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El corazón roto

Por Marcos Buvinic domingo 19 de mayo del 2019

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Aunque ya es un lugar común referirse al tema de la corrupción que nos rodea por todos lados, quisiera retomar el tema precisamente por su gravedad y extensión. Es la corrupción que sigue apareciendo en todos los niveles y ámbitos de la sociedad, aún en los espacios que imaginábamos libres de este virus maldito que al sembrar la desconfianza generalizada destruye nuestra convivencia.

En Chile presumíamos de ser un país no corrupto y alardeábamos de ser un espejo de ética pública; ahora esa jactancia ha dejado lugar a la vergüenza, a la indignación y -en muchos casos- a una resignada y peligrosa indiferencia: resignada, porque se desconfía que haya solución, y peligrosa porque propaga el virus maldito de la corrupción: “por qué no, si todos los hacen”, piensan no pocos.

En los años que ejercí como profesor, invitaba a los estudiantes a mirar con atención las palabras, pues ellas -en muchos casos- nos dicen lo que significan, y eso puede ayudarnos ahora para comprender un poco mejor el drama de la corrupción. Fíjese, estimado lector, que la palabra “corrupto” viene del latín “corruptus” que significa “corazón roto” (cor = corazón; ruptus = roto), indicando así una distorsión que desgarra a la persona y que lesiona la totalidad de la vida.

Acerca de este “corazón roto”, la teología cristiana ha reflexionado largamente y ve la decadente situación actual como consecuencia de una ruptura fundamental que ha dañado hondamente al ser humano y su vida con otros. Es lo que hacía decir al filósofo Kant que “el ser humano es un leño tan torcido que no se pueden sacar de él tablones rectos”, y que en el lenguaje cristiano se ha llamado el “pecado original”. Suena extraño a los oídos de nuestra cultura eso de “pecado original”, pero hay que comprender bien la expresión, pues en ella hay una verdad que es importante para nuestro presente.

La expresión “pecado original” no está en la Biblia, sino que la inventó el teólogo san Agustín, en el siglo V, y no pretendía hablar del pasado o de los orígenes de la humanidad, sino de la situación actual del ser humano, cuya existencia está distorsionada en lo más hondo, en los orígenes de su propio ser (por eso, “original”). Es decir, el ser humano -desde que existe- está herido en lo más hondo de su persona, y estando lleno de cualidades y virtudes, también tiene “el corazón roto” (cor-ruptus) y arrastra esa herida haciéndose daño a sí mismo y a otros.

Así es la experiencia que hace cada uno: somos capaces de los mayores amores y de los más grandes odios o indiferencias, podemos ser creadores de belleza sublime o de horrores sin nombre; es la experiencia que hacía decir al apóstol Pablo: “realmente, mi proceder no lo comprendo, pues no hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero” (Rom 7, 15). En una palabra, no hay ser humano impecable, todos tenemos el corazón roto, somos corruptos, podemos ser corruptibles y corruptores. La fe cristiana cree y proclama que es Cristo quien puede liberarnos de esta situación de corrupción universal; es la presencia de Dios la que sana la herida del corazón roto.

Pero es preciso ver con claridad cómo actúa esa herida del corazón y extiende su daño: es a través del poder que nos da la engañosa sensación de “estar bien”, de ser cada uno la medida de lo bueno o de lo malo; en síntesis, de ser un “pequeño dios” y ser impecable. El poder se hace concreto en el dinero que permite comprarlo todo, aún las conciencias de quienes pretendían ser impecables… El corrupto, el que elige vivir con el corazón roto es quien se ha creído el cuento de que el poder y del dinero le permitirían “estar bien” y vivir en una aparente impecabilidad, por encima de todo y de todos. No hay que sorprenderse que el fenómeno social de corrupción que estamos viviendo en nuestro país sea un problema de dinero -y siempre más dinero- que pretende comprarlo todo.

Así, la solución del drama del corazón roto y su estela de daño y dolor en la sociedad se juega en las opciones más profundas de cada persona: los cristianos creemos que se juega en la acogida del don de Dios en la propia vida. Esas opciones hay que formarlas (pero eso es otro tema que daría para mucho). Pero, también, la sociedad tiene que desenmascarar al corrupto y ponerlo ante su propia malicia, y hacerle tomar conciencia -por todos los medios de la ley y sanciones penales- del daño que ha hecho a la convivencia de las personas y al conjunto de la sociedad.