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El juego es parte de la vida

Por Marcos Buvinic domingo 8 de julio del 2018

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Estos días que muchos estamos viendo los partidos del Mundial de Fútbol que se desarrolla en Rusia es una buena ocasión para que volvamos a darnos cuenta que el juego y el deporte son parte de la vida, y lo son tanto que apasionan a las personas de todos los países y culturas del planeta.

Más allá de los gustos personales, de que a alguien le guste o no el deporte -lo cual es, ciertamente, legítimo-, hay personas a las que les parece irresponsable e inconcebible que el deporte y el juego apasionen a multitudes y ocupen un lugar tan significativo de frente a los dramas cotidianos. De esta manera, todavía hay personas que tienden a despreciar el deporte y el juego considerándolos algo poco serio o alienante.

En realidad, cualquier aspecto de la vida puede ser tratado de manera “poco seria” o puede ser vivido de un modo alienante. Pero detengámonos un poco a ver qué significan el deporte y el juego en la vida humana.

Resulta que la actividad deportiva -aún la de competición- no hace otra cosa que expresar el universal impulso a jugar como experiencia de libertad, porque el juego no puede ser obligado; como experiencia de apertura, porque el juego va más allá de las luchas de cada día; y como experiencia de gratuidad, porque el juego y el deporte están más allá de la satisfacción de necesidades inmediatas.

La capacidad de jugar y divertirse es un componente de la vida humana y un aspecto esencial del equilibrio síquico y espiritual, al tiempo que forja y fortalece los lazos afectivos entre las personas: no hay más que mirarle la cara de felicidad a un niño luego que su papá estuvo jugando un rato con él, o mirar la tristeza permanente del niño o del adulto que llevan una vida aburrida. Las personas que -de algún modo- no juegan o desprecian el juego, son personas peligrosas para la sociedad, pues terminan -o empiezan- por “jugar” con las personas, y eso sí que es algo muy serio y lamentable.

Bien sabemos todos que el deporte y el juego -como cualquier actividad humana- son precarios y pueden ser distorsionados en su sentido, bien sabemos el caudal de violencia que pueden desatar, conocemos los manejos económicos turbios y el uso de estimulantes que pueden acarrear. Pero, con todas sus distorsiones posibles o reales, el deporte y el juego no son más alienantes de lo que pueden ser otros ámbitos de la vida humana. Todo depende de que lo vivamos con sentido recreativo y sin pedirle más de aquello que nos puede dar: recreación, capacidad de estar juntos, diversión compartida.

Ciertamente, la vida no es un juego, pero el juego sí hace parte de la vida. La vida no es sólo tragedia, también es comedia; no es sólo drama, también es alegría con otros. Todo se nos va dando simultáneamente, de manera que no vivamos ni en el pesimismo sombrío ni en la entretención irresponsable.

Por eso que en medio de tantas situaciones difíciles y complejas de la vida de cada persona y de nuestro mundo es necesario abrirse al goce estético del deporte, a la vinculación con otros en el juego, al asombro ante la combinación de habilidad y fortuna, abrirse a la diversión compartida; el Mundial de Fútbol que estamos viendo en estos días nos da una oportunidad de ello.