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Ex prisionero político en Isla Dawson

Luis Alvarado Saravia: “Estoy empezando a vivir algo de paz”

Por Cristian Saralegui Miércoles 1 de Junio del 2022

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  • Tras el histórico fallo que obliga al Estado a pagarle $350 millones, el ex preso político reveló algunos de los horrores que padeció, el dolor del exilio a Dinamarca, la decepción a su regreso a Magallanes y su vida reorganizada en Chiloé.

Hace dos semanas se dio a conocer la histórica sentencia dictada por juez Claudio Neculmán Muñoz, del Primer Juzgado de Letras de Punta Arenas, que condenó al Estado a pagar, por indemnización al daño moral sufrido, la suma de $350.000.000 más las costas del juicio al ex preso político Luis Alvarado Saravia. El viernes de la semana pasada culminó su visita a la región, donde se encontró con amigos y afectos, ya que desde el retorno a la democracia, se instaló en Castro, Chiloé.

En esta región vive desde 1990, ya que a su vuelta a Punta Arenas después de 14 años de vivir el exilio en Dinamarca, se indignó al ver que muchos de quienes fueron sus torturadores, caminaban tranquilamente en libertad. La mente lo llevó a esos horrorosos tormentos y volvió a sentir una angustia que lo persiguió por años. Sintió que no podía convivir con ellos en la misma ciudad, y se trasladó a Castro, donde rehizo su vida.

Su historia de tormentos y dolores, pero además de su vida dedicada a la política, su trabajo como empleado bancario y el deporte, fue llevada a la literatura por el escritor Guillermo Mimica Cárcamo, que en diciembre presentó “Alvarado”. Al protagonista de esta historia le costó poder volver la vista a un pasado doloroso, y reconoce que el proceso fue muy extenso.

“Desde que conversamos la posibilidad de escribir un libro hasta que se concretizó, llevó mucho tiempo, porque todas estas penas, todas estas peripecias que he pasado en mi vida, y que fundamentalmente pasé en casi tres años preso. Me fui al exilio después, 14 años estuve en Dinamarca, quise volver a Punta Arenas y no pude estar, porque al segundo día de estar, me encuentro con el fiscal Gerardo Alvarez, al día siguiente con dos de mis torturadores; los encaré y después de eso pensé ‘quedarme en Punta Arenas va a ser un infierno para mí’ y me fui a Castro, donde estoy hace 31 años. Me fui en busca de paz”, resumió. Por eso, esta obra literaria lo reconcilió, en cierta manera, con la vida, porque “hizo que uno pudiera volcar a través de un relato y sacarse todo lo que tiene escondido dentro. Y a través de ese relato, hoy puedo decir que me siento muy bien. Estoy empezando a vivir algo de paz”.

Ayudó mucho también este fallo, ya que más allá de la cifra en dinero, Luis Alvarado siente que se hizo justicia con todo lo que debió padecer. Y es que mucha gente seguramente dirá ‘cómo no va a estar feliz, si le van a dar 300 millones’, pero ninguna cantidad logrará borrar los dolores sufridos, las burlas de sus captores, las humillaciones y vejámenes.

“Esto significa, en primera instancia, que hay una reparación, que ha costado muchísimo, porque la justicia, para que se haga, es lenta. Y en el hecho de que se trate de hacer una reparación, ella jamás va a alcanzar lo que uno ha vivido. No solamente yo. He estado con muchísimos compañeros que he saludado, visto, algunos absolutamente en la miseria. Entonces, pensamos que debe existir una reparación del Estado. En este fallo, que es de primera instancia, significa que las que vienen, tanto del Consejo de Defensa del Estado, el gobierno, tienen, obligadamente que entrar a hacer una reparación por todos. Llevamos 49 años, el próximo año serán cincuenta del Golpe cívico-militar y ha sido una lucha larguísima. Muchos compañeros han muerto, no solamente esperando sino que algunos, tampoco han seguido ningún juicio. Hay que tener en cuenta que nuestros compañeros son personas tremendamente humildes, donde si tú no consigues una asistencia judicial, un abogado que se interese en el caso y lo lleve adelante, hay compañeros que aún no hacen nada. Y este fallo puede significar que tanto el Consejo de Defensa del Estado como el Gobierno entren a reparar rápidamente, porque es urgente. Hay gente que está viviendo con la reparación Valech, que son entre 180 y 200 mil pesos, y con eso tienen que vivir. Por eso, cuando se dice que hay que hacer justicia, primero hay que armarse de una tremenda paciencia, segundo, tener una muy buena salud, y tercero, conseguirse la asesoría judicial que corresponde para llevar adelante un caso”, remarcó Luis Alvarado.

