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  • Sergio Aurelio Valenzuela Alarcón

Chile, país más feliz de Sudamérica … y bueno

Por Eduardo Pino jueves 4 de abril del 2019
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Hace unos días la Onu dio a conocer, como en los últimos años, el resultado de su investigación acerca de la felicidad, en el marco de la celebración internacional de este día. Una vez más, Chile aparece en el primer lugar de Sudamérica, lo que en muchas personas ha provocado una reacción de incredulidad más que de regocijo.  Incluso la tonalidad e inflexión con que ud. leyó el título de esta columna puede situarlo(a) en alguna de las dos opciones.

Las disciplinas científicas, por medio de su método, intentan validar de manera rigurosa los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor, con el fin que contemos con información que posea la mayor objetividad posible que guíe nuestras ideas, pensamientos, actitudes y por ende, las conductas que adoptaremos. De esta manera se va generando el conocimiento. Es un camino largo y difícil, pero muy necesario, en cuyo recorrido surgen muchas veces más dudas, interrogantes y cuestionamientos que certezas absolutas, en especial en las ciencias no exactas. En la psicología y las ciencias sociales, entre otras, abundan los constructos, conceptos cuya naturaleza abstracta resultan un verdadero desafío para lograr una total comprensión de éstos. Para ello se deben medir, o por lo menos intentar hacerlo, tratando de lograr un consenso en su formulación teórica (qué es o cómo entendemos el concepto) y de medición (crear un instrumento que permita cuantificar resultados para compararlos y buscar lo adecuado, normal, esperable o necesario). Cuando emprendemos este desafío con constructos derivados del funcionamiento psicológico del individuo, considerando la naturaleza única de cada persona, y además tratamos de homologar estos instrumentos en diferentes culturas, sociedades, valores y costumbres que nos diferencian histórica y geográficamente, es que los resultados pueden encontrar interpretaciones, aplicaciones y valoraciones muy distintas entre sí. 

El concepto “felicidad” es uno de los que mayores complicaciones ha traído en el proceso descrito en el párrafo pasado. La subjetividad es vivenciada en cada individuo, las diferentes experiencias significativas y sus valoraciones en las historias personales, la influencia familiar y de la sociedad en que nos hemos desarrollado, entre muchos otros factores, hacen del estudio de la felicidad y su búsqueda una temática que viene desde la antigüedad, pero que sólo hace pocas décadas hemos tratado de medir para su mayor comprensión. 

Algo interesante que nos puede ayudar en esta reflexión es analizar dos corrientes con que se ha tratado de entender la felicidad: la centrada en la eudaimonía y la perspectiva del hedonismo. La primera proviene de la concepción Aristotélica que prioriza para ser feliz el desarrollo de las virtudes, resaltando que la persona va buscando desarrollar en la vida un sentido y una espiritualidad que le entregan el bienestar psicológico. Por otra parte el Hedonismo propone que seremos felices mientras busquemos y obtengamos el placer y evitemos el dolor. Aunque por falta de espacio no se puede desarrollar más estas ideas, ya nos surgen las primeras preguntas: ¿alguien que obtenga placer a costa del sufrimiento de los demás puede ser feliz?, ¿logramos encontrar un consenso acerca de lo que nos podría hacer felices a todos?, ¿podemos comparar entre las personas su nivel de felicidad si poseen creencias opuestas acerca de su significado?

Respecto a los resultados efectuados en el estudio de la Onu, uno de sus expertos explicó que una de las razones que tendrían a Chile como líder feliz sudamericano son los fuertes vínculos sociales  entre las familias y las comunidades locales. Entonces, ¿por qué los primeros lugares a nivel mundial están ocupados por países nórdicos, que poseen idiosincrasias familiares tan distintas a la que los latinos estamos acostumbrados? Otra opinión interesante de una columnista que trabaja para una corporación internacional es que en Chile se valoraría mucho la pro socialidad, osea, ayudar desinteresadamente a otros, citando ejemplos como la Teletón, campañas ante catástrofes e incluso los grupos de voluntariado. Más adelante ella misma presenta en su columna que sólo un 11% de los chilenos participa en voluntariados. Más allá del valorable optimismo del mensaje, resulta inevitable preguntarse: ¿puede hacernos felices en nuestras vidas algo que hacemos una vez al año?, ¿puede un 11% contagiar tanto al resto?, ¿puede ser tan pro social un país con uno de los índices de mayor desigualdad mundial en ingresos?

Aspectos como la deseabilidad social que nos hace aparentar muchas veces lo que esperan los demás de nosotros, el espejismo del consumismo que nos inyecta una  felicidad efímera y sin sentido tantas veces, el evitar mostrarnos infelices para no espantar a los demás, y muchas otros aspectos nos dan un pie para conversar y compartir un tema inagotable, pero que al final parece ser lo que todos buscamos en la vida.