Necrológicas
  • Violeta del Carmen Ayán Ayán

El miedo es “cosa viva”

Por Eduardo Pino Viernes 28 de Octubre del 2022

Compartir esta noticia
85
Visitas

E

ntre varias encuestas que hemos conocido en el último tiempo llaman la atención los resultados relacionados al tema que está en boca de todos: la seguridad ciudadana. Según el estudio de “Paz Ciudadana”, el 28% de los encuestados declaró experimentar “Alto Temor”, la cifra más alta en los últimos 22 años y 6,9% mayor a la registrada en el 2015. Las personas más afectadas por esto serían las mujeres y quienes habitan en las regiones del norte del país. Por otra parte, un 75% de las personas declara haber dejado de asistir a algunos lugares y un 71% ya no sale a determinadas horas, ambas conductas relacionadas con el temor a la delincuencia. 

Es muy interesante analizar el mecanismo del miedo en nuestro organismo y su funcionamiento. Se le puede catalogar como una emoción, que, si bien no resulta agradable de experimentar, posee la trascendente función de mantenernos vivos o lejos del peligro al advertir estímulos amenazantes en nuestro entorno.  El problema no es experimentar el miedo, ya que todos hemos pasado por esta vivencia, si no su intensidad y especialmente su duración en el tiempo. Cuando el miedo se mantiene constante y su rol principal de advertirnos el peligro pasa a atormentarnos crónicamente, más temprano que tarde termina “fundiendo” al organismo, a menos que adquiramos herramientas compensatorias que nos ayuden a enfrentarlo. Esto equivale a esas frases de película que hemos escuchado tantas veces: “Enfrenta tus miedos”, llamado a dejar la cobardía para atreverse a lidiar de frente con nuestros propios fantasmas. Este último concepto resulta muy pertinente expresarlo, pues en diversas investigaciones se ha observado que los niveles de adrenalina y cortisol (la hormona del estrés), son relativamente parejos en situaciones de amenaza real como en aquellas que no existen en el presente. Dicho con otras palabras, nuestras reacciones fisiológicas son muy parecidas respecto al desgaste de nuestro organismo cuando, por ejemplo, estamos siendo asaltados, que cuando no podemos dormir porque hemos creído escuchar un ruido en el patio y nos imaginamos lo peor (esto explicaría el funcionamiento de los amantes de las películas de terror, pues quienes más disfrutan de este género privilegian una escena larga y en penumbras que augura una sorpresa mientras el suspenso les corta la respiración, a diferencia de chorros de sangre donde no se requiere completar con lo que nuestra mente aporta). 

Pero volviendo al mundo real, la diferencia se presenta especialmente en las repercusiones posteriores al hecho vivenciado, que denominamos “estrés postraumático”, cuya duración y consecuencias desadaptativas pueden ser muy variadas según nuestro temperamento y carácter. Lo importante es considerar que a pesar de no haber vivido un episodio real de tipo violento, el sólo hecho de estar en un ambiente inseguro y en que potencialmente interpretamos como muy probable la concreción de amenazas que nos preocupan, trae como consecuencia un deterioro real en nuestra salud mental y fisiológica. 

El miedo constante disminuye la efectividad del funcionamiento cortical más avanzado, como es la zona prefrontal, para privilegiar las señales entregada por la amígdala, más cercana a las emociones. Es decir, el miedo que no se controla se fortalece e inunda cada vez más nuestro funcionamiento. 

¿Cómo se combate el miedo? Psicológicamente aumentando la certidumbre ante un ambiente amenazante, volviendo a entregar un mayor control al individuo para enfrentar las condiciones que son interpretadas como hostiles, considerando dos atenuantes que hacen compleja muchas veces esta tarea: los fundamentos del miedo en algunas situaciones están más en la mente de las personas que en el mundo real como recién comentamos, pues presenta una dinámica interpretativa. Ósea, varios de los miedos pueden resultar imaginarios, sugestionados, exagerados, minimizados o generalizados por la mente, contrastando con las reales condiciones del ambiente, lo que en algunos casos patológicos denominamos fobias por ejemplo. La otra complicación es que muchas de las amenazas son producto de nuestras dinámicas sociales, lo que exige un control por parte de quienes se encuentran a cargo de nuestra organización social para que la convivencia en comunidad pueda continuar en las mejores condiciones posibles. Esto trasciende el control personal de cada uno de nosotros, que, si bien debe ser aplicado en la primera de estas condiciones, en la segunda dependemos directamente de las decisiones que adoptan, en nuestro caso, las autoridades que hemos elegido. 

Confiemos que cada cual hará lo necesario para que el miedo no siga aumentando y que como decían antes, no se transforme en “cosa viva”.