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Luis Bejarano, el aventurero que persigue la sombra de Ocasio Alonso y sueña con una ruta magallánica

Domingo 4 de Enero del 2026

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  • El filántropo, exmilitar, investigador intuitivo y autodenominado aventurero llegó por primera vez a Punta Arenas siguiendo la pista de un coterraneo que fue parte de la escuadra de Hernando de Magallanes y que, desde el estrecho recién descubierto en 1520, avistó la salida hacia el oceano Pacífico, logrando un reconocimiento a su regreso a España.

¿Quién diablos eres tú?

Luis Bejarano sonríe antes de responder. Parece disfrutar la pregunta, como si le diera permiso para desplegar su manera particular de contar el mundo: con saltos, desvíos, conexiones inesperadas y una mezcla de erudición y entusiasmo que lo vuelve impredecible. “Yo soy Luis Manuel Bejarano -dice-, filántropo español, andaluz, nacido en Bollullos Par del Condado… igual que mi compañero Ocasio Alonso”.

Llama “compañero” a un hombre muerto hace cinco siglos. Y no lo hace por metáfora literaria, sino porque habla de él en presente. Lo sigue. Lo persigue. Lo rastrea. Lo reconstruye. “Estoy siguiendo sus pasos desde hace 500 años”, insiste.

Bejarano asegura -sin ironía- que siente su energía. A ratos su relato bordea lo inverosímil, pero de inmediato lo reafirma esgrimiendo datos aprendidos de lecturas, viajes, mapas, expedientes judiciales del siglo XVI o registros hallados en archivos de África. Es disperso, obsesivo y encantado con su propio proyecto; habla rápido, se desvía, vuelve atrás. Pero en cada giro hay una historia, una pista, un hallazgo.

El inesperado personaje

Era viernes, cerca de las 18 horas. Múltiples textos que editar, muchas tareas pendientes de cara al fin de semana con turno periodístico. De pronto, un “¡hola!” se escucha en la antesala de la oficina y aparece un personaje que, sin más, pregunta dónde está el cerro la Campana. 

No se puede dejar de hacer el símil con el relato del El Principito en que, mientras el aviador está cabeza agachada tratando de reparar su aeronave en medio del desierto, un pequeño niño se presenta y le dice: “¿Podrías dibujarme un cordero?”. 

De ahí, comienza una dinámica casi insana para quien escribe. El hombre -evidentemente español por su acento- no para de hablar, de corregir y de… hablar. 

Acaba de llegar a Punta Arenas. Dice que necesita estar aquí para comprender el paisaje donde aquel marinero de su pueblo -uno de los menos citados de la expedición- vio por primera vez el Pacífico.

Sin pensarlo, contagia su urgencia y desempolvo dos libros: “Una travesía Memorable”, de Mateo Martinic y el “Primer Viaje Alrededor del Mundo”, de Antonio Pigafetta. 

“¡El relato de Pigafetta está lleno de fábulas!”, apunta a modo de objeción. Empero, sí le llama la atención el texto de Mateo e inquiere dónde lo puede comprar. Se hojea esta obra para hallar dónde puede estar el relato del momento en que Hernando de Magallanes le ordena a cuatro marineros -entre ellos Ocasio- subir a un cerro para otear el horizonte y, en tal empresa, lograr ver la salida del paso marítimo y hallar lo que llamaría “oceáno Pacífico”. Este es el hecho fundamental que trae a Luis Bejarano a Punta Arenas y que une la historia magallánica con su coterráneo, ambos nacidos en Bollullos Par del Condado, una localidad española de la provincia de Huelva, en Andalucía que tiene poco más de 14 mil habitantes. 

“Esto -señala- no se puede entender desde un libro. Hay que estar aquí. Ver el viento, el frío, el agua. Pensar que se metieron en una chalupa, en una barquita…”, dice apuntando al cuadro que está en la oficina y que, precisamente, nuestra a la escuadra magallánica y a unos marineros en una pequeña nave. “Quiero llegar al cerro desde el cual dijeron: ‘Hemos encontrado el mar”, que luego bautizarían Pacífico”.

Su proyecto -indica- no es turístico en el sentido tradicional. Es una mezcla de memoria histórica, recreación de rutas y experiencia vital. Una ruta para “aventureros que no buscan pingüinos ni glaciares”, sino el viaje como narrativa. Y tiene nombre: Ruta Ocasio Alonso, como póstumo homenaje al hombre de su tierra.

La urgencia de Luis por tener coordenadas del cerro La campana nos lleva, al igual que el aviador de El Principito, a dibujar un maltrecho mapa del sector sur de Punta Arenas, Agua Fresca, Fuerte Bulnes y Cabo Froward, pensando que, por allí, puede encontrar el punto geográfico tan fundamental para guiar a la escuadra magallánica.

