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¿Dónde está Dios en el coronavirus?

Por Marcos Buvinic domingo 22 de marzo del 2020

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En la columna del domingo pasado me refería a la experiencia de fragilidad y a la dificultad para asumirla. El coronavirus es una verificación mundial de la fragilidad humana y de todo lo que el ser humano construye, y una muestra patente que nuestra sociedad y cultura no saben qué hacer con la fragilidad.

Voy a intentar recoger algunas preguntas que muchos se hacen ante la experiencia de fragilidad que es el coronavirus, el cual avanza sin piedad por todo el planeta. Algunos se preguntan qué tiene que ver Dios con esta crisis sanitaria mundial, otros se interrogan cómo es posible que Dios -si es que existe y si es bueno- no evite estos males a la humanidad, y no faltan los que piensan que esto es un castigo divino ante la multitud de pecados humanos.

La fe cristiana comprende -desde la Biblia- que el Dios creador es la fuente de todo lo bueno, y que la creación está sujeta a sus propias leyes, las que la ciencia debe descubrir y conocer para que todo el universo se despliegue en armonía con el desarrollo humano. Esto es lo que señala la Biblia en el lenguaje simbólico del relato de la creación, al decir que “Dios puso al ser humano en el jardín del Edén para que lo trabajase y lo cuidase” (Gén 2, 15). Es tarea del ser humano trabajar la tierra y cuidarla, conocerla y protegerla, no usar de ella y destruirla.

Hemos sido creados dotados de razón y libres, así somos responsables de nosotros mismos y de nuestras acciones; no somos unos títeres en las manos de Dios, sino que somos los que construimos nuestra vida o la destruimos; podemos ser servidores de la vida -de la vida de cada uno, de la vida de los demás, y de toda la naturaleza- o mercaderes de destrucción.

La crisis planetaria del coronavirus es una lección de humildad que nos pone ante nuestra fragilidad, ante la realidad de que el ser humano ni el dinero son omnipotentes, que la ciencia no logra explicar todos los problemas humanos ni la tecnología consigue solucionarlos; pero también nos pone la pregunta por nuestra responsabilidad, es decir, qué hemos hecho con la tierra, de qué modo hemos construido las relaciones entre los seres humanos y de qué manera somos responsables -o no lo somos- unos de otros. 

De esta manera, y aunque parezca obvio decirlo, no se puede pensar que el coronavirus es un castigo de Dios; eso sería no conocer quién es Dios y cómo actúa, y sería una blasfemia, un insulto a Dios. No se puede hacer a Dios responsable de lo que es nuestra responsabilidad, de nuestra manera de actuar, de la insuficiencia de nuestro conocimiento científico, de nuestros modos de relacionarnos.

Para los creyentes es importante vivir estos acontecimientos a la luz de la fe, en la cual el poder de Dios puede sacar el bien allí donde el ser humano ha puesto el mal, como lo ha hecho en la resurrección de Jesús, vencedor de la muerte y Señor del universo. Así, en la experiencia de la fragilidad y del temor que puede sobrevenirnos, escuchamos la clara palabra del Señor Jesús a los aterrorizados discípulos en medio de la tempestad: “Animo, no tengan miedo” (Mc 6, 50).

En este tiempo tormentoso -como en todo tiempo- estamos en las manos de Dios, y nos resulta natural volvernos a El en la oración con nuestra precariedad, y buscar luz y fortaleza. Pero los creyentes no buscamos intervenciones milagrosas que reemplacen la falta de razones humanas y nos dispensen de la responsabilidad y tareas humanas; por eso es importante desenmascarar los rituales mágicos y “cadenas de oración” que buscan milagros y que sólo expresan el miedo de los que no toman en serio las tareas que el Señor nos ha dejado, como son las investigaciones de los científicos, las responsables medidas que tomen los gobiernos y las autoridades sanitarias, el autocuidado y el cuidado solidario de los más vulnerables, el trabajo serio e infatigable del personal de la salud, el comportamiento cívico y solidario de todos los ciudadanos, y la oración confiada de los creyentes que reconocen al Señor presente en los que sufren y piden luz y fortaleza para enfrentar los problemas.   

Lo que hasta ahora está muy claro -aunque no todos parecen verlo- es que al coronavirus lo mata la solidaridad, y también en esa solidaridad podemos encontrar el camino de salida para las otras crisis -social y económica- que vivimos. La crisis del coronavirus puede ser una ocasión preciosa para romper los muros de nuestro egoísmo y superficialidad y entrar en el aprendizaje y práctica de la solidaridad.