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¡Arranca que vienen los rotos!

Por Eduardo Pino viernes 13 de julio del 2018

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El cacerolazo ABC1 observado en Las Condes hace unos días en protesta por la iniciativa del alcalde Lavín de entregar viviendas sociales en la rotonda Atenas, ha generado una discusión tan necesaria como repetida en el tiempo. Es que la reacción de este grupo de vecinos de la acomodada comuna puede molestarnos, indignarnos, provocarnos indiferencia o incluso estar de acuerdo, pero en ningún caso sorprendernos. Por más que mucha gente pontifique con palabras valóricamente deseables en el registro de sus pantallas para mostrar lo humanitarias que son en redes sociales, el clasismo en nuestro país parece ser una marca registrada si observamos cómo se ha ido conformando nuestra sociedad. Ya lo retrata magistral e irónicamente Coco Legrand en una de sus puestas en escena, cuando describe el peregrinar de la clase alta en nuestra capital nacional. De vivir en el siglo XIX y primera mitad del XX en el centro de la ciudad, han ido abandonando sus nichos para asilarse en el sector oriente de la Región Metropolitana, e incluso seguir conquistando la precordillera hacia el norte, en modernos y exclusivos condominios que desean cada vez más alejarse de populosos lugares. Lo que más recuerdo de esa rutina era la frase: “y de nuevo tuvieron que salir arrancando de los rotos”, en directa alusión a la frecuente y despreciable práctica de “rotear” que ocupan muchos de los social y económicamente aventajados.

Cuando era un adolescente y asistía a un provinciano colegio en que mis compañeros pertenecían a familias de ingresos económicos muy heterogéneos, pensaba que la caricatura del “cuico” capitalino cuyo límite occidental llegaba hasta  Plaza Italia era solamente un invento, pero con el tiempo me di cuenta que tenía bastante de realidad. Los sectores acomodados no sólo trasladaron sus viviendas hacia sectores de mayor exclusividad y plusvalía, sino también los servicios de todo tipo con el fin de evitar convivir con quienes eran diferentes, en este caso, quienes percibían menores ingresos económicos. Si bien este fenómeno se observa de manera mucho más marcada en la Región Metropolitana, lo podemos percibir prácticamente en todas las ciudades de nuestro país. Y aunque he escuchado en más de una ocasión que nuestra ciudad se encuentra prácticamente inmune a esta segregación, el que los servicios de Salud y Educación se rijan por el modelo económico que impera en nuestro país, hace que prácticamente todos terminemos bailando al mismo ritmo. Así como se puede (o debe) vivir en un lugar donde los ingresos familiares permitan solventar los gastos de vivienda y ubicación, nos hemos acostumbrado que hay lugares donde los hijos pueden estudiar o los miembros de la familia pueden tratar una enfermedad, también según los ingresos que se ostenten, acomodando mucho a sus usuarios aventajados pues se fomenta una endogamia muy conveniente.  Como lo dijo muy bien alguien por ahí: “cuando los políticos que tanto pregonan la igualdad social coloquen a sus hijos en establecimientos municipales o atiendan su salud en el sistema público, todo se va a solucionar muy rápido”.

A pesar que reconocidos arquitectos y urbanistas le han dado la razón a Lavín, desmintiendo las aprensiones que reclaman los vecinos acerca de la congestión vehicular, el hacinamiento comunal  que provocaría este pequeño proyecto de vivienda social, el aumento de la delincuencia o las apocalípticas predicciones de  disminución en la plusvalía de las propiedades, el cacerolazo del domingo nos viene a recordar una vez más que no somos la copia feliz del edén cuando se trata de integración. Acoger al distinto, aunque se trate de personas de esfuerzo relacionadas con el sector a través de su trabajo, despierta en quienes se sienten afectados sensaciones que van desde el desagrado hasta el temor, adoptando el rechazo como respuesta avalada por prejuicios y estereotipos mantenidos por un sistema que dice lo correcto, pero hace lo posible por mantener los mismos vicios que hemos observado desde hace mucho tiempo y en muchos lugares.

Por eso, quizás al igual que ud, este cacerolazo me provoca enojo y tristeza al darme cuenta que el clasismo y la discriminación  siguen más vivas que nunca, pero desgraciadamente, lo que menos provoca es sorpresa.