Un marinero anónimo que dejó huella en todas partes

Según Bejarano, Ocasio Alonso fue uno de esos marineros sin protagonismo épico, pero decisivos en la trama real de la expedición. No capitán, no cronista, no personaje principal de los relatos de la conquista, sino un hombre rudo, profesional, experimentado. Apunta que Bollullos es una localidad llena de viñedos y que, pese a ello, Ocasio se hizo hombre de mar. 

“No era agricultor -acota-, era marinero. Y debía ser bueno, porque con 30 años consigue integrarse en la flota de Magallanes, algo que requería cartas de recomendación”.

Lo destinaron a la nao Santiago, la más pequeña. Fue fiel a Magallanes durante el motín de San Julián -subraya Bejarano-, a diferencia de otros que luego la historia terminaría elevando, entre ellos el propio Sebastián Elcano. Tras el naufragio, su coterráneo pasó a la Victoria y siguió la travesía hasta ser capturado en Cabo Verde. Pasó meses prisionero, volvió a España, fue convocado como testigo en disputas territoriales entre Portugal y Castilla. Y, contra la imagen romántica del marinero pobre, volvió a su tierra rico.

“Su nieto, años después, viaja desde Santo Domingo a Bollullos para recibir la herencia -relata-. Eso está documentado. Ocasio no era un borracho pendenciero: invirtió su dinero, prestó, recuperó. Me interesa ese perfil porque rompe el cliché”.

Para Bejarano, esa biografía lo convierte en símbolo de otra épica: la de los hombres comunes que sostuvieron la empresa.

La ruta como aventura… y como método

El proyecto de Luis Bejarano no es sólo una investigación histórica. Es, también, un ejercicio personal de desplazamiento y resistencia. Ha recorrido las ciudades clave de la expedición y, al mismo tiempo, las compara en el tiempo: cómo eran entonces, qué especies animales predominan hoy, qué platos típicos se comen, qué monumentos las representan. Aquí comenta que ya le están preparando una centolla para que deguste hoy. Igual tenía previsto viajar a ver pingüinos de Magallanes.

Habrá un libro -ya está en marcha-, “muy visual”, lleno de fotografías comparativas, apuntes sociológicos, recetas, paisajes. Y una ruta que conecte Sevilla, Sanlúcar de Barrameda, Tenerife, Guanabara, Patagonia, Punta Arenas, Cabo Verde… con un último gesto simbólico: cerrar el circuito donde Ocasio fue capturado.

No es la primera vez que Bejarano abre rutas improbables. En los Alpes, recreó el camino de Aníbal, el general cartaginés que lo hizo al frente de un ejército de elefantes 218 años antes de Cristo. Nuestro aventurero lo emuló… con dos burritos, uno suizo y otro francés. Mal que mal en una nota periodística se apunta que nuestro español preside la asociación onubense Burrito Feliz. Apunta que su historia terminó en la prensa suiza y atrajo imitadores. “Siempre debe haber un tonto que vaya delante -dice riendo-. Ese tonto soy yo. Yo me doy los golpes, pruebo, fallo, encuentro el camino. Y luego ya los demás vienen más seguros”.

Su idea para Punta Arenas es clara. No busca que su ruta magallánica se masifique, sino que atraiga un “turismo de aventurero”. Viajeros que siguen huellas, no postales.

“Conozco gente que ya me está pidiendo los datos -explica-. Quieren repetir la ruta. Eso es un barómetro. Algo aquí está despertando interés”.

El aventurero meticuloso

Se define como “muy raro”, pero en realidad es meticuloso hasta el extremo. Exmilitar, afirma que sirvió en Bosnia como casco azul y confiesa que incluso en guerra lo movía la curiosidad histórica. Quiere saber cómo se llega a un conflicto, cómo se mezcla la cultura, qué capas se superponen en un territorio.

Esa misma obsesión aplica a Ocasio Alonso. Indaga archivos coloniales, declaraciones judiciales, registros de pago, notas sobre indumentaria y alimentación de marineros del siglo XVI. Está reconstruyendo incluso su rostro con técnicas biométricas. “No será un señor con medias y aire ilustrado -dice-. Era un hombre curtido por el sol, con la piel quemada, el pelo descuidado, bebiendo vino porque el agua se pudría. Esa es la imagen real”.

Su relato incluye anécdotas improbables -como el baile de las espadas que Ocasio habría replicado en Asia- contadas con entusiasmo contagioso. Lo dice con tal seguridad que parece exageración… hasta que menciona la documentación y los testimonios que la respaldan.

