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El sueño en cuarentena

Por Abraham Santibáñez sábado 16 de septiembre del 2017
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El 28 de agosto de 1963, en un momento culminante de la lucha contra la segregación racial, Martin Luther King pronunció un conmovedor discurso a los pies del monumento a Lincoln, en la capital norteamericana. Inmortalizó sus esperanzas con una frase reiterada: “Tengo un sueño” (I have a dream).
Lo repitió como un estribillo hasta el final:
“Cuando dejemos resonar la libertad, cuando la dejemos resonar desde cada pueblo y cada caserío, desde cada estado y cada ciudad, seremos capaces de apresurar la llegada de ese día en que todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, serán capaces de unir sus manos y cantar las palabras de un viejo espiritual negro: ‘¡Por fin somos libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso, ¡por fin somos libres!’”.
Desde entonces, el sueño de Luther King se ha convertido en un símbolo de los oprimidos. Aunque no hay una versión oficial es posible que esa sea la explicación de por qué la ley de protección a los jóvenes inmigrantes ilegales fue bautizada como “Dream Act” (siglas en inglés de: Development, Relief and Education for Alien Minors). Luego que el proyecto fracasara en el Congreso, una “orden ejecutiva” del Presidente Barack Obama resolvió la situación. Pero su inconveniente es que, es relativamente fácil de derogar. Y en eso está empeñado Donald Trump.
Esta iniciativa ha permitido que los jóvenes ingresados ilegalmente a Estados Unidos con sus padres, disfruten de ciertos beneficios legales, incluso como se ha destacado, pagan impuestos por las remuneraciones percibidas. Son más de 750 mil personas que, aunque no nacieron en territorio norteamericano, se han integrado plenamente a su sociedad. Es, por lo demás, la historia de millones de inmigrantes a lo largo del tiempo que no nacieron en Estados Unidos pero que se han compenetrado por completo de sus anhelos, aspiraciones y modos de vida nacionales.
El empeño nunca fue fácil. Ante el temor de que se les identificara con el enemigo en la primera y la segunda guerras mundiales, muchos inmigrantes alemanes se cambiaron el nombre. Así, Fred Trumpf se convirtió en Fred Trump, abuelo de Donald Trump. Ha sido una historia de éxito familiar. El abuelo hizo buenos negocios en Alaska a fines del siglo XIX y el padre generó una fortuna en el negocio inmobiliario en el siglo XX. Pero el hijo, que los superó por la magnitud de su fortuna, adoptó paradojalmente una política antiinmigrantes y de defensa de los intereses “americanos”. Según esa visión, el peor peligro son los inmigrantes indocumentados llegados de México y Centroamérica. Contra ellos anunció la construcción de un muro en la frontera sur y decidió poner fin al programa de los “dreamers”.
Como en los meses que lleva en la Casa Blanca aprendió que efectivamente “otra cosa es con guitarra”, le ha costado concretar el anuncio. Pero, fiel a su avasalladora personalidad, no ha reparado en medios. Hace unos días no vaciló en invitar a la oposición para negociar en la Casa Blanca. Después, sin embargo, desmintió cualquier acuerdo.
Es una vez más la aplicación de su política de la “posverdad”. Una política en la cual no hay espacio para los soñadores ni se pueden unir sus manos “todos los hijos de Dios”.