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Hitler y las Olimpiadas

Por Jorge Abasolo lunes 1 de agosto del 2016

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Ya sabemos que las Olimpiadas de Río de Janeiro no contarán con la delegación rusa, siempre poderosa e ingrediente básico para darle brillo a la reunión de los máximos atletas del mundo. No estoy de acuerdo con quienes propalan que se trató de una decisión sesgada y política. Es cosa de recordar los hechos. En el transcurso del año 2015, la atleta rusa Yulia Stepanova, de 29 años y especialista en los 800 metros, junto a su marido, Vitaly Stepanov, quien trabajó para la agencia antidopaje de Rusia, denunció a través de la TV alemana el sistema con que el atletismo ruso evadía los controles de doping para competir internacionalmente. Aquella acusación desembocó en una investigación que dejó a Rusia sin atletas en los Juegos Olímpicos de Río 2016.

Pero la sola presencia de Usain Bolt basta para garantizar que estos Juegos Olímpicos no carecerán de atractivo. El jamaicano que corre más rápido que una mala noticia, ya está confirmado y solo se espera saber quién llegará en el segundo lugar en los 100 metros planos.

La historia de las Olimpiadas están cuajadas de chascarros, anécdotas y sucesos graciosos -cuando no- colindantes con la lujuria.

Fue para los JJ.OO. de Alemania, en 1936, cuando Adolfo Hitler campeaba, dominaba y lo que no trizaba lo invadía.

El hecho es que Hitler había quedado encandilado de la belleza de la velocista norteamericana Helen Stephens, ganadora de los 100 metros planos de aquella Olimpiada. La muchacha era de senos turgentes, potito parado y con más curvas que un autódromo. Hitler quedó tan encandilado con la chica que ordenó a uno de sus colaboradores (secuaces) que invitara a la atleta de 18 años a visitarlo en su despacho privado del Olympiastadion. Tras la ceremonia de premios la muchacha aceptó la invitación, porque según ella misma confesaría después, “Tenía curiosidad por conocer al dictador más importante de Europa”.

Pero la desilusión de Stephens sobrevino muy rápido. Conforme a su propio relato (hecho una vez que se fue de Alemania, por cierto), el encuentro comenzó cuando el Führer la recibió con el tradicional saludo nazi. Y continúa el recuerdo de la atleta de Yanquilandia: “Yo le di un buen apretón de manos, al viejo estilo de Missouri. Enseguida, Hitler me saltó a la vena yugular. Me agarró del trasero, lo apretó y lo pellizcó, y luego me abrazó y al oído me dijo “tú tienes un verdadero tipo ario. Deberías correr por Alemania”. Después me dio un masaje en los hombros y me invitó a pasar con él un fin de semana en su residencia de Berchtesgaden”.

Tan desconcertada como perro en bote, la Stephens logró escapar del despacho y del ardiente acoso de Hitler, para correr a refugiarse entre sus compatriotas.

Luego de ganar la posta 4×100, la muchacha volvió a ser invitada a la estancia privada de Hitler. Ella nada de lesa -y como la buena velocista que era- corrió a máxima velocidad…pero en sentido contrario.