Ese es el efecto Bejarano: provoca duda y fascinación al mismo tiempo.

Llegar a Magallanes

A Punta Arenas llegó el día de nuestro encuentro (viernes). No conocía la región. Había pasado por la costa argentina, por Bariloche -donde cocinó su propia cena de Navidad frente a un lago- y seguía su trayecto hacia el sur, hacia Ushuaia.

Para un hombre acostumbrado a paisajes verdes, poblados de viñedos y cielos azules, Punta Arenas le resulta gris, casi como una ciudad incolora o vista por una persona que sufre acromatopsia. 

Pero, este efecto lo contrasta con la amabilidad de la gente. “Parece que en Europa nos hemos olvidado a esto y que debiéramos aprender de esta cercanía, propia de los pueblos pequeños”, reflexiona.

Tras entregar estas primeras impresiones, el estar aquí -insiste- era imprescindible.

“Mirar este paisaje me permite entender la magnitud de la hazaña. Subirse a una chalupa y salir a explorar estas aguas… hay que tener una fortaleza enorme. Por eso quería venir. Porque la historia sin territorio es incompleta”, apunta.

Desde Magallanes imagina el futuro de su proyecto, como un itinerario aprobado, documentado, económicamente sostenible para quienes quieran replicarlo. Y, si de paso, genera algún beneficio para la ciudad, mejor aún.

“Si puedo aportar algo a Punta Arenas -dice- será un placer”.

De zombies y trooper

En medio de sus relatos que resultan tan fantansiosos como los mismos que él cuestiona del libro de Pigafetta. Bejarano consulta de improviso: “¿A quién le gusta Yoda?”. Su pregunta nace de un cuadro que está en la oficina, regalo de mi hija con un dibujo hecho por ella del personaje Baby Yoda, de la serie Mandalorian. “A mi”, respondo y sigue hablando hasta que, de pronto, me retruca si conozco al general Maximilian Veers. Ante la respuesta negativa, sus ojos se llenan de incredulidad y sentencia: “Entonces, no eres una verdadera fan de la Guerra de las Galaxias”.

Bueno, al googlear al general Veers, entendemos su desilución, pues, en tal universo ficticio, es nada más ni nada menos que uno de los generales de mayor confianza de Darth Vader. 

De ahí, Bejarano nos muestra una grabación desde su celular, donde aparece él… ¡vestido como un trooper o soldado de asalto del Imperio Galáctico!, caracterizado por su armadura blanca. Y ahí está nuestro entrevistado, vestido como trooper y colocándose el casco. Cuenta, entonces, que él pertenece en España a un grupo de aficionados al universo creado por George Lucas y que suelen, entre otras acciones, hacer obras sociales, visitando a niños enfermos de cáncer.

La entrevista da, entonces, otro giro y salta a Bejarano como escritor. Nos pide buscar una de sus creaciones: “Zombies de Kabul”, la primera entrega de una triología que este onubense denominó “Fantasías Increíbles”. Le pregunto por qué firmó como Graf Bejaranus y replica que el nombre de un escritor tiene que parecer más universal y que haberlo firmado sólo como Luis no tendría el mismo efecto editorial. 

Adelanta, entonces, una próxima creación: una historia de amor construida en torno a la hipopótoma “Belle” del circo de Leningrado (hoy San Petersburgo), sobreviviente del asedio nazi que comenzó en septiembre de 1941 y duró hasta enero de 1944.

La obsesión como forma de vida

De ahí, Bejarano vuelve al motivo de su presencia en Punta Arenas, Ocasio, y habla de él como si hablara de un hermano mayor que partió antes. Lo admira, lo sigue, lo imagina. Le atribuye gestos, decisiones, astucias. Y, también, lo vuelve humano: no héroe, sino profesional competente, fiel, trabajador.

Todo en él -sus saltos narrativos, su disciplina minuciosa, su vocación de abrir rutas para otros- parece una prolongación de esa figura.

“Siempre quise hacer esta vuelta al mundo -confiesa-. Si ellos lo hicieron con tanto esfuerzo, ¿quién soy yo para no intentarlo con menos?”.

Y quizá ahí esté el centro de su viaje: no sólo reconstruir la historia de un marinero olvidado, sino vivirla, con el cuerpo, el frío, las dudas, los desvíos. Con esa mezcla de obstinación y romanticismo que lo define.

El hombre que llegó hoy a Punta Arenas -que se autodefine como aventurero, filántropo y que se nos presenta como obsesivo y sorprendente- no busca cerrar un círculo. Busca mantenerlo abierto, para que otros lo recorran.

Como hace 500 años. Pero esta vez, con mapa.

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