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Aquellos del antifaz de seda

Por Ramón Arriagada miércoles 31 de enero del 2018

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Aunque se ha querido minimizar el gesto de los fiscales Carlos Gajardo y Pablo Norambuena, cuando en un acto que los eleva en la estimación de los chilenos anticorruptos, renuncian al cargo de fiscales por considerar no conveniente el proceso de alivianar las penas de quienes han investigado. El ciudadano común, poco partidario de inmiscuirse en profundidades judiciales,  guardaba respecto de ellos una alta calificación- reflejada en las encuestas de intención y opinión – percepción de un alto contenido afectivo.

¡Ya ni en los ladrones se puede confiar!, dicho popular en desuso, tenía que ver con los ladrones, a los cuales se referían nuestros padres. Los de ese gremio informal, tenían sus códigos; por ningún motivo robar en el barrio donde vivían, ni a los ancianos, mucho menos a embarazadas y niños. El delito más común del vecindario era perpetrado por los “ladrones de cordel”, es decir los limpiadores de la ropa dejada para secar en los patios. Hoy con la modernidad de las secadoras, y el poco interés por la ropa de origen chino de las aún existentes cordeladas, ese ladrón subsistente, que salía a robar cuando tenía necesidad, ya no existe. Desapareció con otro personaje del folclore delictual, el ladrón de gallinas.

En la delincuencia ha aparecido un componente violento de alta peligrosidad. Ahora, en los hechos delictivos hay autores adolescentes, cuya relación con la droga los ha convertido en bestiales actores. Si lo superlativo ha aflorado en la delincuencia de la marginalidad social, lo mismo ha sucedido en aquellos que practican delitos económicos. Es que el mercado, instancia donde se mide la supremacía de los gestores económicos, legitima moralmente muchas conductas reñidas con la ética mínima. Un cómico ha dicho por estos días, “Chile es el único país del mundo, donde el papel higiénico no te limpia si no te… ensucia”, cruda evidencia, no ficticia, si no real, que todos hemos experimentado a raíz del mercado duopólico en el rubro criticado.

Atención. Ha aparecido un dato no menor por estos días. Una estadística respecto de la población penal en Chile, indica que las causales de llegadas a nuestras cárceles sobrepobladas, han tenido su origen en delitos como robos (51%), drogas (22%) y delitos sexuales (6,4 %). En tanto la cantidad de presos en los recintos carcelarios por delitos económicos llega tan sólo al 0,7 %. La Ocde, en uno de sus habituales estudios de opinión, respecto a la “Confianza en la Justicia” en cada uno de sus países miembros,  especifica que el promedio llega al 55% que sí, en tanto en Chile sólo un 15% dijo confiar. No hay que ser demasiado entendido en opinión pública, para comprender, que el ciudadano común reacciona ante el sello de impunidad de delitos cometidos por personajes que tienen parte del poder político y económico, aquellos de cuello y corbata, delincuentes con antifaz de seda.

Junto con los fiscales Carlos Gajardo y Pablo Norambuena, somos muchos los chilenos que no entendemos todo el  entretejido o maraña alrededor de Soquimich. Esta empresa, tras reconocer diferencias contables, que dificultaron en poca monta el mercado accionario de Estados Unidos, tuvo que pagar 30 millones de dólares;  en Chile por sobornar a políticos y deteriorar lastimosamente nuestra débil democracia, estará obligada a pagar tan sólo 4 millones de dólares. Además de consuelo se llevará el premio de ser socia del Estado chileno en la estratégica explotación a futuro del litio.

Todos  los chilenos estamos dispuestos a cumplir con lo que la Ley dice es obligatorio. Somos honrados hasta mientras no nos pillen. No es compatible con dichos criterios, la resistencia a la orden del Fiscal de Alta Complejidad de La Araucanía por parte de Carabineros. Como tampoco la negativa del Senado a entregar el informe sobre asesorías. Y que decir de las suspensiones del juicio por cohecho de Soquimich.

No es bueno, los hombres olvidan que para andar por el mundo se necesita más crédito que dinero.