Necrológicas
  • Carlos Warner
  • Filomena Cárcamo

“El gran recurso del país es el cerebro de sus 17 millones y medio de habitantes”

Por La Prensa Austral martes 27 de marzo del 2018

Compartir esta noticia
526
Visitas

José Maza Sancho, Premio Nacional de Ciencias

Tras medio siglo de intenso trabajo científico, prepara un libro en que retrata su última obsesión: la colonización de Marte. Plantea que “el hombre tiene que ir a Marte, simplemente por el hecho de que no se puede. Tenemos que desarrollar la tecnología para eso”

Alejandra Zúñiga Sepúlveda

Si bien destaca por una impecable trayectoria científica, que le ha prodigado diversos premios y distinciones, el astrónomo y astrofísico José María Maza Sancho (Valparaíso, 1948) es conocido por su peculiar estilo para referirse tanto a temas contingentes, como para divulgar el conocimiento científico. De conversación amable y respuesta rápida, aborda de manera sencilla aquellos temas vinculados a su gran pasión: la astronomía.

En estos días, estuvo por segunda vez en Punta Arenas, invitado por la Universidad de Magallanes en el marco de la celebración de la Semana de la Investigación. El lunes 19 de marzo expuso sobre “Cómo potenciar el desarrollo de la investigación en universidades regionales”, en una ponencia que ofreció en el auditorio Ernesto Livacic de la Facultad de Ingeniería.

El profesor José Maza dictó en la Umag la charla “Cómo potenciar el desarrollo de la investigación en universidades regionales”, abierta a la comunidad.

Su carrera contempla el descubrimiento de 120 supernovas, 900 quasares y medio millar de galaxias y estrellas de carbono. En 1999 recibió el Premio Nacional de Ciencias Exactas y más tarde un asteroide (el 108113) fue bautizado en su honor como Maza, por un astrónomo español. Su tercer libro, “Somos polvo de estrellas” (Planeta, 2017) ha vendido más de 23 mil copias, todo un récord para publicaciones vinculadas a la ciencia. Un largo camino, inimaginable para un niño que a los 11 años dejó Parral para estudiar como interno en el Instituto Nacional Barros Arana (INBA).

Ambiente de universidad

Al recordar esos inicios, evoca que “fue duro separarse de la familia tan pequeño y, como había entrado adelantado a kínder, cuando llegué al INBA a segundo de Humanidades quedé desfasado dos años con el resto de mis compañeros. Como además era de provincia, era bastante ‘pavo’. No fue nada fácil, pero he sido obstinado desde niño. En ese tiempo, ya existía el matonaje, enfrenté un poco de violencia física pero muchísimas agresiones verbales. Cuando llegué al año siguiente, mis compañeros pusieron cara de espanto porque pensaban que no iba a volver; ahí dejaron de molestarme para siempre. No diré que me entretuve fantástico, pero hice amigos y me empezaron a respetar porque tuve la tolerancia de aguantar dignamente”.

Tras esa experiencia, el paso a la vida universitaria no supuso mayor dificultad. Entre 1964 y 1967 vivió en el pensionado universitario, donde conoció un grupo de amigos con los que se reúne una vez al año, hasta el día de hoy. Entre ellos está el médico veterinario Hernán Valdenegro Farías -que reside en Magallanes hace cuatro décadas-, quien contribuyó a articular esta segunda visita a la región.

De aquella época destaca el “ambiente universitario” que se palpaba en el pensionado, a su juicio, elemento clave a la hora de potenciar el desarrollo de la ciencia. “Nunca he estado tan integrado a toda la universidad como entonces. Acabo de cumplir 50 años como académico de la Universidad de Chile y no he estado tan conectado con las demás áreas, como cuando estuve en el pensionado. Había gente de Veterinaria, algunos que estudiaban Construcción Civil, Medicina, Arquitectura, otros estábamos en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas. Entonces, comentaban de sus quehaceres y uno escuchaba y aprendía de los demás. Era un verdadero ambiente universitario que, además, en lo cotidiano funcionaba como un reloj suizo pues respetábamos los roles y la autoridad impecablemente”, expresa.

– ¿Por qué es importante ese espacio de intercambio y discusión?

