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Austeridad, la belleza de la sencillez

Por Marcos Buvinic domingo 3 de septiembre del 2017
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El domingo pasado me referí al drama de los que viven endeudados hasta el alma, y por eso tienen una deuda con su propia alma, con sus esperanzas y anhelos de felicidad. Esta columna va destinada a los que pueden elegir ser más austeros; es decir, los que pueden elegir vivir consumiendo menos y así vivir mejor.
Esta columna es, también, una protesta contra un sistema que condena a muchas personas y familias a vivir en la carencia de bienes y servicios básicos (vivienda, educación, salud, medio ambiente sano); eso no es austeridad, sino la vergonzosa injusticia de un sistema que condena a unos a vivir apenas sobreviviendo.
En el estilo de vida actual hay muchas situaciones de despilfarro, de grandes fiestas, de derroche ostentoso, y no sólo entre los más ricos, sino que también se dan en la vida de cada uno de nosotros. Nos llenamos de “necesidades” creadas por la publicidad, por lo que está de moda, por lo que pensamos que es “moderno”.
Así, “necesitamos” cambiar el celular, el computador, el auto, la ropa que “tenemos” que usar, el televisor… Es una vorágine de consumo en la que siempre hay algo que “necesitamos” comprar. Y si no tenemos dinero, ahí está la tarjeta de crédito, las tres cuotas sin interés, la renegociación de la deuda, etc… El sistema financiero y las multitiendas disponen todo para que sigamos comprando y aumentar sus suculentas ganancias. También se derrocha en agua y luz, en propaganda electoral, en gastos desproporcionados de representación, sueldos desorbitados… En el reino de lo desechable, se usa y se bota; así contaminamos y se amontona basura hasta vivir en medio de la porquería. Ahí confundimos bienestar material con felicidad, ostentación con vivir bien, andar a la moda con vivir contentos, y suma y sigue…
En este contexto en que se mueve nuestra sociedad y cada uno de nosotros, tiene mucho sentido el valor muy poco practicado de la austeridad, que es la sencillez y moderación propias de la naturaleza y de las personas. No tiene nada que ver con la tacañería, pero sí mucho que ver con la responsabilidad, la justicia, la belleza, la solidaridad, la generosidad, el cuidado del medio ambiente y de la salud y de la familia. Es lo contrario del consumismo, de la inmoderación, del despilfarro, de los antojos y caprichos, de la vanidad, de la codicia, de la ostentación.
Frente a un estilo de vida centrado en el consumo irracional, injusto e insostenible, que siempre crea insatisfacción, porque lo que “necesitamos” nunca es suficiente para ser felices, que produce obesidad y estrés, que genera pobreza, que degrada el medio ambiente, aparece urgentemente necesaria la austeridad como valor ético y norma de conducta personal, como un camino de liberación personal y social.
No es fácil determinar cuál es el límite de gasto y consumo, pero el modo de definirlo supone una revisión de las ideas habituales que se tienen sobre la vida, la felicidad, el dinero, el vivir bien. Todos sabemos que con el dinero se pueden comprar algunas cosas, pero lo verdaderamente importante no se compra con dinero.
Cultivar la virtud de la austeridad es un camino de liberación personal y social para ir aprendiendo a ser felices desde lo que nos hace verdaderamente felices. Es entrar en un camino de vida hecho de sencillez, naturalidad, moderación, cultivo de la calidad de la vida familiar y las relaciones humanas, solidaridad y generosidad en el compartir -porque austeridad sin solidaridad es avaricia, y solidaridad sin compartir es una mentira-. Es acoger las palabras del Señor Jesús que dice “háganse un tesoro inagotable en el cielo, allí donde los ladrones no llegan ni lo corrompe la polilla; porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”.
Entonces, antes de volver a comprar algo que “necesitas” pregúntate si de verdad lo necesitas; antes de volver a usar la tarjetita, piénsalo dos o tres veces, no sigas comprando en tres cuotas sin interés… También, mira a tu alrededor y descubre los testimonios de personas que son austeros, comparten con otros y viven contentos. Como decía -hace siglos- el viejo Solón de Atenas, “la austeridad es una de las grandes virtudes de un pueblo inteligente”.