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Crisis de confianza y esperanza

Por Marcos Buvinic domingo 3 de diciembre del 2017

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En la cercanía de las elecciones presidenciales, con una campaña en que ambos bandos se dan con todo, en una competencia de “ofertones” con tal de captar votos, crece el escepticismo de mucha gente que mira con desconfianza esta carrera por el poder. ¡Qué distinto sería si se compitiera por el honor de servir al pueblo de Chile!

No es ahora la ocasión de volver sobre las causas y las responsabilidades de los diversos grupos y líderes institucionales que han saboteado la confianza en ellos mismos y socavado la fe pública en las diversas instituciones de la sociedad. Pero, es preciso mirar -con preocupación- el ambiente de desconfianza que se ha apoderado de las relaciones entre las personas y entre las instituciones. Hay desconfianza en el trabajo, hay desconfianza en los líderes, hay desconfianza en los medios de comunicación… y así podríamos continuar. Con frecuencia se oye decir que “así como están las cosas, no puede confiar en nadie”. Tremenda afirmación, y muy delicada… Como consecuencia de esto, la gente tiende a encerrarse en su núcleo familiar y en pequeños círculos de amistades.

La verdad es que sin confianza la vida no puede florecer. Siempre se requiere un acto de confianza para relacionarnos, para crear vínculos y para salir del individualismo asfixiante que produce mucho sufrimiento. Podrían subir los índices de empleo y producción pero, sin confianza, no disfrutaríamos de la mejora. Podríamos tener los mejores indicadores en salud, educación, vivienda, etc…, pero sin confianza se volverían contra nosotros mismos haciéndonos una sociedad más egoísta. Y tal vez para subir esos indicadores, lo que se necesita -antes que nada- es confianza: en nosotros, en las posibilidades del país, en las capacidades de la gente, en la historia que laboriosamente hemos gestado, en los empresarios, en los agentes del estado y en las diversas instituciones de la sociedad.

En este contexto de desconfianza generalizada es que hoy los cristianos estamos celebrando el primer domingo de Adviento, un tiempo de espera esperanzada en preparación para celebrar la venida del Señor Jesús. Este tiempo trae en su corazón el más grande mensaje de confianza que haya escuchado el corazón humano, porque Dios, el único que tendría razones de sobra para desconfiar de esta humanidad de violencias y destructora de la casa común, de sinvergüenzuras y corrupciones, en vez de cerrar su corazón, lo abre de par en par.

Cada Navidad es un anuncio de que el Padre Dios confía en la humanidad y en cada uno de nosotros. En cada Navidad vuelve a ponerse en nuestras manos para que nosotros hagamos otro tanto: para que confiemos en El y aprendamos a confiar en otros seres humanos, como El lo hace. Y a pesar de que en Belén para El no había sitio en la posada, se busca el lugar más humilde para entrar decididamente en la historia de la humanidad.

Una manera significativa de vivir este tiempo de Adviento y preparar la celebración de Navidad, será -entonces- el trabajar por la confianza: tender puentes, crear vínculos, aprender a escuchar, ofrecer la mano abierta al vecino y al compañero de trabajo. Y para poder hacerlo desde lo mejor de cada uno, el Adviento nos invita a orar más y permitir que Dios haga el trabajo de seguir purificando nuestro corazón, pues a El sólo lo podemos acoger si aprendemos a confiar.

Quizás, en medio de la carrera por el poder o en medio de los múltiples afanes de fin de año, esto puede parecer irrelevante para algunos o una ingenuidad monumental para otros, pero… muchos creemos que es el único modo de trabajar en serio para evitar convertirnos en unos monstruos de egoísmo que vivimos a la defensiva, pensando que no se puede confiar en nadie. Sin confianza la vida no puede florecer.