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Aylwin: se va un trozo de nuestra historia

Es probable que los más jóvenes, y algunos no tanto, ante la muerte de Patricio Aylwin Azócar se pregunten el porqué del duelo nacional decretado, cuestionen la gran cobertura a la noticia, pero quizás más importante aún, se sorprendan por el favorable consenso de la ciudadanía ante su figura histórica. Es que actualmente los políticos en general han llegado a generar un grado de desconfianza  tan alto, que las muestras de afecto espontáneo de la gente ante el deceso del Presidente que le correspondió recuperar la democracia, parecen sacados de otro tiempo, de otro país, de otra realidad. Quizás esto no se encuentra tan alejado de la verdad, porque ese Chile de fines de los 80 y principios de los 90, a veces parece tan, pero tan distinto del actual.
[…]

Por Eduardo Pino viernes 22 de abril del 2016

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Es probable que los más jóvenes, y algunos no tanto, ante la muerte de Patricio Aylwin Azócar se pregunten el porqué del duelo nacional decretado, cuestionen la gran cobertura a la noticia, pero quizás más importante aún, se sorprendan por el favorable consenso de la ciudadanía ante su figura histórica. Es que actualmente los políticos en general han llegado a generar un grado de desconfianza  tan alto, que las muestras de afecto espontáneo de la gente ante el deceso del Presidente que le correspondió recuperar la democracia, parecen sacados de otro tiempo, de otro país, de otra realidad. Quizás esto no se encuentra tan alejado de la verdad, porque ese Chile de fines de los 80 y principios de los 90, a veces parece tan, pero tan distinto del actual.
Es que la muerte de “Don Pato” resulta uno de los fenómenos sociales de mayor transversalidad que nos haya tocado observar en el último tiempo. Como muy bien expresó su familia, su figura trasciende a su clan más cercano o a su partido político; su rol central en un tiempo tan importante y sensible de nuestra historia hace que pocos chilenos sobre los 35 años queden indiferentes ante su fallecimiento, más allá de su pensamiento político actual o de ese entonces.
En psicología social, más específicamente en el tema de “liderazgo”, una de sus clasificaciones hace alusión que habría tres tipos de líder: el “innato”, quien nace con rasgos de líder, mostrando desde temprana edad características que lo destacan del resto; el “conductual”, que aprende las habilidades de liderazgo a través de la capacitación o experiencia, dejando la esperanza que cualquiera podía convertirse en un líder si se le enseña a serlo. Pero el más funcional y difundido es el llamado líder “contingente”, referido al individuo que más allá de tener capacidades heredadas o haber aprendido a representar a otros, se encuentra en el tiempo y lugar adecuados para ejercer su influencia, reconociendo con gran certeza e inteligencia las condiciones que el ambiente entrega para sacar el mayor provecho según los objetivos trazados. No tengo dudas que Patricio Aylwin pertenece a este último tipo, reuniendo un gran consenso cuando fue nombrado candidato en pos de recuperar, y sobre todo mantener, la democracia. Pocos reparan que una tarea tan compleja en un escenario hasta cierto punto incierto, haya sido dada a un hombre que al ceñirse la banda presidencial ya pasaba los setenta años. Es que cuando la lucidez mental y la energía física quedan en evidencia, el tiempo cronológico pasa a segundo plano.
Más allá de algunas críticas relacionadas con su postura frente al golpe militar o la supuesta falta de mayor rigurosidad en el juicio a los atropellos de los derechos humanos, las luces que se recordarán de esta transición democrática estarán basadas en su llamado permanente a la integración de un país dividido, con un pragmatismo cauteloso cuya misión era cuidar lo que tanto costó recuperar.
Porque quizás a muchos de mi generación la muerte de Patricio Aylwin les evocó emotivamente a sus propios padres, muchos de los cuales ya no están. O a nosotros mismos con 25 ó 30 años menos, con ideales de otra época en un escenario sin tanta tecnología, pero con muchos sueños que con el tiempo parecen haber quedado en la incomprensión de las nóveles generaciones. Esta semana se fue un trozo de nuestra historia como nación, pero sobre todo, una parte de nuestro pasado cívico e idealista que necesita en forma urgente volver a recuperarse. Una inspiración para todos, en especial para nuestra clase política actual.