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106 años de la “pequeña Suiza”

Por Alfredo Soto martes 6 de junio del 2017

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Coincide la cobertura de este artículo con la reciente celebración de la fundación de mi pueblo natal, Puerto Natales, digo pueblo porque siento el romanticismo de mi infancia vivida allí la que me dio a elegir si ser marinero o montañés, esta última aseveración fue en conjunto con mi crecimiento desde muy temprana edad caminando por las faldas del cerro Dorotea en busca de la riquísima frutilla silvestre que ya comenté en otro artículo, los aventureros viajes junto a mi padre por las orillas del cerro Benítez en donde se encuentra la Cueva del Milodon y en la que tomando el cable de cobre para llegar al pie de la gruta de la virgen quemaba las manos según lo pecaminoso de la vida tomada.
Los intermitentes traslados de obreros hacia las “grandes estancias” de Cerro Castillo y Cerro Guido acompañando de amanecida a mi padrino Alfredo Zárate, que en su “góndola” transitábamos esquivando liebre tras liebre que abundaban por los polvorientos caminos. Mis visitas veraniegas a la Estancia Tres Pasos donde trabajaba mi tío Segundo Ortega y me enseñaba los primeros pasos de un grácil e infante ovejero que apenas podía identificar al que dirigía un piño de ovejas como un “piñeiro” en vez de “ovejero” lo que trajo como consecuencias un sobrenombre por largo tiempo en esos parajes.
Mis invernadas en aquella casa solitaria en lo alto del cordón Arauco, atalaya de las Llanuras de Diana en la que aprendí a deleitarme de un delicioso estofado de liebre y en algunos casos de una variedad de pájaros como el zorzal y tordos con papas al natural. Mis juveniles aventuras de mochileros con algunos de mis amigos del barrio Corvi, el “Chueco” Morales, el “Churrasco” Carrasco, el “Manolo” Viano, el “Pepe” Velásquez, el “Ratón” Velásquez, el “cacho” Zúñiga y otros que la memoria no me ayuda, sin mediar conocimiento y en la parte de atrás de un camión transitábamos por las orillas sur del lago Sarmiento, con calores extremos que nos obligaban a juguetear en sus frías aguas de fondos de piedras color turquesa, correteando lagartijas poco comunes en nuestra zona. Posteriormente y con una carga experimental de caminatas, cabalgatas y excursiones por diversos cerros y montañas, me encuentro guiando grupos de diferentes colores y lenguas y adornando lo del turismo técnico con lo vivencial de mi ser nativo de esta tierra de “esperanzas” y no la “última” como fue acuñada la frase de su descubridor el capitán Juan Fernández Ladrilleros al conseguir apaciguar con tan bellos parajes a su tripulación ya invadida con la fiebre de un motín.
Me resta sólo y humildemente desde esta tribuna saludar a todos los natalinos amigos y los no tanto, “tira piedras” por tener los antejardines muy alejados de la puerta principal y para hacer el llamado desde afuera del cerco y portón y no por reacciones violentas después de un partido de fútbol. Obviamente en el recuerdo a mis padres que ya no están, pero que al son de un tango, sacaban chispas los quiebres y pasos dobles en competencias de baile en estas mismas fiestas A todos mis coterráneos un feliz 106 años que por el mundo se recuerda por sus maravillas y majestuosidades paisajísticas como una “pequeña Suiza”, a todos ellos mis respetos y mi cordial saludo que quizás se hace voz de muchos que vivimos en la ventosa Punta Arenas pero siempre con el corazón puesto en aquel distrito marítimo, lacustre y montañoso.