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  • Isabel del Carmen Vivar Bahamóndez

Vocación sin edad: adulta mayor vuelve a las aulas para apoyar a la infancia

Martes 9 de Junio del 2026

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  • A los 68 años, María Vargas Vargas cursa Técnico en Educación Parvularia 1° y 2° Básico en Santo Tomás. Detrás de su decisión hay una historia marcada por una profunda pérdida, un largo proceso de reconstrucción personal y el deseo de ayudar mejor a los niños y niñas con quienes trabaja cada semana.

Silvia Leiva

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AMaría Marta Vargas Vargas nadie le dijo que sería fácil volver a estudiar. Tampoco era algo que hubiera imaginado para esta etapa de su vida. Durante años, sus prioridades fueron otras: trabajar, criar a sus hijos y sacar adelante a su familia. Como muchas mujeres fue postergando sus propios proyectos mientras se ocupaba de los demás.

Tiene 68 años, es madre, abuela y bisabuela, y no podía evitar preguntarse si realmente había tomado la decisión correcta. Los estudios habían quedado atrás cuando apenas cursaba quinto básico. Fue una de sus hijas quien la animó a retomar ese camino y terminó obteniendo su octavo básico. Sin embargo, después volvió a concentrarse en su familia y el tema quedó nuevamente en pausa.

Nunca imaginó que años más tarde estaría terminando la enseñanza media y preparándose para ingresar a la educación superior.

La idea de volver a estudiar surgió mientras participaba en las actividades del Ministerio Familiar Cristiano. Allí trabajaba con decenas de niños durante colonias, encuentros recreativos y actividades comunitarias. Con el paso del tiempo comenzó a observar una realidad que la inquietó: cada vez llegaban más niños con trastorno del espectro autista y otras necesidades de apoyo. María quería ayudarlos, pero no tenía las herramientas necesarias. ¿Cómo acompañar a un niño en medio de una crisis? ¿Cómo entender aquello que lo altera? ¿Cómo ayudar a las familias? ¿Cómo orientar a otros voluntarios?

Preguntó, pidió ayuda e intentó encontrar especialistas que pudieran guiarlos. Sin embargo, las respuestas que necesitaba nunca llegaron. Fue entonces cuando escuchó una frase que terminaría cambiando nuevamente su vida. “Va a tener que estudiar”. La recomendación vino de su pastora, Jocelyn Ferreira. En ese momento no tomó la idea de inmediato, pero la inquietud siguió creciendo. Cada nueva actividad con niños reforzaba la sensación de que necesitaba aprender más para poder ayudarlos mejor.

Detrás de esa decisión y de su llegada al Ministerio Familiar Cristiano, sin embargo, había una historia mucho más profunda.

El día que dejó a Ruth
en la puerta de su casa

Doce años antes, María había vivido la experiencia más dolorosa de su vida. Su hija menor, Ruth Velázquez, tenía 33 años, pero para ella seguía siendo “su guagua”. Era la menor de sus cinco hijos y mantenían una relación cercana. Compartían conversaciones, visitas y momentos cotidianos que hoy recuerda con especial emoción.

La última vez que la vio fue una tarde que parecía completamente normal.

Habían pasado la mañana juntas realizando trámites relacionados con su salud. María sufría las consecuencias de una artritis severa y ese día Ruth la acompañó a hacer gestiones, luego almorzaron juntas y, cerca de las dos de la tarde, María la fue a dejar hasta la puerta de su casa. Nunca imaginó que sería la última vez que la vería con vida.

Al interior de la vivienda se encontraba la pareja de la joven, quien la asesinó. La desaparición de Ruth movilizó a su familia. Mientras sus seres queridos iniciaban una intensa búsqueda, el responsable ocultó el cuerpo dentro de la vivienda, bajo una escalera. Posteriormente, el cuerpo fue encontrado en el vertedero municipal, al sur de Punta Arenas.

Para María, la muerte de su hija significó un golpe devastador que marcó el inicio de una larga etapa de dolor, enfermedad y profunda depresión. Durante largo tiempo vivió entre tratamientos médicos, consultas y una profunda depresión que parecía no tener salida.

Sin embargo, la fe ocupó un papel fundamental en ese camino. María recuerda que fue en el Ministerio Familiar Cristiano donde volvió a sentir ganas de vivir. Poco a poco comenzó a participar nuevamente en actividades, a relacionarse con otras personas y a recuperar la energía que había perdido.

Fue en ese espacio donde volvió a encontrarse con algo que siempre había formado parte de su vida: los niños. Por eso, cuando comenzó a colaborar con las actividades del Ministerio Cristiano, sintió que estaba regresando a un lugar que conocía bien. Aquello terminó de convencerla. Si quería seguir ayudando, tenía que prepararse.

Por eso decidió terminar su enseñanza media en Fide XII y posteriormente buscar una alternativa de formación superior relacionada con la infancia. Llegó a Santo Tomás buscando una carrera específica vinculada al trabajo con niños con necesidades especiales. Esa opción ya no existía, pero encontró Técnico en Educación Parvularia 1° y 2° básico, una alternativa que igualmente podía acercarla a su objetivo y decidió intentarlo.

La semana en que
descubrió que sí podía

Aunque ya estaba matriculada, los miedos seguían presentes. Pensaba que los jóvenes podrían discriminarla por la edad. Temía sentirse fuera de lugar. Incluso llegó a imaginar que podría convertirse en blanco de burlas. Todo comenzó a cambiar durante la Semana Cero. Las actividades de bienvenida, las conversaciones y los mensajes sobre inclusión le hicieron comprender que estaba llegando a un espacio donde todas las personas tenían el mismo valor, independientemente de su edad o condición. “La semana cero, para mí fue fundamental. Me dio confianza, me sentí parte de ello”.

La acogida de sus compañeros terminó de derribar sus temores. Encontró apoyo, respeto y disposición para ayudarla cada vez que lo necesitaba.

Sin embargo, todavía quedaba un desafío importante: las aulas virtuales, las plataformas académicas y los trabajos digitales representaban un mundo completamente nuevo. Al comienzo sintió temor. Pero decidió enfrentarlo con la misma determinación que la había llevado hasta allí. “Y tuve que aprender, y aprendí”.

A los 68 años, María Vargas es madre, abuela, bisabuela y estudiante. Pero, sobre todo, es una mujer que decidió que las experiencias más difíciles de su vida no tendrían la última palabra. Allí donde alguna vez hubo dolor, hoy existe un propósito. Y ese propósito sigue escribiéndose, día a día, entre cuadernos, clases y el deseo permanente de ayudar a otros.

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