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En un concierto

Por Jorge Abasolo lunes 28 de noviembre del 2016
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A decir verdad yo soy pésimo melómano. Es decir, de música clásica entiendo tanto como el Partido Comunista cuando de democracia se habla.
Lo poco que sé es herencia de mis padres. De ellos aprendí que nadie como Bach para el orden musical; Mozart es insuperable en melodía; Beethoven es el monarca de los contrastes y nadie supera a Rossini en lo que a alegría se refiere.
A ello puedo agregar que Chopin es el rey del romance; y que en destreza nadie supera a Debussy.
Ninguno en mi familia heredó talentos musicales. Tal vez mi primo Guillermo fue el único que se atrevió a estudiar música y hasta asistió al Conservatorio.
Luego de su primera clase recuerdo que le contó orondo a mis tíos (sus padres) que había estado tocando dos horas en el Conservatorio. Luego de felicitarlo efusivamente, mi tío Lucho le preguntó:
– ¿Y qué hiciste después?
Mi primo, enarcando una ceja admitió con humildad:
– Después me vine porque nadie me salió a abrir.
Digo esto luego de asistir al Concierto de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Mayor, en el Teatro Municipal de Las Condes.
El invitado de honor fue Vilmos Szabadi, violinista húngaro considerado uno de los mejores del mundo. Verlo es un espectáculo. Se tutea con el violín. Es un virtuoso y cuando se le oye, se emociona hasta el que no cacha una de música de alto vuelo. Como para pensar que el arte no tiene nada de elítico. Es cosa de sensibilidad, virtud que está bastante bien distribuida, gracias a Dios.
Yo fui invitado por mi amigo Antonio Horvath, que es de ancestros húngaros, de modo que no fue difícil conversar algo con el eximio violinista, que tuvo que volver tres veces al escenario. En realidad, cuatro, pues se le quedó el violín al lado de los timbales. La emoción lo embargaba al pobre.
El director de orquesta fue un ruso muy joven que aprovechó una salida de su país para pedir asilo. Se quedó en Chile…y no está para nada arrepentido. Se llama Alexander Shitikov, y luego de lucirse en  las principales ciudades de Japón optó por no volver más a la tierra de los cosacos.
Shitikov es joven, tiene cara de empleado bancario  y su pasión por la batuta le hace moverse más que un orgasmo. En sí mismo es también un espectáculo.
El evento era como estar en Europa. De hecho, comenzó a la hora estipulada, cosa que en Chile es tan difícil como hacer gárgaras con alquitrán.
Seis danzas folclóricas rumanas me llevaron a un estado de éxtasis, y hasta me olvidé de las deudas, del Transantiago, del calor y del gobierno que tenemos y sobrellevamos.
Como mucho, ¿no?
Debo terminar mi columna y no puedo dar detalles de un espectáculo de fuste.
¿Qué más puedo decirles?
¡Ah…! Que en mi familia ha habido serios intentos  por destacar en la música clásica, pero todos han sido infructuosos.
Mi prima Chelita, por ejemplo, quería ser soprano.
Lamentablemente, nunca pudo dar el DO de pecho.
Cosa curiosa, porque lo más bien que daba el SI de espaldas.
Hasta la próxima…