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Extorsionados por el “modelo”

En 1980, después del “plebiscito”, el ex diputado Claudio Orrego Vicuña, buen amigo nuestro, irrumpió indignado en la redacción de la Revista Hoy: “Me siento, dijo, como deben sentirse las mujeres cuando han sido violadas”.
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Por Abraham Santibáñez lunes 9 de noviembre del 2015

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En 1980, después del “plebiscito”, el ex diputado Claudio Orrego Vicuña, buen amigo nuestro, irrumpió indignado en la redacción de la Revista Hoy: “Me siento, dijo, como deben sentirse las mujeres cuando han sido violadas”.
Hoy día son muchos los chilenos que podemos compartir esa sensación. Después de un cuarto de siglo de democracia, hemos descubierto que los defensores a ultranza del modelo nos han violado sistemáticamente. Es imposible calcular los excesos que hemos debido pagar en todas las facetas de nuestra existencia, desde el sobreprecio de los pollos a los remedios y el papel higiénico.
En todo este tiempo se nos dijo que el modelo, defendido celosamente por empresarios, numerosos políticos y dirigentes sociales, debía cuidarse.
Ahora sabemos que el modelo instalado en los altares de la sociedad de consumo, está profundamente corroído. Quienes nos pedían que lo cuidáramos, lo estaban matando desde dentro. Me refiero a los dueños del gran capital: la papelera, las empresas avícolas, los productores de cerdos, los depredadores del medio ambiente, las cadenas farmacéuticas, Penta, Soquimich, la Polar… y no sabemos cuántos más.
Lo más grave fue que con sus ganancias ilícitas compraron el favor de políticos que necesitaban dinero para sus campañas y vendieron su alma y su voto a la hora de legislar.
No solo eso. Con el pretexto de que había que proteger el modelo, las grandes empresas no quisieron correr riesgos con la opinión pública y se negaron a financiar con publicidad a los medios que no les eran incondicionales. Adicionalmente, en una alianza que debe dolernos a todos, sumaron a sus intereses económicos la defensa de la moral y las buenas costumbres… aunque no querían ver o no les importaban las malas costumbres de algunos de sus guías espirituales.
Hay quienes, de buena fe y mucha ingenuidad, creímos que valía la pena mantener el modelo aunque nos decepcionara. Nos animaba, por lo menos en mi caso, el convencimiento de que los controles y la supervisión de la autoridad, evitarían los excesos del “capitalismo salvaje”, expresión que últimamente ha rescatado el Papa Francisco.
Ingenuos o no, voluntariamente o no, los periodistas hemos ayudado en gran medida a mantener esta situación. Pero es evidente que no somos los culpables principales.
No lo somos, aunque en nuestro papel de informadores y de amplificadores de las noticias y los comentarios, hemos contribuido a perpetuar una situación que recién ahora estamos empezando a percibir en toda su trágica magnitud.