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  • Lucinda Gutiérrez Opazo vda. de Pérez
  • José Onofre Díaz Vivar
  • María Sonia Mansilla Macías

¡Bingo!

Por Eduardo Pino viernes 27 de julio del 2018
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En el mundo político se tiene claro que si alguien desea hacer una carrera en este ámbito, ganándose la confianza de la gente y tratando de aumentar su popularidad en vistas de una futura elección democrática, deberían evitarse dos ministerios que “devoran” hasta el mejor de los candidatos: Educación y Salud. La complejidad de estas dos áreas, sumada a la cercanía e importancia que redunda en la vida cotidiana de la gente, y qué decir en la trascendencia del desarrollo humano, hacen que generalmente las autoridades que dedican su labor en estos ámbitos tengan la altísima probabilidad de ganarse  postreros lugares  en los resultados de las encuestas. Las permanentes demandas  de la ciudadanía en estos delicados temas, entregan una sobrevida generalmente limitada a estos “valientes servidores públicos”

O sea, ya ser ministro de Educación es complejo y requiere de un gran manejo, tanto de competencias acorde a su administración como  comunicacionales. De ahí la caja de resonancia que han tenido las palabras del ministro Gerardo Varela, al referirse que estaba aburrido de tener que recibir las demandas de los directores que necesitaban arreglar el techo o los pisos de sus establecimientos educacionales, en vez de realizar Bingos para recaudar los recursos y dejar de solicitar asistencialismo. Lo que en el fondo quería comunicarse como un incentivo a la autogestión y la invitación a la colaboración y unión de las comunidades educativas, incluyendo a los padres y apoderados (quiero o trato de interpretar lo más constructivamente posible), en realidad sonó y se interpretó como un portazo en las narices de quienes legítimamente solicitan las mínimas condiciones para desarrollar su labor educativa.

El mismo autor de intervenciones en que deja a sus hijos como campeones, tuvo una vez más que pedir disculpas e insistir que la ciudadanía debe volver a la discusión de fondo, referida a una gran reforma (hemos perdido la cuenta cuantas llevamos) que mejorará todo. Desde la trinchera del frente la inquisición no se ha hecho esperar, mientras que desde la propia vereda las declaraciones van desde recomendarle no hablar tanto y hacer más, hasta bajar la cabeza y aguantar el “bullyng”.

Una vez más las palabras se han convertido en densas nubes de humo que enturbian mantener el foco en lo realmente importante. Una vez más las formas inadecuadas se convierten en el centro del debate y reagrupan a los bandos que aunque nos repiten una y otra vez que están por el bienestar de toda nuestra nación, parecen aprovechar cualquier instancia para sacar ventaja del color contrario, mientras en el medio la gran mayoría de la gente queda expuesta a un fuego cruzado al que estamos demasiado acostumbrados, pero nos sigue pasando la cuenta.

A la frase ultra repetida que parece justificar tantas cosas: “el lenguaje crea realidades”, le agregaría que el poder de las palabras como producto de nuestra habilidad del lenguaje, es capaz de elicitar sensaciones, ideas y emociones que influirán de manera determinante en la relación que estableceremos con los demás. Por eso es que los niños en etapa pre escolar van desarrollando un componente del lenguaje que va más allá de lo fonético (sonidos), semántico (palabras) o de la sintaxis (gramática), que es la pragmática, referida a lo adecuado o inadecuado de las expresiones según el contexto en que se emitan. El desarrollo del pensamiento paralelamente nos ayudará para analizar cómo, dónde, cuándo o a quién se le dice lo que se piensa y siente. En esta dinámica de comunicación es que se construye la pertinencia y asertividad de nuestras intervenciones. Por eso nos parece chocante cuando un diputado de la nación le llama a atención a un doctor en Derecho por no llevar corbata, tratándolo como un niño porque a su juicio estaba mal vestido para la ocasión, mientras el profesional le responde recitándole su extenso currículum, en una muestra que puede ser interpretada como una legítima defensa o un ególatra desborde revanchista herido. De lo realmente importante ni nos enteramos.

Todos nos hemos equivocado más de alguna vez y hemos sido interpretados de manera distinta a las intenciones que sustentaban nuestro discurso, por lo que urge recurrir a la cautela, a aumentar nuestra empatía y consideración con el resto, a tratar de prever las consecuencias de nuestras intervenciones. Curiosamente, la educación nos podría ayudar bastante.