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Historias de un crecimiento ingenuo

Por Ramón Arriagada miércoles 13 de junio del 2018

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Para las generaciones jóvenes es bueno traer desde la memoria histórica, las complejidades de un desarrollo económico esquivo para las regiones australes de Chile, en especial para la nuestra, la más extrema, para Magallanes. Revisando la literatura referida al tema, llama la atención la falta de comprensión del centralismo en Chile, en el sentido que las leyes deben facilitar el arraigo de ciudadanos en estos parajes.

A comienzos del siglo pasado, estos territorios, valorando Punta Arenas por ser “la ciudad” del  estrecho de Magallanes, permitían el máximo de facilidades en lo comercial, porque leyes aduaneras no existían. El casco central de Punta Arenas es testigo del desarrollo arquitectónico de un imperio que no fue; ello, porque llegó la apertura del canal de Panamá y el establecimiento de la Aduana a partir de 1914.

Un comentarista de los problemas de la población magallánica, Manuel Chaparro Ruminot, escribía en 1917, recogiendo las dificultades para los pobladores al tener que reemplazar por calzado nacional, las botas inglesas, las cuales “estaban hechas  en forma tal, que los preservaba de la humedad en que permanecen durante todo el día los peones y trabajadores de campo… se ven obligados a usar la bota chilena, cuyas suelas y cueros no tienen aún las condiciones de impermeabilidad de aquellas, lo que causa reumatismos, que en edad temprana inutilizan para las faenas de campo a muchos trabajadores”.

En aquellos años, de comienzo del siglo pasado, la gente protestaba indignada, porque las nuevas leyes aduaneras, les obligaba a comprar leche condensada nacional. Llegaba más cara a una región de Chile que por las condiciones de frío carecía de producción de leche al pie de la vaca. Además, decía Chaparro en 1917, “que las condiciones  del clima en Magallanes cortan la leche de la madre…nunca puede durar  más de tres meses de amamantamiento de la criatura. Las consecuencias de esta situación puede observarse en el número enorme de párvulos atacados de raquitismo, con sus huesos torcidos y sus columnas vertebrales desviadas”.

El Presidente Carlos Ibáñez del Campo, con la mejor intención decreta para Chiloé, Aysén y Magallanes en 1956, la Ley 12008, conocida posteriormente como la Ley del Puerto Libre; sus gestores la dictaron para abrir camino a la recuperación económica del territorio, estimular la creación de nuevas industrias y evitar el peligro de desnacionalización que se cierne sobre la zona, “como consecuencia del abandono en que ha sido mantenida”. El Presidente Ibáñez viaja en febrero de 1957 a Magallanes a inaugurar obras públicas de tanta importancia como el aeropuerto.

Una crónica del diario El Magallanes de febrero de 1957, señala que otros de los motivos de la visita de Ibáñez es analizar con su equipo económico, el porqué no avanzan las leyes de trato preferencial. A un año de vigencia del Puerto Libre, “son muy pocos los beneficios que ha recibido en materia de recuperación económica y fomento industrial, ya que el criterio imperante en los círculos de gobierno es el mismo de los poderosos intereses económicos concentrados en la capital”. Estas franquicias aduaneras y cambiarias que fueron cayendo en deterioro sin lograr en el tiempo la ansiada industrialización del territorio. La población pedía liberar la llegada de automóviles y otros vehículos motorizados, “en esta zona donde no existen ferrocarriles ni otros medios distintos de movilización”.

En nuestros tiempos, seguimos observando con preocupación, cómo muchas de las leyes de excepción son creadas para que el viento las amontone, sin lograr lo más importante, mayor presencia humana en estos territorios. Al parecer viviendo en Magallanes, te convences que el porvenir es una ilusión, tal vez por eso somos ingenuos.