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Tendencia ludopática: mucho más que un juego

Por Eduardo Pino Viernes 13 de Mayo del 2022

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No cabe duda que el juego es una actividad fundamental en el desarrollo de nuestras vidas. Reviste una gran cantidad de propiedades favorables para nuestro crecimiento, pues desde pequeños representa una instancia que fomenta el desarrollo cognitivo, emocional y social, posibilitando el aprendizaje de diversos conocimientos y habilidades que van forjando en el individuo una mayor seguridad y dominio del entorno, lo que nos hace más efectivos en nuestra adaptación. Diversos estudios ratifican la conveniencia de integrar actividades deportivas en la educación de los niños, tanto individuales como en equipos para el desarrollo no sólo del aspecto físico, pues contribuyen de gran manera a la disciplina, perseverancia, seguridad personal, motivación y trabajo en equipo, entre algunos de sus beneficios. Por otra parte, los y las educadoras cada vez incorporan más el juego a sus metodologías para optimizar el proceso de enseñanza aprendizaje en diferentes niveles, no sólo en el preescolar en que es la actividad más relevante que se estimula y practica.

Pero el centro de la presente columna focaliza su atención en una tendencia desadaptativa que lejos de considerar al juego como un recurso que nos haría cada vez mejores, provoca en el sujeto una serie de complicaciones que hipotecan su bienestar. La ludopatía o adicción al juego es un trastorno relacionado con la dependencia generada por apostar dinero o bienes materiales, en que los niveles de ansiedad dominan el funcionamiento psicológico, generando la compulsión por estar recurriendo en forma frecuente a esta conducta. Una de las consecuencias más complejas observadas es que el pensamiento racional y analítico, ese que nos permite evaluar las situaciones de manera efectiva respecto a las consecuencias que traerán nuestros actos, se encuentra disminuido debido a que predominan ideas obsesivas y recurrentes de volver a jugar una y otra vez, a pesar de las pérdidas que se van acumulando en desmedro del patrimonio personal, e incluso de otros cercanos al tener que recurrir a engaños para obtener más recursos y calmar la ansiedad, con la eterna ideación fantasiosa del “ahora sí que me recupero y gano”.

A pesar que este trastorno se ha evidenciado desde tiempos pretéritos, llevando generalmente a la ruina a sus desafortunadas víctimas y perdiendo no sólo dinero o bienes materiales sino también la confianza y el cariño de personas significativas, hay cambios en el contexto que nos deberían alertar y prestar especial atención. Hace años, los juegos de azar en nuestro país se limitaban a dos grandes entidades como son la Polla Chilena de Beneficencia y la Lotería de Concepción.  ¿Quién no se ha ilusionado alguna vez al comprar un boleto, jugar una cartilla o elegir los números mágicos que podrían cambiar el curso de nuestras vidas? A esos juegos masivos se agregaban los Casinos de juegos, cuyo ejercicio de apostar revestía un verdadero panorama de entretención y esparcimiento. Con el tiempo hemos sido testigos que los juegos de azar masivos se han ido diversificando y se han construido varios Casinos más en que ir a jugar es sólo parte de una variada cartelera de espectáculos. Si a esto último se le prejuiciaba por considerarse una actividad a la que sólo podían acceder personas con un determinado nivel de poder adquisitivo, a un astuto comerciante se le ocurrió establecer lugares donde con muy poco dinero se pudiera torcer la mano al destino y tener un golpe de suerte, en un ambiente lleno de luces y ruidos atractivos que cautivaran la atención, para de paso disminuir el razonamiento más objetivo que lleva cuidar el dinero que tenemos para destinarlo a necesidades relevantes, como son el sustento propio y de la familia.

Como si fuera poco, ha surgido una variante de las apuestas que ha ganado terreno de manera exponencial los últimos años, posibilitada por la tecnología, como son las apuestas online. La OMS ya la ha reconocido como una variante de la adicción comportamental hacia los juegos que comparte los mismos principios de recompensa cerebral y la misma sintomatología clínica que la offline (esa en que ud. acude a un lugar a apostar), pero con la llamativa característica que es potencialmente más adictiva. Esto puede relacionarse con varias razones: el fácil acceso al ejercicio lúdico, pues no tenemos que trasladarnos a un lugar específico ni invertir tiempo y esfuerzo al tener la apuesta “en la palma de nuestra mano”. Esto lleva aparejado que se puede realizar sin que otros se enteren al vernos físicamente en un lugar, pues la mayor intimidad desinhibe las conductas de juego ante la imposibilidad de reproche social. Otro aspecto es la gran publicidad que legitima su uso, especialmente si está asociado a figuras con las que se establece un lazo afectivo. En este sentido la movida de utilizar al fútbol como fenómeno de masas que refleja este sentido de identidad es un verdadero acierto empresarial, pues 11 de los 16 equipos de primera división son auspiciados por este tipo de casas de apuestas, fenómeno que hace 3 años era inexistente.

Más allá de los términos jurídicos y políticos que aún aguardan una legislación más clara al respecto, no debemos perder de vista que la salud mental de la población en general se encuentra con una precarización mayor que hace unos pocos años debido a los fenómenos que todos conocemos. Esta mayor vulnerabilidad lleva a estar atentos a fenómenos como éste, pues cuando las apuestas de juego se dan en un contexto de responsabilidad, entretención y esparcimiento, resultan adecuadas y constructivas, pero cuando se convierten en refugio para evadir la realidad y presentan dinámicas compulsivas, traen aparejados una serie de trastornos que agravan los estados de personas que sin darse cuenta, hipotecan aspectos fundamentales de sus vidas en algo que hace rato dejó de ser sólo un juego.