Guerra: el triunfo de la irracionalidad
Eduardo Pino A. Psicólogo
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Hace 15 años tuve la oportunidad de participar en un curso referido al aprendizaje en niños preescolares y primer ciclo básico. Se realizó en Haifa, una próspera ciudad ubicada 90 kms. al norte de Tel Aviv. Más allá de conocer la rica cultura de Israel, así como ciudades históricas y de gran significado religioso para los creyentes, uno de los recuerdos que más valoro fueron las visitas a escuelas ubicadas en algunos kibutz, comunidades agrícolas en que los colonos trabajaban duramente para, junto a una avanzada tecnología, ganarle terreno al desierto y fertilizar lugares donde prácticamente no había nada. En esas escuelas conocimos sus métodos de enseñanza, la relevancia de la disciplina y el trabajo, el fomento del reciclaje, la vida comunitaria, la importancia de respetar sus creencias y espiritualidad. Como en todas partes, niños y niñas jugaban, reían, aprendían y se mostraban curiosos de ver personas que hablaban muy distinto, aunque comunicacionalmente las distancias se salvaban cuando se entonaba una canción o se jugaba con los más grandes un improvisado partido de fútbol.
Hace dos semanas, algunos Kibutz del sur de Israel se transformaron en escenarios de una cruenta barbarie que ha horrorizado al mundo, en que el grupo terrorista Hamas sorprendió a los rigurosos sistemas de defensa israelíes, quedando vulnerables comunidades y familias enteras que fueron masacradas. La respuesta de las autoridades no se hizo esperar, bombardeando Gaza a fin de exterminar a Hamas, pero con las inevitables consecuencias que conlleva infringir daños irreparables a palestinos inocentes.
La zona ha pasado de un estado de alerta permanente a una guerra declarada, que no contempla campos de batalla con soldados enfrentados, si no ciudades densamente pobladas en que los más perjudicados serán civiles que están sufriendo un bloqueo y privaciones difíciles de imaginar. Pero uno de los factores que complejiza el análisis de la situación e impide llegar a soluciones que eviten seguir observando desgracias irreparables, es que el odio se ha instalado como principal motor que dinamiza un actuar en que lo único claro parece ser la falta de humanización. A nivel individual este funcionamiento resulta especialmente peligroso pues lleva a justificar prácticamente “cualquier acción” en contra de otra persona, lo que se potencia exponencialmente cuando se desarrolla de manera colectiva en escenarios bélicos, por ejemplo. Esa es una de las bases del adoctrinamiento psicológico con que se “forma” a un terrorista, pues crear odio hacia su adversario posibilita justificar y fortalecer su propia causa respecto a las medidas de violencia y destrucción que debe ejercer hacia un semejante. Se produce una despersonalización, anulando la capacidad empática de entender al otro e instrumentalizándolo como un obstáculo sin valor por sí mismo. Este adoctrinamiento generalmente lleva años y llama la atención una tendencia a la falta de culpa en los victimarios cuando han terminado las hostilidades, aunque algunos de ellos vivencien estrés post traumático.
Cada uno de nosotros tendrá una opinión (más o menos fundada, cercana o lejana) de este conflicto, ya sea por la historia, ocupaciones, legitimidad de las acciones, etc., pero resulta innegable que lo más importante, la vida humana, se relega a planos secundarios para priorizar estrategias orientadas a conseguir variados objetivos relacionados con el poder, subestimando la importancia del fracaso en el entendimiento de las personas, en un contexto global de influencias mucho más poderosas que fomentan estos escenarios para sus lucrativos negocios.
Más allá de las especulaciones, de sospechas que quizás nunca corroboraremos, de la manipulación noticiosa o la peligrosa escalada de acontecimientos a nivel mundial que comenzaron con esa fatídica detonación del 7 de octubre pasado, pienso en esos niños y niñas de 4 a 10 años con los que compartí y que en la actualidad deberían estar estudiando o trabajando, viajando, formando pareja o familia y amando sus semejantes, como cualquier joven de su edad. Muchos de ellos hoy deben estar enlistados en el Ejército, preparándose para enfrentar a un enemigo cuyo camuflaje les llevará a dañar sin querer a otros semejantes tan inocentes como ellos, aprendiendo a vivir, ellos y sus familias, en un estado de permanente amenaza e incertidumbre.
Quizás algún día comprendamos que la paz no es un estado permanente ni que se da por supuesto, incluso aunque nos encontremos distantes geográfica y temporalmente de escenarios bélicos, corroborando una vez más la contradicción permanente de nuestra existencia.




