Necrológicas
  • Luis "Luchito" Mansilla Cárcamo
  • María Mimica Brstilo vda. de Kunica

“Del amor y todo eso”

Es el título del reciente parto literario de Fernando Villegas, que escribe de todo y le encanta meterse en las patas de los caballos. Goza como enano con zancos nuevos cuando fisgonea en temas escabrosos o que no van con él. Una vez escribió acerca de la Felicidad y salió airoso. Esta vez escribe acerca del amor. Y trata el tema con rigor litúrgico y paciencia benedictina. Por su condición de alexitímico omite el amor romántico, que para él debe ser tan incómodo como sacarse los mocos con un guante de box.
[…]

Por Jorge Abasolo lunes 7 de diciembre del 2015

Compartir esta noticia
76
Visitas

Es el título del reciente parto literario de Fernando Villegas, que escribe de todo y le encanta meterse en las patas de los caballos. Goza como enano con zancos nuevos cuando fisgonea en temas escabrosos o que no van con él. Una vez escribió acerca de la Felicidad y salió airoso. Esta vez escribe acerca del amor. Y trata el tema con rigor litúrgico y paciencia benedictina. Por su condición de alexitímico omite el amor romántico, que para él debe ser tan incómodo como sacarse los mocos con un guante de box.
“Del amor y todo eso” (Editorial Penguin Random House, 247 páginas) no deja aliento al lector. Escrito a un ritmo trepidante, a ratos suspendí la lectura solo para reflexionar en torno a las apreciaciones categóricas del autor, siempre exageradas, frecuentemente tajantes, aunque las más de las veces sus espolonazos son lúcidos. He ahí la gracia del libro…y del autor.
La primera parte, destinada a la mitología griega, no sorprende mucho. Lo medular sobreviene cuando Villegas mete baza con sus juicios personales en torno a una Iglesia ultramontana y -en muchos temas- más pasada de moda que las polainas.
No escapa a la fértil imaginación del autor que la Iglesia ha mirado el sexo con reticencia, rechazo y algo de repugnancia…¿consecuencias de todo eso? Generaciones enteras acomplejadas y con más trancas que castillo medieval. Mi propio abuelo me contaba que era de los tiempos en que en la Noche de Bodas apagaban la luz hasta para sacarse la corbata.
Villegas sostiene que con la llegada de la cristiandad se produjo una jibarización de esa visión sicalíptica, aunque natural con que se miraba el sexo. Por mi parte, debo admitir que me cuesta creer que hasta el día de hoy -en un Instructivo que se les entrega a los seminaristas- se siga considerando la masturbación como un acto vergonzoso. Si Dios lo hubiese considerado como pecado, creo que nos habría hecho con los brazos más cortos.
Es en el capítulo de la Cristiandad y la Iglesia Católica donde Villegas despliega sus mejores argumentos. Yo no quiero echarle más leña a la hoguera (ya la Inquisición le echó demasiada) y sólo quiero enfatizar que la valía de las sugerencias de la Iglesia son de muy cercana data, pues su pasado es más negro que corpiño de gitana. Es cosa de recordar a Baronius, quien acuñó el término Pornocracia, para describir una etapa de la historia de la Iglesia Católica caracterizada por la influencia de prostitutas en las decisiones pontificas. Se inició el año 904, con la elección del Papa Sergio III, amante de Marozia, una conocida prostituta, y se extendió hasta el año 964.
En una época de crisis, en donde hasta muchos curas han logrado pringar a una institución noble como la Iglesia, queda la esperanza de que la unión con Dios (sin intercesores) aún no se ha extinguido, aunque también anda un poco patuleca. Esto explica que muchos chilenos tienen a sus esposas en el mismo pleno que a la religión: es decir, un poco abandonada, pero siempre a la mano.
Hay que leer este libro de Villegas. Acusa, fustiga y pone el dedo en la llaga. No siempre se estará de acuerdo con él, pero nos incita a buscar el contra argumento.