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Arribismo chilensis

Por Jorge Abasolo lunes 2 de diciembre del 2019

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VICENTE HUIDOBRO, uno de los escasos genios que ha producido Chile solía decir que la idiosincrasia de un país es más fácil abordarla a través de los defectos, y no por los atributos.

¿En qué momento perdimos nuestra austeridad, si es que la tuvimos alguna vez?

Algunos culpan al modelo neoliberal. El hecho es que ahora hasta el más rasca de los flaites vive la pobreza con televisor a color…y cuando saquean supermercados no se llevan artículos de primera necesidad.

Lo hemos visto por estos días en la televisión…

Los extranjeros ven el caso chileno como un fenómeno destinado a estragar la placidez de campo que caracterizó al habitante de estas tierras.

Me dolió leer hace poco en el diario El Tiempo, de Bogotá, Colombia, un editorial donde se mofaban de los chilenos del teléfono de mentira. Aludían a la costumbre de algunos chilenitos de manejar el coche con un celular de madera, cual espantajo destinado a ser el centro de la mirada…y de la envidia. Pero no todo terminó ahí. El editorial fisgoneaba más allá, alertando que en Chile ocurren “casos patéticos”, como llenar los carros de un supermercado para alardear que se tiene dinero. Lo curioso es que se pasean con el carro por todo el supermercado, para abandonarlo al llegar a la caja. ¿Sentido de este acto fachendoso?  Causar alta impresión en gente que no conocemos.

Permítanme dejar en claro que el arribismo chileno no es inherente al modelo. Entronca más atrás en la historia.

Afortunadamente hubo un momento en que actos de este tipo eran condenados y hasta juzgados. Hacia el año 1903 el doctor y moralista católico Moraga Porras -en un escueto ensayo- declaró la batalla contra el lujo y la ostentación. Para ello propuso a la jerarquía eclesiástica, en particular al arzobispo- alentar la creación de una asociación o liga femenina “contra el lujo y la ostentación”. Su iniciativa tuvo eco. Luego del terremoto de Valparaíso (1906), la ostentación anduvo decreciendo y el lujo se fue al exilio por un tiempo. Obvio: la zona central de Chile andaba más preocupada de rehacer sus casas, construirlas de nuevo o asegurar el puchero antes que hacer alarde de cierta calidad de vida.

Nada de lesa, la Iglesia aprovechó la ocasión para intentar restituir la frugalidad de las costumbres. En una carta pastoral con fecha 16 de agosto de 1906, el arzobispo Casanova dio a entender que esa catástrofe natural del año 1906 constituía “una admonición divina al otrora católico, pero ahora mayoritariamente irreligioso y ostentoso pueblo chileno”  (¡SIC¡)

Dicho de otro modo, don Mariano Casanova consideraba el sismo como una benevolente palmada divina destinada a atenuar la forma de vida del chileno por esos años.

¿Qué tal?

Y como luego de una catástrofe natural, la gente reemplaza el pensamiento sereno por la intuición acelerada, durante muchos años los habitantes de esta tierra anduvimos parejitos, disciplinados, con miedo cerval y hasta colijuntos porque don Jecho se nos podía volver a enojar.