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Aquel turismo que no queremos

Por Ramón Arriagada miércoles 14 de marzo del 2018

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Todo indica que nos está yendo muy bien en el desarrollo del turismo en Magallanes. Como ciudadanos de Ultima Esperanza ya podemos hablar de la actividad turística y su impacto económico en nuestra comunidad. Dicho impacto ha traído como consecuencia un cambio social. En cualquier punto geográfico del mundo los efectos sociales, producto de una actividad económica como el turismo, se observan de manera inmediata, pues hay un conjunto de personas,  que se ajusta rápidamente con la economía e industria del destino turístico.

Los otros, los impactos culturales, son posibles de constatar a largo plazo en una comunidad favorecida con la actividad del turismo y el ocio; las normas y conductas sociales obligadamente cambiarán. Con toda esta argumentación, quiero dejar en claro: la experiencia indica que en aquellos lugares elegidos como destinos turísticos, en el comportamiento colectivo, prima el interés económico, la sobrevivencia y la satisfacción de las necesidades. Es difícil llegar a concebir cuáles serán los impactos positivos y negativos del choque cultural, es decir, verse enfrentado a individuos provenientes de otras culturas, incluso puede ser algo deseable. Pero el  beneficio económico de la población local atenta contra el enriquecimiento espiritual que se tenía antes del desarrollo turístico.

El tiempo dirá si fue bueno para nuestras comunidades, hasta ayer sin una fuente de crecimiento estable, enfatizar lo económico, sobre los aspectos de convivencia social, cultural y de sentimientos. Con nuestra mejor buena intención desarrollamos un turismo primitivo, hoy barrido y justificado por una estrategia de crecimiento, a costa de la degradación ambiental y los trastornos sociales y culturales.

En base a lo soñado y vivido en Ultima Esperanza, me preocupa que una autoridad, como la gobernadora de Tierra del Fuego, cuando al asumir el cargo, enfatiza sus ideas de territorio con gran potencial turístico, diciendo a sus conciudadanos: “Una de las cosas que la gente, la comunidad tiene que entender es que el turismo no es una actividad cultural, sino que es una actividad económica. Cuando entendamos su esencia económica, inmediatamente le damos un nuevo giro”.

El enfatizar en un destino turístico, llamando a los ciudadanos residentes, hacer de él una fuente de motivación fundamentalmente económica, perceptores de sólo efectos tangibles, ha resultado a la larga perjudicial para muchas comunidades locales. Son numerosos los lugares en el mundo donde se ha producido un incremento de conflictos entre los intereses de los turistas y los residentes. La pregunta que hoy se hacen las autoridades de dichos lugares, “¿Cómo se puede evitar caer en la turismofobia?”.

El turismo en aquellos lugares, ha traído impactos negativos, como: el incremento del precio de los bienes y servicios, el mayor consumo de alcohol, la mayor delincuencia, el incremento en la venta y consumo de drogas, el aumento del ruido y la basura. Y un fenómeno social propio de estas instancias: la gentrificación.  Es otro de los costos sociales y se refiere al desplazamiento progresivo de la población original del barrio.

Fenómeno que ya comienza a impactar a la población del casco urbano de Puerto Natales. Poco a poco desaparecen de la parte central las tradicionales casas-huertas familiares, que hasta hace diez años hacían de las familias grupos autosuficientes en alimentación. Lugares que se han transformado en residencias turísticas en forma de patios de cabañas, que por su costo para el viajero, seguirán  desplazando a los pequeños hoteles, lodging y albergues familiares.

Es imparable. En Puerto Natales ya a nadie le interesa crear vecindad. La consigna ahora es sacar provecho del “boom”; el desplazamiento progresivo de los amigos del barrio, ya poco importa. Total, las consecuencias culturales vendrán, cuando nosotros estemos muy lejos o no estemos.