. Por eso, su llamado fue un ataque directo a cada uno de nosotros, pero es el germen, de cómo termina mi párrafo anterior, y la posibilidad de que, si no la bancamos, desperdiciemos gratuitamente la esperanza. Tal como hicieron los trabajadores del cobre al comienzo de los 70s, es el momento de entender que lo que se requiere no es que nos den un bono por término de conflicto, si no, de ayudar a empujar el carro de nuestras esperanzas.