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Gabriela Sandoval Díaz

“Me considero una mujer de desafíos”

Domingo 24 de Mayo del 2026

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  •   Nacida en Temuco, llegó a Punta Arenas por amor. Es fundadora y directora de la Fundación que administra el Hogar Vida Austral, una residencia para doce adultos mayores varones que serían reubicados en otras ciudades por el cierre de la institución anterior y ella no pudo permitir que eso sucediera, por lo que asumió un reto que, asegura, sólo se sustenta en la Divina Providencia.

Al ingresar a la Residencia Comunitaria Vida Austral, en calle Balmaceda Nº736-A, los cambios se hacen notar en los detalles que develan que ha habido cariño y cuidado por el lugar que ocupa, puesto que hace unos meses no se veía como ahora, que luce espacios recientemente pintados, algunos detalles de decoración y letreros que indican el sector al que se está ingresando.

Quien dirige este espacio es Gabriela Sandoval Díaz, una mujer de voz suave y que, al conversar con ella, se revela su férreo cristianismo. Declara que este descabellado proyecto llegó a ella por voluntad divina y que “no estaría funcionando si no fuera por la gracia del Padre”, algo que se descubre en una pizarra de su oficina que detalla los aportes del mes de entidades públicas y están todos en cero.

Al ingresar a la sala donde pasan la mayoría del tiempo los adultos mayores que tiene a cargo, los saluda con cariño. Ella les llama “chiquillos”, y ellos mostraban ese día un gran entusiasmo por ver el desfile de las Glorias Navales. Es 21 de mayo y ellos pidieron asistir al acto cívico militar a la Plaza de Armas, para lo que pidió ayuda a su marido Juan Carlos Villablanca y a su hija Cecilia para cuidar de ellos en la ansiada salida. Además de ella, Gabriela es madre de Juan Ramiro y Belén.

Gabriela nació y se crió en Temuco, hija de Hugolino y Palmenia, ambos fallecidos. Es la menor de una familia numerosa: nueve hermanos por el lado de su madre, cuatro por el del padre, y de los tres que compartían ambos padres, perdió a una hermana de cáncer en marzo de 2020 y volvió el mismo día en el que cerraron los aeropuertos por la pandemia. Alcanzó a acompañarla hasta el final. Tiene un hermano mellizo, Bernardo, diez minutos mayor que ella. Llegó a Punta Arenas en 2008, traída por el amor: una amiga le presentó a su hermano Juan Carlos, al que ya había visto sólo en fotografías porque estaba destinado en Magallanes y, de broma, ya le decía suegra a la que, finalmente, lo fue. La madre de su entonces pololo, apenas supo que eran pareja le dijo “ahora se tiene que casar contigo”.

La vocación de siempre

La vocación social no nació con la Fundación. Nació mucho antes, aunque ella no siempre lo interiorizó, para ella, ayudar era natural. Vivió años en hogares de niñas por la separación de sus padres, y en esos espacios protegía a las más pequeñas: las bañaba, las vestía… Trabajó desde los 8 años cuidando guaguas, y cuando le pagaban el sueldo reunía a los amigos del barrio y les compraba helados a todos. Con su hijo pequeño, llevaba ropa a hospitales y regalos a hogares de adultos mayores en Navidad. Su madre, de la Iglesia Bautista, visitaba enfermos. Su tía Erna hacía lo mismo y en pandemia juntó víveres para los vecinos que veía más complicados. “Esto viene de familia”, confiesa Gabriela.

Estudió técnico en construcción con mención en edificación en el Liceo Industrial de Temuco, luego dibujante proyectista en la Utem y comenzó ingeniería en construcción en la Universidad de la Frontera (Ufro), carrera que tuvo que dejar por razones económicas, siendo ya madre. Trabajó durante años en la misma Ufro como encargada de mantención de todas sus sedes. Cuando llegó a Punta Arenas, el área social que había tenido dormida empezó a despertar. Junto a su marido comenzaron a apoyar a personas en situación de calle: les llevaban comida, les ayudaron a construir una mediagua a una joven con consumo problemático de alcohol y que hoy dejó atrás, puesto que es guardia de seguridad y tiene su propio departamento. “Ella me invitó a recibir su departamento”, recuerda Gabriela. “Porque encontró que yo había sido un pilar”.

