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Jóvenes indonesias escaparon de su empleador denunciando trato inhumano

Su naturaleza alegre se ve trastocada cuando se les pregunta por sus familias. “Mi mama…”, dice una con un dejo de inocencia marcado por el dolor consecuencia de la distancia.
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Por La Prensa Austral domingo 3 de julio del 2011

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Su naturaleza alegre se ve trastocada cuando se les pregunta por sus familias. “Mi mama…”, dice una con un dejo de inocencia marcado por el dolor consecuencia de la distancia.

Hace más de dos años, Eva Anggraeni (25 años) y Nur Lala (26) abordaban un avión desde su natal Indonesia. Cargadas de ilusiones asumían el riesgo de viajar a un país que apenas distinguían en el mapa, pero que les permitiría obtener dinero suficiente para ayudar a sus familias.

Sin embargo, lo único real -aseguran- fue el viaje.

Dos años y medio después, en el caso de una, tres en el caso de la otra, se encuentran en Punta Arenas buscando dejar atrás lo que consideran fue una pesadilla, sin ninguna posibilidad real de regresar a su país.

“Lo que pasa es que nosotras venir acá para trabajar como vendedora y ella en casa (sic)”, señala Nur al inicio del diálogo.
En el relato, cuentan que fueron contactadas a través de una agencia de Indonesia. El propio interesado, a quien identificaron como Pishu Rewachad Lakhwani Udharam, se encargó de su traslado a Punta Arenas.

Se les habló de un sueldo mensual, de un contrato y de la existencia de un documento que debían firmar todos los meses (liquidación de sueldo).

Sin embargo, aseguran que fue inmensa la brecha entre el dicho y el hecho. Cuentan que jamás hubo un sueldo, sólo alojamiento y alimentación, y una jornada laboral que las hacía sentir como esclavas. Nur se desempeñaba como vendedora del local que su empleador tiene en el segundo piso del módulo central de Zona Franca. Recuerda que terminada su jornada diaria, debía efectuar trabajos extras en la vivienda de su jefe, inmueble en el cual alojaba.

Eva, en tanto, era una de las asesoras del hogar del empleador. Allí, ambas se conocieron y compartieron angustia y desesperación.

Agregan que además de no recibir dinero, se les prohibía salir y conocer gente. “Me decía que chileno era malo, que se iban a aprovechar de nosotras porque éramos extranjeras. Eso nos daba miedo. No conocíamos ni la plaza”.

Con el paso de las semanas, ambas jóvenes comenzaron a sentirse inquietas por el no pago de lo que se les prometió. Sostiene que dos fueron las respuestas recibidas: el dinero va a la agencia y es ella la que debe hacerse cargo de los pagos, y que el dinero es destinado a las familias. Aquello, dicen, jamás fue efectivo.

Situación insostenible

Fue el pasado 8 de junio de madrugada cuando ambas jóvenes deciden abandonar el hogar del empleador. “Arrancamos. Mi ex jefe se duchaba y la jefa estaba durmiendo. No llevamos nada, ni el pasaporte”.

Inmediatamente buscaron a la policía. Lograron ubicar el cuartel de la PDI y cursar la denuncia.

De la situación tenían conocimiento dos familias que las conocían por su contacto con el empleador de las jóvenes, las mismas que hoy las apoyan con alojamiento, alimentación y asesoría.

Los antecedentes de este caso se encuentran en conocimiento de la Fiscalía y del Servicio Nacional de la Mujer.

Posibilidad de acuerdo

Hace unos días la posibilidad de regresar a su país estuvo cerca.

Cuentan que ambas partes arribaron a un acuerdo extrajudicial, donde el empleador se comprometía a pagarles el sueldo y pasajes aéreos.

Cuando ya se encontraban en el Aeropuerto Presidente Ibáñez se dieron cuenta que sólo obtendrían los boletos. El dinero, aseguran jamás llegó. No les quedó más que cancelar el viaje.

Hoy, aseguran que no cesarán en su intención de obtener lo que en justicia les pertenece para poder viajar a su país y reencontrarse con sus seres queridos.

Agregan que, al menos, hoy pueden sonreír, conocer la plaza y saber que los chilenos no son malos como dicen.