Necrológicas
  • José Cárcamo Galindo

¡Envíanos líderes, Señor!

Por Marcos Buvinic domingo 1 de diciembre del 2019

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En medio de los tiempos confusos y complejos que vivimos, entre los cristianos hay muchos que dicen “ya no basta con rezar” -haciéndose eco del título de una película chilena de los años ’70-, y tienen toda la razón, pues para la fe cristiana nunca ha bastado con rezar, sino que se trata de “hacer la voluntad del Padre”. El mismo Señor Jesús se lo dejó en claro a quienes presumían de ser cercanos a Él, diciéndoles: “no todo el me que diga ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo” (Mt 7,21). Así que no basta con rezar, pero -ciertamente- para conocer y acoger la voluntad del Padre es preciso orar.

Quise comenzar esta columna con esta referencia al sentido de la oración, porque quiero invitar a la oración para conocer y acoger la voluntad del Padre en nuestras vidas, en esta hora que vivimos como país.

En medio de la crisis faltan líderes, y sobre todo faltan líderes creíbles. Esos líderes que son creíbles por su integridad personal, y comprometidos con una misión son capaces de aunar voluntades y comunicarles una mística de acción. Esos líderes no se improvisan, porque el liderazgo se sostiene en la coherencia con las convicciones, y las convicciones tampoco se improvisan. Los cristianos tenemos que pedir al Señor que suscite los líderes que puedan aunar voluntades y conducir a nuestro pueblo hacia los caminos de justicia y paz que tanto necesitamos.

Para motivar a esta oración les comparto la que hace unos días me envío, desde otra ciudad, un amigo y hermano que es testigo de Jesús en medio de los pobres y de los encarcelados, y de quien me reservo su nombre para no herir su modestia.

“Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y desorientados como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: la cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen por tanto al Dueño de la cosecha que envíe obreros a recogerla” (Mt 9,36-38).

Señor, Tú eres un experto en escuchar y atender el clamor de un pueblo maltratado y humillado. Escucha los gritos y las consignas de las miles y miles de personas, especialmente jóvenes, que han marchado por las grandes alamedas de sus ciudades. Tu aguda mirada compasiva seguramente ha visto sus demandas expresadas en los lienzos y carteles que llevaban, y como en muchas partes han sido duramente reprimidos por fuerzas especiales (cf. Éxodo 3,9).

Envíanos líderes que sepan interpretar y encausar este profundo descontento y organizar al pueblo tan disperso hasta lograr los cambios que necesitamos, hasta convencer a los mayores responsables de tantas injusticias que por encima de sus intereses egoístas está el bienestar de todos los chilenos y chilenas.

Tú que saliste a buscar en el desierto a Moisés para reunir a los hebreos y hablara con el faraón, y lograra su salida de Egipto. Tú posteriormente designaste a Josué y a tantos jefes carismáticos o jueces, profetas y reyes que lucharon para que el pueblo no volviera a ser presa de idolatrías y opresión. Tú que nos enviaste a tu propio Hijo  como el Pastor por excelencia, Salvador definitivo y Formador incomparable de pescadores hasta que  fueran Pescadores de hombres y  generadores de comunidades de Vida Nueva -gracias al Espíritu iluminador- en medio de un imperio aplastador.

Envíanos hoy también líderes de la talla de un Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Clotario Blest o Nelson Mandela… quienes confiaban plenamente en la fuerza de un pueblo organizado y de la solidez y veracidad de la causa por la cual lucharon. Líderes que avalaban su proyecto de sociedad con una vida austera y sacrificada, alimentando su espíritu con la oración/meditación y con una incansable y constante comunicación con la gente. Encabezaban multitudinarias marchas y concentraciones que irradiaban la dignidad y la belleza humana de los pobres, de los parias, los negros, los trabajadores del campo y de la ciudad y que proclamaban con fuerza la convincente verdad de sus reclamos sin armas ni violencias.

Envíanos, Señor, esos dirigentes que -como dijo uno de ellos, el gran Clotario Blest estén “guiados en todos los momentos de su vida por grandes sentimientos de amor, sin distinción de personas o instituciones, y capaces de pagar su cuota de sacrificio, aún el de la propia vida”. Envíanos esos líderes, Señor.