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Contexto y epílogo de las huelgas de los años veinte

Por Marino Muñoz Aguero domingo 15 de abril del 2018

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Por: Marino Muñoz Agüero

Hemos tratado en este espacio la represión de las huelgas de los obreros rurales en el entonces territorio de Santa Cruz, República Argentina, principalmente las de los años 1920 y 1921, que culminó con el fusilamiento de 1500 trabajadores. Ello fue claramente producto de un conflicto entre el trabajo y el capital, aún cuando (y a estas alturas lo mencionamos casi como una curiosidad) algunas desviadas interpretaciones, vieron detrás de los movimientos un intento de invasión chilena a la Patagonia argentina.
En cuanto a los responsables de la cruel represión: “…fueron los gobernantes, pero no por eso podemos justificar a Varela. Si comenzáramos a justificarlo y siguiéramos por ese camino entonces terminaríamos por aceptar las razones de los carceleros de Auschwitz” (Bayer, Osvaldo, “La Patagonia Rebelde”, e-book, 2015, pag. 1214). El historiador argentino se refiere al gobierno radical de Hipólito Yrigoyen y al teniente coronel de ejército Héctor Benigno Varela.
El domingo recién pasado reseñamos al historiador magallánico Alberto Harambour, quien da cuenta de la articulación de redes empresariales, políticas y familiares que, a fines del siglo XIX tanto en Chile como Argentina, facilitaron la “soberanía ovina” de ambas patagonias mediante el imperio de capitales de origen principalmente británico.
Lo descrito por Harambour fue determinante en el devenir económico, político y social de la Patagonia y, por supuesto en los trágicos acontecimientos. Mediante, hasta ahora cuestionados, mecanismos de asignación de grandes extensiones de terreno, unos pocos capitalistas lograron un poder sin contrapeso y adoptaron una dura posición ante las demandas de los trabajadores en pos de mejores condiciones laborales, en momentos que llegaba a su fin la época dorada del negocio ganadero con importantes bajas en el precio de la lana en los mercados internacionales.
Por el lado de los obreros, la influencia de la Revolución de Octubre en 1917 en Rusia y de las ideas maximalistas y anarquistas, fueron determinantes en las bases de sus organizaciones y en el accionar ante el conflicto, organizaciones que en gran medida tomaron el modelo y recibieron el apoyo de la FOM (Federación Obrera de Magallanes) en una muestra clara de internacionalismo proletario.
Tanto en Chile, como en Argentina, se venían sucediendo episodios de enfrentamiento y represión a trabajadores o pobladores, entre los que se puede mencionar: la semana trágica, Buenos Aires ,1919; la huelga rural de 49 días Punta Arenas, 1916; la guerra de Chile Chico, 1918; las huelgas de Punta Arenas, 1918; la huelga del frigorífico y toma de Puerto Natales, 1919 o el incendio Federación Obrera Magallanes (FOM), Punta Arenas, 1920; algunos de ellos con resultados de muerte (Maggiori, Ernesto, “Los años de la revolución en Patagonia 1918-1930”, 2012, pag. 4).
El clima del momento era de fuerte agitación con los obreros movilizados y, con los estancieros por su parte, actuando en el frente patagónico a través de las Sociedades Rurales, la prensa afín y las Ligas Patrióticas, organizaciones formadas principalmente por extranjeros para defender los intereses de los propietarios. Estas ligas patrióticas tuvieron también su correlato en Magallanes y ambos lados de la frontera su brazo operativo fueron las “Guardias Blancas”, constituidas por civiles armados (en Punta arenas actuaron en el incendio de la FOM el 27 de julio de 1920).
Cada uno de los bandos se movía con menor o mayor éxito a través de sus representantes en Buenos Aires, hasta donde llegaban las noticias de la “agitación patagónica” que, por el lado de los estancieros aludían a un clima de total caos, incluyendo saqueos y violaciones de mujeres. No deja de llamar la atención lo señalado años después por Mauricio Braun, uno de los representantes de los estancieros en Buenos Aires: “Milagrosamente no se dieron a otros deleites ni delitos que no fueran el aprovechamiento de los bienes ajenos; no hubo ni muertos ni violaciones en las casas de los estancieros o administradores; los llevaban, eso sí, como rehenes, pero no los trataban mal” (Braun, “Memorias de una vida colmada”, Explicación preliminar, notas y epílogo por Armando Braun Menéndez, 1986, pag. 309)
Uno de los líderes del movimiento fue el gallego Antonio Soto Canalejo, quien después de los sucesos se estableció en Punta Arenas. Soto luego de una epopéyica huida se salvó de las balas. No corrieron la misma suerte otros dirigentes como el argentino Albino Argüelles, el “alemán” Schultz (proveniente de Punta Arenas), los chilotes Triviño, Descouvieres y Fariña o el gaucho entrerriano José Font, “Facón Grande”.
Font es, a nuestro juicio, el gran referente de los obreros, no siéndolo, pues era “carrero”, es decir, fletero particular de los carros de transporte de lana, pero solidarizó con los trabajadores. Fue fusilado por las tropas de Varela en la estación ferroviaria de Jaramillo (87 kms. al sur de Caleta Olivia) donde transcurridos los años le erigieron un monumento. Ahí el gaucho dirigió una columna integrada preferentemente por chilotes: “Y éste hará retroceder al glorioso 10 de Caballería con bandera azul y blanca y todo. Los hace recular a tiro limpio, los caga literalmente a balazos al teniente coronel Varela y a sus uniformados. Y por eso no podía haber perdón para el gauchazo “Facón Grande”. Varela no se lo podía perdonar. Que ese civilaco, por más criollo que fuera, hiciera disparar al ejército argentino no podía perdonarse nunca y menos dirigiendo a chilotes” (Bayer, op. cit. pag. 756).
Ya nos hemos referido a Bayer y a su obra “Los Vengadores de la Patagonia Trágica” (o “La Patagonia Rebelde”) una acuciosa y monumental investigación de los hechos. Si algún reproche nos cabe respecto de este historiador argentino, y lo planteamos con mucho respeto, es su trato y juicios descomedidos hacia los obreros chilotes en diversos pasajes de su trabajo, la cita del párrafo anterior, es sólo una muestra de ello.