En 2019, empujada por el estallido social y la vulnerabilidad que vio en los adultos mayores, decidió formalizar el trabajo. Convocó a amigos de la Iglesia Bautista y de otros círculos, llegaron a ser 18 personas, y el 19 de noviembre de 2019 tuvieron su primera reunión. En enero solicitó constituirse: no sabían si sería agrupación o corporación, pero en la municipalidad les recomendaron una Fundación. El nombre le costó encontrarlo porque todos los que querían estaban ocupados. Quedó como Fundación Chay Austral. Chay significa vida en hebreo. En marzo de 2020 llegó la pandemia y la Fundación ya estaba formada. Tuvieron que ampliar su foco de atención inicial (personas mayores y jefas de hogar según el estatuto) para incluir cesantes, niños, personas con discapacidad para entregarles canastas de alimentos. La casa de Gabriela se convirtió en bodega. Sus hijas le ayudaban armando cajas. Mientras Chile estuvo encerrado, ella no paró un día.

El hogar

La llegada al Hogar Vida Austral fue tan vertiginosa como todo lo anterior. Cuando se anunció el cierre del hogar que operaba en el espacio (Casa del Samaritano) y la posible dispersión de sus residentes, una amiga le preguntó si la Fundación no podría hacer algo. Gabriela llamó a Nicolás Soto, entonces director del Servicio Nacional del Adulto Mayor. Hubo reuniones y compromisos. En un momento le dijeron que la administración la tomaría otra organización. Ella fue a su casa, caminó hacia el auto y le dijo a Dios: “Si es tu voluntad, que se abra esa puerta. Si no, ciérrala”. Una hora y media después la llamó Soto: la otra organización no tenía figura jurídica suficiente para administrar. Tuvieron dos días para organizarse. El día 12 fue la reunión. El día 13 recibieron oficialmente la residencia.

Los recursos llegaron tarde y por partes. El gobierno regional se comprometió con 10 millones y entregó 29, lo que fue vital. Senama prometió aportar en dos o tres semanas y el dinero llegó meses después. Fonasa prometió pago retroactivo y luego le dijeron que no. Gabriela lo comunicó a los residentes, que quisieron ir a reclamar a la casa del Presidente. Fueron.

La comunidad, en cambio, se ha portado a la altura: el Colegio Charles Darwin, por ejemplo, lleva almuerzo todos los sábados. Iglesias, empresas, personas naturales… “¿Qué haríamos sin la comunidad?”, dice. El hogar alberga actualmente a doce adultos mayores varones (no tienen autorización para mujeres por las condiciones del espacio físico) en un recinto cedido por el Hogar de Cristo.

Otro pilar fundamental para poder desarrollar su labor es su equipo: tanto el directorio de la Fundación como quienes trabajan día a día con los adultos mayores del hogar, permiten que pueda delegar funciones primordiales en el cuidado y administración de esta iniciativa, que exige que sostenga reuniones con autoridades y con todos quienes puedan aportar a que se sustenten sus chiquillos.

Mientras tanto, Gabriela, sueña con rescatar a los pacientes abandonados del hospital, que no tienen dónde ir y por eso permanecen ahí, y sigue estudiando. En 2024 recibió su título de trabajadora social, carrera que hizo online en cuatro años y medio. Ya terminó además un diplomado en geriatría y gerontología. Ahora cursa un programa en la Universidad Católica sobre financiamiento para organizaciones sin fines de lucro. “Yo no paro de estudiar”, dice. Tampoco para de trabajar. Tiene claro que los tiempos familiares le ceden terreno a este trabajo, y que eso tiene un costo. Pero también tiene claro, con una certeza que pocas personas pueden decir que tienen, cuál es su propósito. “Conozco para qué vine al mundo”, confiesa. “Lo único que me queda es obedecer y trabajar”.

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