El abogado Pablo Bussenius fue quien estuvo apoyando judicialmente este caso, y apunta que “este fallo que primero, confirma lo que ha venido sosteniendo la jurisprudencia de la Corte Suprema, en el sentido de que las acciones civiles, las indemnizaciones asociadas a crímenes de lesa humanidad, no prescriben. Ese es un aspecto muy importante, desde 2015 la Corte Suprema viene sosteniendo esta tesis. El Estado chileno fue condenado en su oportunidad por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por aplicar prescripción en las causas civiles en materia de Derechos Humanos, lo cual era de todo punto de vista, discutible y las cosas han ido cayendo por su propio peso. El monto es importante, nos tiene muy satisfechos y es superior a lo que se ha venido entregando en este tipo de causas. Es un caso bastante emblemático, no sólo por la detención ilegal, la prisión política, la tortura sino que también fue condenado en un Consejo de Guerra con una pena original de pena de muerte, después obligado a viajar al exilio, y el desarraigo continúa cuando se debe ir a Chiloé. Estamos bastante tranquilos y conformes de que este es el camino correcto de la justicia”, establece.

Alvarado recuerda que su primer abogado lo tuvo en Santiago, porque sobre él caía una querella. “Conversé con un compañero que vive en Dortmund, Luis Ojeda Paillán, y con Arturo Soto, y los tres decidimos hablar con Pablo para que nos pudiera representar en esta demanda. Hubo compañeras que nos habían recomendado a Pablo, que finalmente accedió”, recuerda el ex preso político.

Alvarado se muestra más jovial y relajado, tras un proceso que, admite, se inició hace un año, “primero al volcar este relato en el libro, porque todo está metido en un chip. Además, han participado médicos, psicólogos, psiquiatras, y de alguna manera, obligadamente tienes que recordar. Yo tengo una querella donde también estuve en Punta Arenas haciendo la reconstitución de todo. Soy un preso político que  estuve en casi todos los campos de concentración de los regimientos, que actuaban como cárceles. En el único en que no estuve fue en el de la Fach, cuando funcionó en Tres Puentes y después en el estadio Fiscal. Y estas reconstituciones que hicimos, al único lugar al que no fuimos fue a Dawson, pero en todos los demás estuve haciendo reconstitución y eso es muy fuerte, porque tienes que revivir lo que uno pasó”.

Esta mejoría se aprecia en que, poco a poco, la memoria de Luis Alvarado le permite dar a conocer esta terrible experiencia. “En el regimiento Pudeto, donde además de haber estado preso desde el 12 de septiembre de 1973, el 27 de noviembre se hizo el primer Consejo de Guerra, donde estuvimos ante ese tribunal, formado exclusivamente por militares, todas las Fuerzas Armadas representadas en ese jurado. Y ahí, con Héctor Avilés, entramos con pena de muerte y cuando empiezan a votar, los dos primeros del jurado fallan pena de muerte. Vivir todo eso, vivir la tortura, evidentemente, uno piensa si va a haber cualquier reparación que sea monetaria o de bienes que vaya a reparar eso, la verdad es que no”.