– “Generar un ambiente intelectual es uno de los factores más importantes para el desarrollo de la ciencia. Por ejemplo, en Tololo, a las 10 de la mañana había un café donde todos los astrónomos salían de sus oficinas y el director, Víctor Blanco, decía: ‘A ver, ¿quién nos puede contar algo?’ y ahí se armaba una conversación, que siempre giraba en torno a algo que alguien había leído u observado. Él llevaba, por si acaso, una fotocopias en la chaqueta con algún tema, pero las ocupó muy pocas veces pues siempre había alguien tenía algo interesante que contar. Eso es lo más difícil de lograr; en Cerro Calán, cuando entré hace 50 años, se hablaba de cualquier banalidad. Si comentaba: ‘Oigan, miren, encontré una supernova súper chora’, algunos te escuchaban con algo de paciencia –la mayoría, sin paciencia– pero te dabas cuenta que estabas hablando solo. Nadie se emocionaba con lo que estaba investigando o tratando de entender”.

– ¿Por eso ha asumido un rol de divulgador científico, tanto a través de sus libros como participando en programas de televisión por ejemplo?

– “Si queremos que ‘la señora Juanita’ contribuya con sus impuestos a la inversión del Estado en Ciencias, tenemos que explicarle en qué consístela ciencia y no solo como un divertimento intelectual. Si bien estoy impactado con mi libro, porque se han vendido 23 mil copias, si uno lo piensa, 17 mil copias es un libro cada mil habitantes. Y esos que lo compran son aquellos que tienen una biblioteca con 50 o 100 libros, entonces estoy contribuyendo con bencina a los que tienen la cabeza amoblada. El problema son los otros 999, que no saben que la ciencia es atractiva. Entonces he asumido el rol de ir a algunos programas de televisión, en que entremedio de mostrar partes de la piel de alguna niña joven o sacar el tarot, me preguntan a mí qué significa la luna azul, por ejemplo. Alguien me decía que cada punto de rating son 55 mil televisores, entonces ahí uno llega transversalmente. La próxima semana voy a Concepción a dar una charla y los organizadores quieren juntar 5 mil personas en un estadio”.

– Entonces el principal desafío es posicionar la ciencia masivamente.

– “La gran batalla es que todos aprendan a pensar. Como decía José Luis Sampedro, es una batalla que hay que dar por el mero hecho de darla. Hoy el poder económico controla los medios, no tenemos opinión pública sino que opinión mediática. Y a la hora de votar, la gente se deja llevar por lo que le vendieron. Si hubiera un ambiente en que la cultura, el conocimiento, el estudio, fueran realmente potentes, empezaríamos a tener generaciones de gente más preparada, culta e integrada y así nuestros nietos deberían tener la cabeza mejor amoblada. Solo así nuestro país va a progresar y salir adelante, por la inteligencia de cada una de sus partes. El gran recurso de Chile es el cerebro de sus 17 millones y medio de habitantes, pero cuando en los canales de televisión están sacando el tarot, en el otro leyendo el horóscopo y más allá hablando de fenómenos paranormales, están emitiendo estupidez químicamente pura. La televisión no tiene por qué ser educativa, pero no puede deseducar, reforzando los hoyos que la gente tiene en su cabeza. Pero existe un ánimo del poder económico para que la gente piense lo menos posible”.

– ¿Imaginó la proyección que tendría su trabajo?

– “No. Hace poco leí un libro de un astronauta canadiense que me encantó. Tenía un capítulo muy interesante, que era algo así como “La ambición de ser un cero”. Decía que en la vida uno encuentra tres tipos de personas: los que son un cero, los que son un +1 y los que son un -1. Explicaba que la mayoría, en forma instantánea, pretende ser un +1 y termina por ser un -1: el que metió las patas. Cuando uno está en un grupo, tiene que saber qué tiene que hacer y hacerlo bien. Ser un cero significa que nadie lo va a aplaudir de pie, pero tampoco nadie lo va a pifiar. Siendo un cero toda la vida, a lo mejor uno termina siendo apreciado como un +1. Pero cuando a toda cosa, uno trata de ser un +1, termina por ser un -1. Toda mi vida ambicioné ser uno del montón, un músico de la orquesta que interpreta bien la pieza que están tocando todos”.

– ¿En qué trabaja actualmente?

