La muerte de un gran samaritano
Impacto provocó en círculos de la red de voluntariado de Punta Arenas el repentino fallecimiento de Juan Carlos Aguila Guerrero, quien este sábado se desvaneció a los pies de la Gruta de Lourdes en calle Mejicana, en el Instituto Sagrada Familia.
El siguiente es el homenaje que a través de una carta enviada a este diario, tributaron sus amigos y hermanos en la fe, Manuel y Lucía Espicel Nahuelquín.
“Sabemos que la muerte es la terrible realidad que nos iguala a menesterosos y a ricos, a jóvenes y a viejos; que de pronto, de acuerdo a nuestro pobre criterio individual, pareciera ser tan esquiva para los que viven una larga vida dañando, destruyendo, matando, en busca del dinero y el poder que sólo dura un destello en el tiempo.
Esta reflexión previa sólo sirve para otra pregunta: ¿Por qué se mueren las buenas personas, aquellas que han transformado su vida en servicio?
Se nos fue súbitamente Juan Carlos Aguila Guerrero a los 49 años su muerte nos hizo una vez más hurgar en el dolor, tan repentino, tan sin sentido para los cánones humanos; era un ser tan admirable, tan bueno en el sentido amplio de la palabra: misionero del Padre Hurtado, voluntario del Hogar de Cristo, voluntario de la Casa del Buen Samaritano, colaborador de la Comunidad Cristiana Puro Corazón, del Oratorio Jacinto Boco. Y, en realidad, de toda institución que necesitara su ayuda, de todo ser humano que requiriera apoyo y se acercara a él.
Lo conocimos siempre al servicio del más necesitado: los abuelos del Hogar de Cristo lo amaban porque solía atenderlos en el manejo de sus sillas de ruedas, atención de comedor, de limpieza, siempre pendiente de sus necesidades más elementales, sin ignorarlas ni eludirlas por repulsivas o desagradables.
Juan Carlos nos inspiraba, jamás se puso en el lugar de los que dirigen la ayuda con guante blanco. Aquellos que dicen socorrer, asistir y amparar a los pobres, pero sin tocarlos. Sin soportar los olores de la orina y el excremento, del hacinamiento, de la falta de los elementos más básicos para sostener la vida. La suciedad de una persona en situación de calle.
Juan Carlos, era un hombre extraordinario, pero a nadie le dijo que lo era. A los que hemos hecho de la ayuda una forma de vida nos duele toda forma de pobreza incluso la más terrible de todas, la del espíritu, aquella del egoísmo extremo: ´Vivo en mi metro cuadrado¨ o: ¨Los pobres son pobres por flojos¨. Nos mostró con su ejemplo que su generosidad nacía del corazón sin críticas y sin recriminaciones; sin comparaciones y a su vez anónima: no doy para ser un ejemplo y parecer más bueno, ni siquiera para ganarme el cielo, doy porque me duele la pobreza y el sufrimiento ajeno.
A Juan Carlos, lo encontraron muerto frente a la gruta de la Madre María. Para los que tenemos el consuelo de la fe nos da una luz de esperanza. Los servicios que prestó Juan Carlos siempre estuvieron iluminados por su fe en Cristo y en su madre María. Quería un mundo mejor y al contrario de muchos no lo quería para sí mismo. Posiblemente nunca pensó que no lo encontraría en la tierra, sino en el Cielo. Cielo sobradamente merecido para quién dejó una huella de generosidad y amor al prójimo.
Hoy murió un hombre bueno, debiera ser más tenue la música y más gentiles las palabras. Hoy murió un amigo y se llenarán de lágrimas nuestros ojos, el dolor atenazará los corazones de sus seres queridos y lo extrañarán sus hermanos mayores. Pero quedará algo que no podrán quitarnos: el recuerdo de un hombre generoso que nació para amar en un momento en que el odio y el desencuentro pareciera enseñorearse entre nosotros. Juan Carlos querido amigo: Descansa en Paz”.