Su sentimiento al respecto, tras esta resolución judicial es de tranquilidad “que empiezo a sentir después de casi cincuenta años en que he vivido con esto. Estuve en el exilio, con mi matrimonio, Silvia y mis dos hijas, de 5 y 7 años, que se quedaron a vivir en Dinamarca (Claudia tiene 56 años y Marcela, 53). La verdad, no pensé quedarme allá, siempre pensé que si me quedaba estaba como aceptando la condena. Fue una lucha que casi di desde el primer día, porque cuando se condena a una persona inocente, es terrible. Yo sentía que estaba aceptando la pena de extrañamiento, que fue la que se me aplicó después, para conmutar el presidio perpetuo y por eso aceptamos esa salida, que fue tremendamente difícil, pero que es indiscutiblemente mejor que estar un día en la cárcel. No, la cárcel es brutal, más cuando eres inocente”, reitera.

A Castro llegó el 3 de marzo de 1991 y por eso ya se considera “un chilote más”. En esta ciudad fue reincorporado al Banco del Estado, donde trabajó en Punta Arenas. “Entre el 1 de diciembre de 1959 hasta… yo creo que me finiquitaron en octubre de 1973 y en Castro, me reintegré el 5 de marzo de 1991 y debí haber trabajado hasta el 92-93, porque nos ofrecieron una salida a los que éramos mayores de 60 años y la tomé, porque además, tengo dos hijos más chicos: Luchito, que ahora tiene 29 y Claudio, 24, pensando en que no iba a durar tanto y ya tengo 81 años. Pensaba que me iba a morir por los 65 años, con todo esto que pasé, así que soy un afortunado, aunque tengo un montón de operaciones entre medio, además de secuelas. Fui operado de las dos rodillas en Dinamarca”.

Aparte, hubo otras cicatrices. “Mi médico personal era Guillermo Araneda, que me trataba una úlcera gástrica y cuando estaba en el regimiento, en un momento en que estaba incomunicado, producto de las torturas de la aplicación de polos de corriente, me metieron uno en la boca y me quemaron la lengua, que se infectó. No podía comer ni hablar. Entonces, en un par de días en que estuve gritando, me fueron a ver, y me llegó a ver Guillermo Araneda, que era mi médico antes del Golpe, que su señora había sido colega mío. Nunca reconoció Guillermo Araneda que yo había sido torturado. Después que me fue a ver, siguió la tortura y lo primero que me hicieron fue abrirme mi parka, y vino uno de mis torturadores, que me dio un golpe en el estómago y con un dolor atroz me arrollo y caigo y me dice ‘a este weón hay que pegarle ahí’. Entonces, la contribución de los civiles con respecto a tener un uniforme, porque se uniformó a Gerardo Alvarez, que fue el fiscal en el juicio, e inventó el Plan Z en Magallanes, tener a este médico que participó en las torturas y que llegan hasta el momento en que un médico las para, porque sabe hasta cuando puedes aguantar. Estuve en careos con ellos y ninguno me reconoció nada, porque son miserables. Y ahí estamos en el juicio, que ojalá pueda ver que realmente se hace esta otra parte de justicia, que es condenar a aquellos que mintieron para que centenar de compañeros estuvieran presos sin tener por qué. Solamente para justificar un Golpe y manejar el poder ilimitado que tuvieron”,

Por todo esto, antes de regresar, tomó esta venida a Punta Arenas como una forma de “sellar esto, porque pareciera que se hace una gran reparación, pero la única verdad es que se acepta que de alguna manera se haga justicia, pero esto sigue y puede ser largo también”.

Y tan largo que el Consejo de Defensa del Estado apeló a esta sentencia, por lo que la Corte de Apelaciones de Punta Arenas verá la causa en segunda instancia y ahora corresponden los alegatos de las partes.

Es por esa razón, sumado al tiempo transcurrido, que había perdido las esperanzas. “La justicia es lentísima, más encima vinieron estos dos años de pandemia donde se paralizó todo. Y me pregunté si alcanzaría a ver algo de reparación”.

Antes de la despedida y pese a toda la crudeza de su relato, Luis Alvarado concluye: “Me siento bien hoy día, pienso que por lo menos para mí, me empieza a cambiar la vida, empiezo a sonreír”. Es de esperar que la Justicia chilena se lo permita sí.