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Entrevista cuestionada

Era inevitable: la entrevista a Joaquín (“El Chapo”) Guzmán, firmada por el actor Sean Penn y publicada en la revista The Rolling Stone provocó desde el primer momento un intenso debate. ¿Es ético darle tribuna a un prófugo de la justicia, condenado por el tráfico de drogas y por haber ordenado la muerte de decenas de personas? ¿Qué responsabilidad tiene el medio que publica el reportaje a pesar de que su autor no hace contrapreguntas frente a afirmaciones discutibles? ¿Es admisible darle al entrevistado el derecho a revisar, corregir y eventualmente cambiar sus declaraciones? Peor aún, ¿es aceptable que de las preguntas que se enviaron previamente el entrevistado haga una selección a su gusto?
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Por Abraham Santibáñez sábado 16 de enero del 2016

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Era inevitable: la entrevista a Joaquín (“El Chapo”) Guzmán, firmada por el actor Sean Penn y publicada en la revista The Rolling Stone provocó desde el primer momento un intenso debate. ¿Es ético darle tribuna a un prófugo de la justicia, condenado por el tráfico de drogas y por haber ordenado la muerte de decenas de personas? ¿Qué responsabilidad tiene el medio que publica el reportaje a pesar de que su autor no hace contrapreguntas frente a afirmaciones discutibles? ¿Es admisible darle al entrevistado el derecho a revisar, corregir y eventualmente cambiar sus declaraciones? Peor aún, ¿es aceptable que de las preguntas que se enviaron previamente el entrevistado haga una selección a su gusto?
El caso será seguramente motivo de análisis en los cursos de ética periodística en Chile. Hace años que se adoptó aquí la metodología del análisis de casos. Ello consiste en poner al estudiante frente a una situación similar a cualquiera de las que encontrará en su ejercicio profesional. De este modo se enfrentará directamente situaciones reales. Lo que se vivió, por ejemplo, en la cobertura del caso Spiniak, ha servido hasta hoy para saber cómo hacerlo bien… o no. Y hay varios casos emblemáticos, como la información de las manifestaciones estudiantiles, o los reportajes de denuncia insuficientemente documentados. No hace mucho, la televisión ha revisado sus propios archivos y ha reconocido ante la audiencia la información manipulada que entregó en tiempos de dictadura.
A propósito del caso de la entrevista al Chapo se ha recordado lo ocurrido en junio de 2009 cuando una actriz entrevistó en la cárcel a Pilar Pérez, responsable moral del asesinato del economista Diego Schmidt-Hebbel. Un adelanto de 20 minutos bastó para desatar la molestia de los padres del joven. “Presentar la versión falsa e interesada de una persona imputada de una larga serie de asesinatos, sin cuestionar su versión, y mostrarla como inocente “víctima”…  constituye un periodismo de muy bajo nivel profesional y moral”, plantearon en carta a El Mercurio. Como resultado, la entrevista completa nunca se dio a conocer.
La misma objeción se podría aplicar ahora. Joaquín Guzmán aparece como una víctima de las circunstancias (“la pobreza”); asegura que el narcotráfico fue la única manera de poder comprar comida; dice que la suya es una familia “muy normal”; niega cualquier culpa (“el día en que yo no exista, nada va a cambiar”); proclama su inocencia porque “nunca ha desatado la violencia”; no tiene interés en cambiar al mundo porque “soy feliz tal como es”, y respecto de su fuga “todo lo que hice fue pedirle ayuda a Dios y las cosas funcionaron”.
Conclusión: “Todo fue perfecto. Estoy aquí, gracias a Dios”.