– “Mi locura anda ahora en un libro que voy a sacar en unos meses más, que habla sobre que tenemos que ir a Marte. El hombre tiene que ir a colonizar Marte, simplemente por el hecho de que no se puede. Tenemos que desarrollar la tecnología para eso. En Marte no puedes respirar, a los tres minutos sonaste; no puedes tomar agua porque no hay líquido. Hay temperaturas bajísimas, no puedes sembrar. Me encantaría que en las estaciones antárticas tuvieran ensayos de cultivo de tomates, por ejemplo; hay áreas en que nadie sabe hacer las cosas y eso es una oportunidad, especialmente acá que hay condiciones especiales de vientos y temperatura. Toda la electrónica cambió porque el hombre quiso ir a la luna, y salió el transistor y los circuitos integrados. Los computadores eran unos roperos enormes, se achicaron hasta llegar al tamaño de los celulares, todo eso se lo debemos a la era espacial. Nosotros podríamos perfectamente tomar un pedacito de esta gran obra musical que significaría ir a Marte y si lo hacemos sumamente bien, sería una manera de salir del subdesarrollo”.

Con su amigo de los tiempos del pensionado universitario, Hernán Valdenegro Farías, quien articuló el vínculo con la Universidad de Magallanes.

La ciencia como motor del país

A su juicio, la actual inversión en Ciencia y Tecnología del 0,38% del PIB “es un chiste. La ciencia es la locomotora que va a mover al país entero y detrás de ella, como el carro donde antes iba el carbón de piedra, va la tecnología. Y detrás pueden venir las aplicaciones tecnológicas y luego la innovación y la competitividad. Nosotros estamos capturados por el poder económico y nadie está consciente de eso. Vemos el poder político como el último piso del edificio, pero nadie se da cuenta que más arriba hay un tremendo penthouse, donde está el poder económico, que maneja todo. Critiqué feamente al actual Presidente cuando era candidato, porque él cree que porque tenemos más plata en el bolsillo vamos a llegar al nivel de Grecia ¡Cuando allá empezaron a pensar hace 2.500 años! ¿Aquí dónde están nuestros Aristóteles, Sócrates, Pitágoras?”

– ¿Aportaría en algo la creación de un Ministerio de Ciencia y Tecnología?

– “Creo que solo se maquilla la situación. Chile podría hacer un plan para aumentar en un 10% la inversión en ciencia y tecnología por 12 o 15 años, hasta llegar hasta 1,5 o 2% del PIB (pero por arriba del IPC y por arriba del crecimiento del PIB). Si eso se hace sistemáticamente, al cabo de dos o tres años para darle una mejor estructura, correspondería la creación de un ministerio. Pero si no vamos a invertir más, no me queda claro que sea necesario; incluso, si no hay un aumento neto en la inversión, podría incluso jugar al revés. El principal argumento para su creación es la necesidad de contar con una mirada de mediano y largo plazo, pero si el ministro es un político que se quedó sin cargo de diputado o senador, al final no sirve de nada.

– ¿Qué otras medidas se deberían tomar?

– Es preciso contar con recursos para dos tipos de investigación. Por una parte, fondos para proyectos “de abajo para arriba” (que son los que se hacen en Chile), en que los investigadores proponen lo que les da la gana, los comités evalúan y se asignan los fondos. Pero también, financiamiento para proyectos “de arriba para abajo”, en los que el gobierno define ciertos temas a investigar en ciertas regiones. También es necesario generar grandes centros de investigación al alero de las universidades: cultivar la ciencia, genera conocimiento. Si un profesor hace una clase y termina emocionado, a la larga los alumnos sentirán que eso es importante. Alguien que explique desde el corazón y la profundidad del conocimiento, logra conmover.

Profesor José Maza.

Cazadores de supernovas

Como parte del grupo de investigadores del Proyecto Calán – Tololo, José Maza encabezó una investigación clave para el descubrimiento (en 1988) de la aceleración del universo y de la existencia de una nueva componente de energía oscura, que constituye el 70% de toda la energía del Universo. Por ello, en 2011, “Calán – Tololo” fue reconocido por la Real Academia de Ciencias de Suecia, como un “scientifc background” del Nobel de Física de ese año, que fue otorgado a Brian Schmidt y Saul Perlmutter. Si bien existió una intrincada sucesión de deslealtades y conductas poco correctas de científicos de universidades estadounidenses, sin resentimiento alguno José Maza explica que fue como “diseñar una máquina fotográfica con la que otro captó una toma notable”.

