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Identificar el Alzheimer

Por Dr. Ramón Lobos Miércoles 28 de Septiembre del 2022

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Envejecer significa de alguna manera convivir con deterioros o dificultades que se harán cada vez más frecuentes a mayor edad. Es, el sino que enfrentan nuestros mayores. Lo saben y lo asumen. Uno de los deterioros que más les afecta y les preocupa en el día a día es el deterioro cognitivo o deterioro mental. Los frecuentes olvidos, los errores en los desempeños constituyen avisos que les preocupan y les afectan.
Es el motivo más frecuente de queja o de consulta médica: saber si lo que ocurre es la evidencia que viene lo peor en términos de deterioro o es algo habitual que está sucediendo y está más lejano ese momento que esperan no vivir nunca. Todos asumimos que tendremos deterioros físicos, ojalá sean pocos y estamos dispuestos a convivir con ello; pero asumir y convivir con deterioro cognitivo, asusta o bloquea el mañana para muchos mayores. Incluso algunos no desean hablar del tema y justamente pierden la oportunidad de trabajar para que demoren en aparecer los síntomas de ello o bien hacerle frente. Siempre es posible actuar y no dejar a la libre evolución.
Hace una semana conmemorábamos el Día del Alzheimer, justamente para difundir y conocer del tema. Hoy nos centramos en ello. Conocer los “avisos” para detectar esta enfermedad.
Primero la memoria comienza a fallar. Es uno de los síntomas más característicos de la enfermedad, se olvida inmediatamente lo que se acaba de aprender, incluyendo los eventos importantes. Se olvidan que se han olvidado a diferencia de cuando nos atormentamos por algo que no podemos recordar. Es una característica importante de ese olvido.
Esto lleva a que planificar lo que hay que hacer o incluso solucionar problemas sencillos se convierta en una gran dificultad. Se les hace complejo llegar a un lugar conocido, seguir una receta de cocina que habitualmente preparaban, manejar el presupuesto económico, por ejemplo.
También las rutinas cotidianas, tanto las que desarrollamos en casa como en lo laboral, se convierten en actividades más difíciles o complejas de desarrollar. Se les puede hacer difícil o complicado recordar las reglas de algún juego conocido, incluso hasta el camino para llegar a casa. Lo que era habitual se va perdiendo y se les hace complicado poder seguir desarrollándolo.
También desconocen el día en que viven o donde se encuentran: se les olvidan las fechas, las estaciones del año y el paso del tiempo. Incluso desconocen en donde están y cómo llegaron hasta allí.
Con posterioridad estos deterioros llevan a tener problemas para leer, calcular distancias, determinar los colores. No comprenden las imágenes visuales que pueden percibir.
En términos relacionales el poder unirse o seguir una conversación, se hace complicado poder encontrar la palabra correcta, se olvidan del nombre hasta de objetos cotidianos de uso, repitiendo mucho lo que comunican. Esto también se evidencia como colocar los objetos en cualquier lugar y poder encontrarlos se convierte en una pesadilla. No los pueden volver a encontrar, ya que no recuerdan lo que han hecho antes, menos encontrar lo que han perdido.
Esto hace difícil el que tomen decisiones correctas y apropiadas. Esto los lleva a cambios en el juicio de lo que hace o dice.
Se hacen frecuentes los comportamientos que están fuera de lugar o inapropiados. Lo que finalmente los lleva a ser cada vez más pasivos en su quehacer y en las actividades sociales se vuelven retraídos, porque lo cotidiano se convierte en iniciativas difíciles de desarrollar. Todos estos cambios en la cotidianeidad cambian su carácter y su personalidad, se pueden volver desconfiados, ansiosos, temerosos o celosos. Se pueden enfadar con mucha facilidad al no poder establecer los caminos conductuales que deben desarrollarse.
Estos son los avisos más frecuentes de cómo se está manifestando esta enfermedad en nuestros mayores. Son síntomas que su entorno puede ir evaluando, no sólo para el diagnóstico, sino por la intervención a desarrollar: como hacer amigable el entorno. Desde la disposición a entender lo que le sucede a nuestro familiar o amistad. Para ir creando un ambiente que propicie su mejor desempeño.
Hay que entender que la enfermedad es un proceso paulatino, por lo cual las capacidades que van quedando se pueden seguir estimulando a través de la necesaria rehabilitación. Diagnosticar o comprender lo que pasa y no intervenir, no hacer nada es lo peor que como familia podemos hacer. Hay que intervenir. Hay mucho por aprender y desarrollar, ya que aún en etapas avanzadas hay modos y maneras de hacer las cosas en el día a día que pueden hacer que, no sólo nuestro mayor si no que nosotros mismos, tengamos mejores días. Ese es el objetivo intervenir para beneficiar en primer lugar a quien padece estos deterioros y también a su entorno. Haciendo que el día a día pueda ser programado y adecuado a sus requerimientos.
Hoy no ha cambiado el sino de la enfermedad, el conocimiento e intervención en su curso marca la diferencia en su posibilidad de vivir más y mejores días para todos, por eso es importante conocer, trabajar y actuar en este ámbito. Nuestros mayores merecen mejores condiciones, conocer, comprender e intervenir es lo que marca la diferencia. La pelota en este partido está en nuestro lado. Hay que seguir jugando.