Necrológicas
  • María Cornelia Oyarzo Oyarzo
  • José Humberto Jara Poblete
  • Ana María España Giraldes
  • María Elena Barticevic Marinovic
  • María Elena Barticevic de Rodas

Dionisio Alejandro Seissus Alvarado

Por Carlos Contreras martes 20 de agosto del 2019

Compartir esta noticia
209
Visitas

Conocí a Dionisio en una época cercana al año 2003, pues mientras me desempeñaba como secretario regional ministerial de Justicia de Magallanes y Antártica Chilena se presentó como opción para asumir la dirección regional del Servicio de Registro Civil e Identificación en la región. Efectuadas las averiguaciones de rigor respecto de las características de los postulantes me formé, antes de conocerlo personalmente, la siguiente opinión: se trataba de un trabajador incansable, de fuertes convicciones políticas y consecuencia, pero era algo intransigentes y, por lo mismo de trato complejo cuando tomaba decisiones las cuales, de manera casi invariable, no modificaba, lo que me parecía complejo para un servicio tan especial como el que pretendía dirigir y más aún en el contexto en que su anterior director, don Rodrigo Mattioni Cárdenas, había dejado una vara alta desde la perspectiva humana, especialmente. De alguna y otra forma esperaba algún conflicto en lo humano.

Pero, al poco tiempo de asumir el cargo, conocí efectivamente al trabajador incansable, así como también conocí al ser humano que era una perfecta manifestación de años de scautismo y de una consecuente militancia en el Partido Demócrata Cristiano, una lealtad a toda prueba y una voluntad imbatible. Fue tan destacada su dedicación y disposición al cargo que, al poco tiempo, lo designé primer subrogante en el cargo de seremi.

Con los años cultivamos una amistad sin apellidos y conocí a sus hijos y a la mujer con la cual vivió sus últimos años y con la cual dieron vida a Ismael, su último retoño. Las conversaciones acerca de la política, en su sentido más ideológico y benefactor, eran recurrentes, la práctica de la fraternidad y de la honestidad brutal, como la denominados, nos permitió constatar que la amistad no implica la existencia de un encuentro cotidiano o una llamada diaria, sino que la pertinencia en el tiempo que a cada uno le toca, entrometerse en la vida de otro.

Unos antiguos amigos siempre bromeaban en las despedidas de este mundo que “no existe muerto malo”, comentario que alguna vez hicimos con Seissus, y por lo mismo, después de su partida no puedo decir que todo en él era bueno, pues su carácter e intransigencia siempre fueron destacadas en él, sin perjuicio que en los últimos años la práctica de la tolerancia y del estudio, posibilitaron una disminución de sus ímpetus, pero no de sus convicciones.

Cuesta despedir a un amigo, pero también cuesta ofrendarle un homenaje adecuado y por ello, con todas sus taras y cargas puedo decir que nos deja un hombre trabajador, solidario, culto, amistoso y fraterno, un hermano incondicional, pero por sobre todo nos ha dejado un efectivo y sincero servidor público de aquellos que, cada vez con mayor frecuencia lloramos por su ausencia y tengo la firme convicción que, si sus hijos y alguna parte de aquellos que trabajaron con él, son capaces de tomar parcialmente su ejemplo, aún tenemos esperanza de una mejor sociedad.