 – ¿Cómo es su rutina en Cerro Calán?

– “En distintas épocas he hecho distintas cosas. Hay una creencia que un astrónomo trabaja todas las noches en un telescopio, lo que es absolutamente falso. En mi vida, lo máximo que pasé en un observatorio fue una semana al mes. Uno va juntando datos, pero debe ordenarlos, sistematizarlos, analizarlos e irlos publicando lo antes posible, porque hay otra gente que está haciendo más o menos lo mismo. Mi primer artículo científico publicado en una revista grande es de 1976, “Statistics of supernova”, en que mi profesor guía, Sidney van den Berg, me dio gentilmente el paso como primer autor. Luego, trabajé con Peter Martin haciendo polarización de núcleos activos de galaxias (los quásares son los más activos), estudio con que me doctoré en marzo de 1979 en Toronto y regresé a Chile, donde comencé a trabajar en supernovas durante los años ’80”.

– ¿Qué es una supernova?

– “Es la explosión de una estrella. La mayoría de ellas, como en la clase media, se mueren discretamente, hacen un ‘puf’ y chao. Pero otras, explotan en forma violenta, volviéndose 10 mil o 100 mil veces más brillantes de lo que eran antes. Esas son las supernovas”.

– ¿Por qué es tan difícil encontrarlas?

– “En una galaxia (la nuestra, por ejemplo) existen 200 mil millones de estrellas y ocurren dos o, tal vez, tres supernovas en un siglo. Entonces, nosotros fotografiábamos unas 5 mil galaxias, en imágenes cuyo negativo se plasmaba en unas placas de vidrio, captadas en un telescopio cerca de Santiago. Dos veces al mes, fotografiábamos la misma región y con un microscopio comparábamos ambas imágenes. Cuando aparecía una estrella en una imagen y no estaba en la anterior era una buena candidata a ser una supernova. A veces, podía ser un pequeño planeta, lo que se comprobaba tomando otra fotografía para saber si seguía en el mismo lugar (las estrellas no se mueven, los planetas sí).

– ¿Era mucha la diferencia tecnológica con Canadá cuando regresó de sus estudios de Doctorado?

– “No tanto en términos de tecnología, pero sí en dos cuestiones fundamentales. Una, que es lo que uno siempre alega, que es la falta de recursos. Pero lo más importante es que en Canadá (o en los países desarrollados) hay un clima intelectual que hace que todo funcione. Llegué acá a seguir trabajando en supernovas y los problemas logísticos eran enormes: no existía el sentido de urgencia para hacer las cosas. Uno llega con todo el impulso y toda la voluntad, dispuesto a mover todas las paredes; pero los años fueron pasando y, más encima, vino la crisis de 1982 que nos encareció muchísimo la compra de materiales. Por ello, en 1985 dejamos de hacerlo”.

– ¿Cómo se reactivó ese trabajo?

– “En 1987, explotó una supernova espectacular en la Nube de Magallanes (una galaxia satélite de la nuestra que aquí se debe ver maravillosamente y que fue registrada por Fernando de Magallanes en la bitácora de su viaje hace 500 años), que fue visible a simple vista. Eso hizo revivir el interés por las supernovas y nosotros sabíamos encontrarlas en placas fotográficas, como nadie en el mundo. Conversé con amigos de Tololo para hacer una nueva búsqueda y comenzamos a tomar placas que eran enviadas a Santiago, donde las revisábamos (en un principio las revisaban en Tololo, pero nunca tuvieron ni siquiera una candidata a supernova). Teníamos más experiencia y un mejor microscopio, pero además, Marina Wischnjewsky, era una verdadera cazadora de supernovas. Junto a Luis González y Roberto Antezana, fuimos descubriendo una y otra y otra. Enviábamos por fax la información a Tololo, donde con el telescopio confirmaban o refutaban que se fuera”.

– Así encontraron 120.

– “En El Roble, en la primera etapa, encontramos alrededor de 60 y luego con el Proyecto Calán – Tololo encontramos unas 60 más, 29 de tipo 1A. Existía el mito que las de este tipo eran idénticas y demostramos que no lo eran, que había un rango, aunque no muy grande”.