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Volver a la isla de la infancia, un viaje marcado por la emoción del reencuentro y la tristeza

Domingo 1 de Febrero del 2026

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– Antiguos residentes regresaron a la isla Picton, donde nacieron y vivieron por casi veinte años, en un periplo emotivo, pero también triste, pues constataron el estado de abandono en el que se encuentra la tierra que fue su hogar. 

Felipe Sasso

Jorge Quelín Ñancul mira concentrado una vieja revista Hoy de septiembre de 1977. En una de sus páginas aparece una fotografía suya cuando tenía seis años. Está sentado sobre un cerco de madera, mirando hacia atrás, como si hablara con alguien. El texto que acompaña la imagen dice: “Jorge Quelín, el primer niño que nació en la isla Picton”. Además de la revista, revisa varias fotografías familiares desparramadas sobre el sillón de su casa en Puerto Williams. Está emocionado. “Desde esa vez que no me hacen una entrevista”, comenta.

En enero, Jorge y sus hermanos Patricio, Nelda y Fidel regresaron a la isla Picton, en el extremo más austral del continente, cumpliendo así un viejo anhelo que se aplazó tras varios intentos fallidos. En esta ocasión, fue Cecilia Mancilla, histórica vecina de Puerto Williams, quien materializó ese deseo al disponer de su lancha Wulaia I para trasladar a los dieciséis integrantes de la familia. El viaje estuvo cargado de simbolismos, porque les permitió a los Quelín Ñancul llevar a sus hijos, sobrinos y nietos a la tierra que los vio nacer y crecer durante cerca de veinte años.

“Fue una felicidad tremenda después de tanto tiempo. Fue emocionante haber llegado allá, donde uno nació, me dieron ganas de llorar. Se nos cumplió el sueño, con nuestros hijos, sobrinos y nietos, que ellos conocieran la historia, lo que nosotros hacíamos cuando teníamos su edad. Le pudimos mostrar todo eso, quedaron fascinados”, cuenta Jorge Quelín, quien nació en la isla en 1971 y cuyo parto fue asistido por vecinos.

Durante cuatro días, la familia pudo reencontrarse con parte importante de su pasado. Recorrieron Picton a pie, pescaron, nadaron, visitaron el lugar donde estaba la casa familiar, vieron los pinos que su padre plantó y el refugio que construyó por si el conflicto con Argentina de 1978 se intensificaba. También jugaron y corrieron, tal como lo hacían de niños. “Fue una alegría completa volver allá, incluso pegamos un tremendo grito a orillas de la playa y corrimos para abajo por la arena, jugando como cabros chicos. Fue una alegría grande, ir a recordar los tiempos de nuestra infancia”, señala Patricio Quelín, quien llegó a la isla con apenas cuatro años.

La historia de los Quelín Ñancul y Picton se remonta a 1968, cuando la familia arribó desde Punta Arenas para vivir y trabajar en la isla. En ese tiempo, la administración estaba a cargo de la Corporación de la Reforma Agraria (Cora), pero luego pasó a ser manejada por el Servicio Agrícola y Ganadero (Sag), administrador de la estancia Soberanía, que abarcaba también las islas vecinas Nueva y Lenox, además de Puerto Toro, Caleta Eugenia y Puerto Williams, en la isla Navarino. Los Quelín vivían con otras cuatro familias; con ellas cuidaban a los animales y trabajaban la tierra. Tenían lechugas, papas, cilantro, zanahorias y acelgas, alimentos que les permitían sobrevivir todo el año, además de contar con una barcaza con la que podían abastecerse desde Puerto Williams.

Esta apacible existencia se vio sacudida en enero de 1978 con la llegada de las tropas chilenas enviadas por el llamado Conflicto del Beagle, mediante el cual Argentina pretendía quedarse con Lenox, Picton y Nueva. Debido a su vasto conocimiento del territorio, Patricio ayudó guiando a los infantes de marina en su despliegue por la zona, llegando a desarrollar una buena relación con ellos. “Nos decían que estuviéramos tranquilos, que no iba a pasar nada. Después nos hicimos amigos con ellos”, explica.

“Es triste ver que no hay nada”

Las casas que habitaban los Quelín Ñancul y las otras familias ya no existen; solo quedan los cimientos. La Armada las desarmó y las trasladó a Puerto Williams, donde sirvieron para levantar otras construcciones. Tampoco están los galpones ni los corrales de los animales. Los cercos están en el suelo y la naturaleza salvaje ha vuelto a cubrir todo lo que alguna vez construyeron los antiguos residentes. Es un paisaje marcado por la ausencia y el abandono.

“Picton está totalmente cambiada, el bosque se lo ha ido comiendo todo. Fue triste ver que no hay nada”, señala Jorge Quelín. Una opinión que también comparten sus hermanos. “La isla es súper bonita, a mí me gusta, pero ahora está toda sucia”, agrega Fidel Augusto Picton, quien debe su nombre a la isla donde nació en 1975. Patricio, en tanto, reconoce sentir pena: “Yo vi crecer la isla, la vi con harta vitalidad y hoy esa vitalidad ya no existe, se fue deteriorando todo el lugar”.

Esta condición de desamparo los ha llevado a anhelar otros escenarios. Imaginan un transporte constante que conecte las islas Navarino y Picton, al menos un par de veces al año. También una construcción cómoda, con baños, que los reciba cada vez que ellos u otras personas visiten el lugar. Pero el anhelo más ambicioso es regresar a vivir, esta vez como dueños, al menos de una parte de la isla. “Sería un sueño tremendo estar otra vez como propietario para dejarlo a los hijos y que ellos lo mantengan. Me gustaría tratar de pedirlo, aunque sea un pedazo, arreglarlo y tenerlo hermoso como era antes, lleno de vida”, reconoce Jorge.

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