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Correr a Cristo

La semana pasada fui invitado por Fernando Silva, presidente del Centro de Extensión Cultural del Senado al lanzamiento de un texto decidor. Yo admito mi admiración por los libros, de manera que trasladarme hasta allá fue más fácil que ponerle un supositorio a un bailarín de ballet.
[…]

Por Jorge Abasolo lunes 18 de abril del 2016

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La semana pasada fui invitado por Fernando Silva, presidente del Centro de Extensión Cultural del Senado al lanzamiento de un texto decidor. Yo admito mi admiración por los libros, de manera que trasladarme hasta allá fue más fácil que ponerle un supositorio a un bailarín de ballet.
En un país religioso a medias, donde todo es relativo es salutífero que se publique libros de este jaez. El texto se llama “Correr a Cristo” y para entrar tuve que correr a dos asistentes que más que atención lo que prestaban era molestia, pues me obstaculizaban la entrada al recinto.
El libro aludido hace referencia a la Fiesta de Cuasimodo en la Región Metropolitana, y su autor es mi amigo Juan Guillermo “Popeye” Prado, un periodista y escritor tan inquieto como enano con zancos nuevos.
Y ahí me enteré de muchas cosas. Por ejemplo, que la fiesta de Cuasimodo convoca a familias y comunidades que expresan su devoción religiosa, visitando a ancianos y enfermos para darles la comunión, algo de ánimo y -en ciertos casos- algo de comida.
Confieso que siempre me atrajo esta Fiesta religiosa, tan extraña a nuestras costumbres. El atuendo de Cuasimodo no cuaja con la indumentaria chilena religiosa. Es como encontrarse con un gitano en el sauna. Raro. El autor me explicó que esta costumbre arranca del Concilio de Trento, celebrado a mediados del siglo 16, donde se estableció la necesidad de comulgar por lo menos una vez al año. Esta norma se extendió por todo el mundo católico y fueron los primeros conquistadores de Chile los que la adentraron por estas terremoteadas tierras. Y así se llevó la comunión a los ancianos patulecos, que entre achaques, molestias y enfermedades, no les quedaba tiempo para asistir a la iglesia.
Una vez leído el libro, me convencí más del por qué esta fiesta religiosa ha calado en Chile con entusiasmo de operador político facturando a Soquimich.
Los “cuasimodistas” corren al lado de una carroza que lleva al sacerdote con el Santísimo Sacramento para las casas. Cuando la fiesta llegó a Chile, en razón de los innumerables asaltos que empezaron a ocurrir en Chile en contra de quienes llevaban las hostias en cálices y copones, los sacerdotes tuvieron que hacerse acompañar por huasos a caballo. Mientras los sacerdotes oraban con devoción ante los ancianos, los patos malos chilenos asaltaban “religiosamente”. En cierta ocasión, los malacatosos asaltaron la comitiva, se robaron las hostias, los cálices y hasta los copones. Como el botín era abultado…también se robaron el caballo.
¡Típicamente chileno!
Entrando en la modernidad, los caballos han sido sustituidos por bicicletas y hasta carretas
“Correr a Cristo” es un libro que se lee con devoción. No en vano es un libro religioso y que nos hace reflexionar en torno a la religiosidad incipiente del chileno medio.
En cuantas casas se mantienen Biblias que no se leen…o que sirven para equilibrar la clásica mesa coja del living.
No exagero si afirmo que el chileno mantiene la Biblia en una condición similar a la que mantiene a su señora esposa. Es decir, un poco abandonada pero siempre a la mano.
Cierto…no hace falta más cercanía con Dios…