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El incendio de una Iglesia

Por Juan Francisco Miranda jueves 18 de abril del 2019

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Conmoción mundial ha causado el incendio de la catedral Notre Dame en París, pues es uno de los edificios icónicos desde el comienzo de su construcción en el año 1163 hasta nuestros días. Es un símbolo de una forma de ver el mundo durante siglos, y parte de la historia universal pasó entre sus muros, o a su alrededor. Había sobrevivido revoluciones, dos guerras mundiales, y otras tantas revueltas. Pero fue durante los inicios de su restauración, mientras afirmaban andamios y sacaban esculturas, que, según los medios franceses, una chispa de galletera o de un equipo soldador da origen al fuego que rápidamente fue propagándose entre cerchas y estructuras del techo hechas con madera impregnada de aceites.

Sin duda que es un ícono, que albergaba reliquias invaluables para la cristiandad como la corona de espinas de Jesucristo, y otras posteriores. Para los arquitectos e ingenieros es una estructura imperdible si se tiene la posibilidad de visitar París. Pocos pueden desconocer que se trata de una maravilla patrimonial de la humanidad, pues se demoraron casi 200 años en construirla, y durante cientos de años ha sido un atractivo religioso y turístico de Francia.

Pero lo cierto es que, la conmoción en Francia ha generado un compromiso de dicha nación de reconstruirla en un plazo de 5 años, y para eso han surgido donativos millonarios que le dan sustentabilidad a dicho compromiso, pues se trata simplemente de materiales y de restauración de obras de arte, para lo cual sólo bastan recursos económicos.

Sin embargo, en plena Semana Santa, es interesante la reflexión de un cura joven como Nemo Castelli Sj, a quien conocí en trabajos voluntarios universitarios, cuando publica respecto del incendio de Notre Dame “…puede representar un tipo de Iglesia que tiene que terminar de quemarse y morir, esa Iglesia más parecida a un museo, insignificante para la vida cotidiana de las personas, que cuida la institución antes que la justicia del Reino, y cuyas normas y estilo terminan alejando a la juventud de Dios”.

Es cierto que una iglesia debe morir y quemarse, y debe venir otra nueva, quizás más sencilla y simple, que no pierda su esencia, la de estar al servicio del pueblo de Dios. Porque esa iglesia que escondía delincuentes, abusadores, y pedófilos nunca ha representado el verbo de Cristo, que vino a estar con los perseguidos y no con los represores. Ya no queda más espacio para pontificados ni sermones alejados del ser humano, y que no se reflejen en un testimonio de vida. No hay espacio para dudas ni testimonios falsos.

Quizás es tiempo de mirar más al suelo y menos al cielo, y es tiempo de repensar las estructuras de aquellas antiguas catedrales que hacen o hacían sentirse diminuto ante un edificio y frente al “representante de Dios”. Quizás es tiempo de volver a una iglesia más primitiva y menos majestuosa, pues para encontrarse con Dios no se necesitan estructuras tan altas y complejas, ya que se puede sentir al creador en cada lugar y en cualquier tiempo, ya que el propio Jesús de Nazaret lo dijo “El Reino de Dios está en vosotros”. (Lucas 17, 21),

Me hace sentido pensar en una reconstrucción o en la construcción de una iglesia, para lo cual se necesitan albañiles y obreros como los curas Puga, Aldunate, Berríos y tantos otros más desconocidos pero no menos importantes, que han sobrevivido ante la persecución de obispos como Ezzati, Errázuriz o Sodano, y que cuya sobrevivencia la han hecho con quienes más necesitan y viven en la palabra de Cristo.

Yo no sé si esta nueva iglesia se pueda hacer en 5 años, pero sí sé que hay una que tiene que terminar de quemarse y morir.