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Historias de misericordia, una más…

Por Marcos Buvinic domingo 6 de noviembre del 2016
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A lo largo de este año, en esta columna he publicado varias historias reales que ponen la misericordia como una de las actitudes más importantes en una vida que busca ser verdaderamente humana. La grandeza de la misericordia reside en que, como ha dicho el Papa Francisco, “la misericordia es el otro nombre de Dios”.
Hoy quiero compartir con los amables lectores una historia brevísima que, a diferencia de las anteriores, no es real en su forma, pero sí lo es en su contenido, mostrándonos lo que somos o podemos ser unos para otros.
Sucedió -alguna vez- que una persona, viendo sufrir a un hombre a quien la fortuna había vuelto la espalda, indignado, se encaró con Dios diciendo: “No hay derecho, no es justo que permitas que este pobre hombre sufra tanto. Deberías hacer algo por él”. Ante la interpelación, Dios le respondió de esta manera: “Ya hice algo”. De nuevo, el que interpelaba a Dios, le dijo en tono altivo e insolente: “¿sí?, ¿y qué has hecho?”. La respuesta de Dios fue sorprendente: “Te hice a ti y te puse a su lado”.
Ser “prójimos” unos de otros significa hacerse “próximos” unos a otros. Se trata de asumir el hecho de que ante cualquier forma de dolor humano, cada uno de nosotros puede hacer algo, y cada uno de nosotros puede ser un rostro de la misericordia o una mano que misericordiosamente se tiende hacia quien lo necesita.
Siempre puede parecer fácil de-sentenderse del dolor de otros, cerrar los ojos o mirar para otro lado, o -simplemente- pensar que cada uno ya tiene bastante con sus asuntos y problemas como para estar cargando con los de otros. Es el individualismo egoísta que nos ronda en cada esquina de la vida y nos encierra en nosotros mismos, endureciéndonos el corazón, retirando la mano en lugar de ofrecerla, haciéndonos más solitarios en lugar de ser personas solidarias. El egoísmo -en cualquiera de sus formas- nos hace menos humanos y menos felices.
Unas palabras del Señor Jesús nos hacen presente una hermosa experiencia que -ojalá- todos hayamos vivido más de alguna vez en la vida, o que nos decidamos a querer vivirla en forma habitual: “hay más alegría en dar que en recibir”.
En la tradición cristiana las “obras de misericordia” nos recuerdan que eso siempre es posible. Recordemos las “obras de misericordia corporales”: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, y enterrar a los muertos. Y las “obras de misericordia espirituales”: aconsejar al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, y orar por los vivos y difuntos.
Hacerse prójimo, arrimar el hombro y ayudar a paliar el dolor -en cualquiera de sus formas- de quienes tenemos al lado, eso es misericordia… y la misericordia nunca es estéril.