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Franco en la polémica

Por Abraham Santibáñez sábado 8 de junio del 2019

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Hace dos meses, el 1 de abril, se cumplieron 80 años desde el final formal de la Guerra Civil Española. Es evidente, sin embargo, que aún no se ha impuesto la paz. Este lunes 10 de junio, dos años después de la aprobación en el Congreso de los Diputados de una propuesta -no una ley- se debían retirar los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos. Están allí desde su muerte en 1975, en el gigantesco mausoleo constituido por una basílica católica y un convento, a diez kilómetros de El Escorial. Fue construido entre 1940 y 1958.

En la votación no hubo rechazos, pero hasta ahora no ha podido concretarse. Todo se ha complicado porque los siete nietos de Franco que representan los intereses de la familia, se han atrincherado en la oposición al traslado, según dicen, “porque se han sentido perseguidos y maltratados y no están dispuestos a que se juegue con el cadáver de su abuelo”.

Cuando empezó la construcción, no trascendió el deseo de Franco de que fuera su sepultura. Se lo presentó como un monumento para rendir honores a los caídos en la “gloriosa cruzada”, el calificativo franquista del levantamiento contra la República. En 1957, siempre bajo la dictadura franquista, se pretendió hacer un esfuerzo por morigerar el significado. Por decreto se estableció que sería un monumento a “todos” los caídos.

Pero, hasta ahora, para la mayoría de los españoles sigue siendo el símbolo del franquismo. Por ello, la semana pasada, cuando una sala del Tribunal Supremo de España suspendió la exhumación de los restos de Franco, se desataron una vez más las protestas.

La asociación española Jueces para la Democracia recordó que el Valle de los Caídos es “una obra ejecutada por presos políticos mediante trabajos forzados, que se ha convertido en el monumento de exaltación del dictador y de la dictadura”. Se han conocido detalles macabros, como que centenares de muertos quedaron irremediablemente incrustados en el hormigón. Por eso, dice Jueces para la Democracia, la exhumación de los restos mortales del dictador “es una forma de reparación moral y simbólica, para poner fin a la obligada convivencia del máximo perpetrador y de sus víctimas en un lugar religioso”.

Sorprende, sin duda, que a más de 40 años de su muerte, Franco siga generando tan ácidas polémicas. La transición española ya terminó y la democracia esta consolidada. Pero hay quienes, igual que sus nietos, se sienten perseguidos y maltratados.

Olvidan que, cuando terminó la Guerra Civil, habían muerto miles de españoles. José María Gironella hizo un cálculo distinto: habló de “un millón de muertos” porque, además de cada víctima, también murió quien lo mató.

Franco, por cierto, no tenía cargos en su conciencia y estaba convencido de que había logrado sus propósitos unitarios. Según contó hace poco Juan Carlos, el rey emérito, “antes de morir, Franco me cogió la mano y me dijo: ‘Alteza, la única cosa que le pido es que preserve la unidad de España’”.

España, pese al deseo de algunos sectores, no se ha dividido. Pero subsiste la polarización. El eventual traslado de los restos del dictador lo demuestra. Después de que el superior de la basílica del Valle de los Caídos se negara a facilitar el acceso a la cripta, el Vaticano volvió a reiterar que no tiene nada que señalar acerca de la exhumación de Franco.