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  • Julio Sebastián Calderón Maclean

Aylwin winner

Por Diego Benavente viernes 29 de abril del 2016

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Hace muy poco se fue un grande de la política, Patricio Aylwin, reconocido por moros y cristianos, pero también como no podía faltar con algún grado de crítica de parte de algunos políticos y dirigentes juveniles.
Un líder político nacional relevante en la historia reciente, un hombre que encarnó en sí mismo la transición, odiado por la izquierda por encabezar la oposición al gobierno de Allende y luego justificar y respaldar el “pronunciamiento militar” en sus inicios. Para luego evolucionar y dar un giro copernicano, 17 años después y encabezar la derrota del mismo gobierno militar que apoyó, presidiendo posteriormente el primer gobierno democrático post Dictadura. En sus hombros tuvo la capacidad de asumir, vivir y encarnar como persona el cambio o transición que tanto ha costado a nuestra sociedad, quien sabe a lo mejor, este puede ser su mayor y gran legado a la convivencia nacional.
Bien vale enumerar algunos de los atributos que muchos recordaron al momento de su partida, destacando su austeridad, modestia, sencillez, prudencia, decencia, mesura, coraje, espíritu unificador y su aporte al reencuentro nacional. Un “orador elegante, agudo y lógico, lo que realzaba su autoridad”, según Roberto Ampuero y que “representa todo lo que hoy nos falta”. Este al describir, en una columna de un matutino nacional, el fenómeno del homenaje popular que se produjo en sus exequias, expresaba: “Así aparecieron de súbito miles que querían despedir a un líder íntegro e integrador, que sueñan con políticos probos, esperan se acabe la política como industria del odio y confían en la recuperación del diálogo cívico”.
Un líder que retratado en sus contradicciones exhibidas, Carlos Peña lo explica, en “su particular atención a la realidad, o a la que él en cada momento estima es la realidad. A veces acierta y otras se equivoca, pero siempre procura acompasar su acción a lo que entiende es la realidad que se despliega ante él. Esa fue su actitud antes del golpe de 1973; esa fue su actitud durante la dictadura; esa fue también su actitud cuando luchó contra ella”. En dos palabras se caracterizaba por “tener intuición histórica”.
Para Roberto Ampuero como buen converso, “Aylwin fue el primer Presidente de la transición, pero también el gran adversario de Salvador Allende, cuyo gobierno dividió a los chilenos y destruyó la economía con “la vía chilena al socialismo”. Asimismo “se equivocó al suponer que los militares devolverían pronto el poder a los civiles”. Pero con todo, “era un convencido de que en Chile no sobra nadie, que diversidad y justicia enriquecen, y que nadie monopoliza la verdad.” Mirando hacia delante para él, “don Patricio Aylwin es un clásico”, que “dialogará durante mucho tiempo con Chile y será un interlocutor exigente”.
De todo lo anterior se puede concluir que con Aylwin se cierra un ciclo de trastoque político, el que se inició más o menos marchando con la Patria Joven en los sesenta y se cierra, en este siglo XXI, con su partida y trayectoria homenajeada por casi todos. Es de esperar que pueda servir de punto focal, en cuanto a poder perpetuar los valores republicanos que nos dejó con su ejemplo, en austeridad, capacidad de diálogo y transversalidad, lo cual puede ser útil para endilgar y orientar la política en estos tiempos de crisis. Y para salir del estado de deterioro en que se encuentra de cara a la ciudadanía.