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1 de agosto, Día Nacional de Suiza: la importancia de las virtudes individuales

Por La Prensa Austral Miércoles 3 de Agosto del 2022

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Dr. Jorge G. Guzmán
Círculo Suizo de Magallanes

 

No obstante que “en la forma de ser suiza” lo que en inglés se llama el “show-off” (lucimiento personal) es considerado un defecto grave, sin proponérselo -y por muchas décadas- ese país ha figurado a la cabeza de rankings internacionales de estándar económico, paz social, innovación, calidad de la educación, la salud y el transporte públicos o, en definitiva, de lo que hoy se llama “desarrollo humano”. 

Y aunque a los suizos no les gusta hablar de ello, es inevitable preguntarse ¿cuál es el secreto de su éxito?.

Los que conocemos “el modelo suizo” sabemos que, en lo fundamental, el éxito de esa democracia se sostiene en las virtudes cívicas de “su gente”, particularmente en el reconocimiento del hecho esencial de que “el prójimo también existe” y, complementariamente, que la paz social y el progreso se sostienen sobre la cooperación y la tolerancia.

La primera virtud tiene que ver con la conciencia de la responsabilidad individual entendida como condición de la cohesión social. Eso significa que cada persona, cada ciudadano, debe asumir que su comportamiento individual constituye  “su contribución” a la paz y al bienestar del cuerpo social. Desde esa óptica,  “la salud económica y política del país”  (del cual el bienestar material es sólo un resultado) “depende de todos”, y no sólo de “los líderes” o de determinados grupos (“los partidos”, “los políticos”, “las élites”).

Una expresión de ese concepto se encuentra en el servicio militar obligatorio, que, en la práctica, en un par de días transforma a Suiza en un ejército de más de medio millón de soldados bien entrenados y bien equipados.

Otro ejemplo se encuentra en el sistema de democracia directa que, especialmente a nivel comunal, permite someter a votación (y a discusión) cualquier asunto que preocupe a cualquier grupo de la sociedad. Aceptar el resultado de las recurrentes consultas es, por supuesto, otro ejemplo del compromiso ciudadano con el conjunto del cuerpo social.

Lo anterior también supone aceptar la igualdad entre todas las personas- (los suizos son “alérgicos” a los privilegios), un principio que comienza su aplicación en el poder ejecutivo: Suiza está gobernada por un “Consejo Federal” de 7 miembros (elegidos por 7 años) que anualmente rotan en la presidencia del organismo. No existe posibilidad de reelección.

Se trata de características del ADN suizo, que explican por qué un país conformado por una gran diversidad de comunidades lingüísticas y culturales es, a final de cuentas, “un solo país”, “una sola Nación”. Este es un asunto de profundo sentido filosófico (pero “de uso diario”), inspirado tanto en la enseñanza de los clásicos de la Antigüedad greco-romana y del Evangelio cristiano (la bandera suiza tiene una enorme cruz blanca en su centro), como en la experiencia empírica de “convivir y trabajar juntos en la diversidad”.

Una segunda virtud se relaciona con, precisamente, esto último.

Suiza está conformada por 26 cantones o provincias que, en distintas épocas, se unieron a una confederación (hoy la Confederación Helvética) fundada un 1 de agosto de 1291. En ella participan cantones de habla alemana (diversos dialectos del alemannisch), francófonos (dialecto suizo), de lengua italiana y, también, de habla romanche (idioma de los valles altos de Los Alpes).

Desde el cisma de la cristiandad accidental en el siglo XVI, el país está conformado por comunidades que permanecieron fieles al catolicismo, otras que siguieron la “reforma suiza” de Huyldrich Zwingli (distinta del movimiento “protestante” propiamente “alemán” de Martín Lutero), y otras que abrazaron la reforma del teólogo francés Juan Calvino.

Y aunque en muchos cantones coexisten más de dos lenguas oficiales y más de dos iglesias cristianas, lo concreto es que la absoluta tolerancia lingüística y religiosa es un componente de la marca “Swiss made”.

Quizás debido al carácter “esencialmente cristiano” que -al margen de las creencias individuales- está  improntado en el ethos suizo, destaca el hábito social de la compasión, esto es, de tener en cuenta la opinión y la individualidad “del otro”. Una aplicación de este principio se encuentra en el sistema educativo, que ya en el sexto año de escolaridad, divide a los niños-personas no sólo según sus habilidades cognitivas, sino que según sus preferencias y habilidades individuales. El resultado final es en una masa laboral especializada y motivada, cuya productividad es, otra vez, líder en el mundo.

En este campo un caso diagnóstico lo constituye el cantón de Friburgo, originalmente de habla alemannisch, pero que con los siglos incorporó poblaciones de habla francesa pertenecientes al antiguo ducado de Borgoña (que a la larga y voluntariamente, se transformaron en mayoría). Durante la época de las guerras europeas de religión la unidad del cantón friburgués no se rompió, no obstante que el propio Fribourg-capital se consolidó como uno de los centros de la contrarreforma católica (con un colegio -luego universidad- jesuita), mientras que otra parte de la comunidad abrazaba el movimiento de la reforma religiosa. 

Simbólicamente separadas por el río Saane y la llamada Röstigraben (Rösti es un plato típico alemannisch), en una orilla se concentran las comunidades friburguesas francófonas mayoritariamente católicas, y en la otra las comunidades de habla alemana, tanto católicas como “reformadas”. Así mismo, en el sector francófono se hayan municipalidades pertenecientes a la Iglesia reformada e, incluso, grupos de la Iglesia calvinista, propia del cantón de Ginebra. Significativo es que no existe ningún conflicto entre estas comunidades que -con genuino fervor- juntas se identifican en una bandera cantonal blanco y negro, que simboliza la unión en la diversidad sobre un bellísimo paisaje agrícola y de montaña que, entre otros símbolos, a Suiza y al mundo aportan el magnífico queso Gruyere.

El compromiso individual con el conjunto de la sociedad, combinado con un inquebrantable espíritu de tolerancia, han permitido que Suiza permaneciera ajena a los vaivenes de la historia europea, especialmente de los grandes conflictos ideológicos y armados de los siglos XIX y XX (y sus incontables miserias). Rodeada de grandes imperios y potencias económicas y militares, carente de recursos naturales de importancia, y con un suelo agrícola reducido al 30% de su superficie, Suiza ha sabido convertir sus virtudes ciudadanas en “el secreto de su éxito”.

Hoy no es sólo uno de los países con mayor libertad y prosperidad económica, sino que un líder en creatividad e innovación (una verdadera potencia en materia de patentes intelectuales e industriales). Una muestra de ello es que, a pesar de ser un país pequeño (6 millones y dos millones de extranjeros), dos de sus universidades figuran entre las mejores 15 del mundo. ¿Qué diríamos los chilenos si – con sus 6 millones habitantes- la Región Metropolitana albergara dos de las más importantes universidades del planeta?

Sin recursos minerales estratégicos, ni acceso a ningún mar, Suiza es un ejemplo de prosperidad fundada “en su gente” y su vocación de  compartir “un solo concepto de país”. Para sus ciudadanos, Suiza es sinónimo de amor a la libertad y de un profundo respeto por los valores ciudadanos patrios que, bajo la bandera roja de la cruz blanca, identifican a todas sus comunidades lingüísticas, culturales, religiosas, políticas, gremiales o intelectuales.

Hopp Schwiiz! Feliz 1 de agosto!