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Año 1943: el Padre Hurtado en el pecaminoso Natales

Por Ramón Arriagada miércoles 13 de marzo del 2019

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Por muchos años el gran periodista magallánico Roque Tomás Scarpa nos privilegió a un grupo de amigos, con envíos mensuales de documentos fotocopiados, todos ellos elegidos con la rigurosidad de un atento vigía de la época accidentada que transitábamos (año 2000), camino a la democracia en la medida de lo posible. 

Hay uno de esos documentos que para mí ha tenido un significado extraordinario. Es el informe que hizo llegar a la Congregación Jesuita el Padre Alberto Hurtado; fue enviado al superior de ella, Juan Ochagavía. En este escrito el sacerdote hace llegar sus impresiones de la visita realizada en febrero de 1943 a  Magallanes. De manera especial, sus vivencias de Puerto Natales, ocupan en el informe una referencia destacada de la ciudad, a la cual describe como “obrera” con ocho mil habitantes.

A Ultima Esperanza llegará en años de apogeo de la industria de mataderos y frigoríficos; gracias a las guerras en las trincheras europeas de la Segunda Guerra Mundial, los embarques de carnes y los otros subproductos de la ganadería ovina, se suceden vertiginosamente desde los muelles magallánicos. Llegan en los veranos, interminables arreos desde la República Argentina, las fronteras no existen para las grandes empresas de la tierra, como lo era la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego, integrante del holding de la británica Duncan Fox. 

Cura combativo, Alberto Hurtado, apuntará sin contemplaciones, hacia aquello que considera que no va por la senda de la justicia social -aquí en la tierra- de acuerdo al evangelio. De entrada, hace referencia a las grandes familias que sostienen la economía regional (Braun, Menéndez, Campos y otros), los felicita por invertir en Magallanes, pues  queda maravillado con Punta Arenas, “tiene mucho de Viña del Mar, recorrimos los barrios obreros y en ninguno vimos miseria”. Recomienda a dichos inversionistas, “ojalá que se preocuparan que sus grandes administradores fueran católicos; hay entre ellos varios protestantes y masones”.

Por aquellos años la Iglesia Católica tiene dos frentes que son su preocupación: las ideas marxistas ateas en los obreros y los postulados agnósticos, masónicos en la intelectualidad. Al Padre Hurtado, como a muchos jesuitas, le gustaba la lucha confrontacional en las ideas, además su congregación era la más capacitada para estos embates ideológicos. Al llegar a Natales, en febrero de 1943, escribe, “la ciudad misma de Natales, es pobre, pero de un standard de vida homogéneo, no se ven mendigos…la iglesia buena, construida por la Explotadora; Natales de ambiente netamente socialista-comunista”. Hace referencia, a continuación, a la “revuelta” de 1919 con muertes de obreros y carabineros, donde los salesianos fueron también amenazados. “Es la obra de unos cuantos agitadores que dominan sin control la ciudad, habitada por chilotes carneros que se dejan guiar”, enfatiza el jesuita.

Es duro el padre Hurtado. Quizás le impactó en demasía la poca vida religiosa de los natalinos cuando expresa que van a misa no más de 100 personas; los niños salesianos “apenas salen los absorbe el ambiente socialista e inmoral de la población”. Se extiende en el predominio del alcoholismo en los mayores y la existencia excesiva de prostíbulos. Su prédica llena recintos. Se organizan actos en el cine Palace y Club Natales. Auditorios impresionados con su sermón envolvente, oratoria demoledora por la poca llegada de la religión a los obreros; “el alma del obrero que vive lleno de prejuicios o de ignorancias y a mil leguas de entender qué es lo que pretendemos los sacerdotes y de qué trata nuestra religión”.

Un diario socialista de la época dice sobre el cura orador, “mientras los estúpidos decían el cura socialista-comunista, nosotros sabemos que es uno de los mismos que con Larraín y el diputado Fernández se sienta a la mesa naci-fascizante de la Sociedad Nacional de Agricultura”.

Al Padre Alberto Hurtado le tocó visitar en 1943 territorios de sobrevivencia, donde era difícil encontrar ideales ascéticos, sólo a hombres ganados para el pecado, que ni siquiera un futuro santo, podría cambiarles su pecaminosa escala de valores.