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Iglesia en crisis

Por Abraham Santibáñez sábado 11 de agosto del 2018

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No han sido pocos los conflictos de la Iglesia Católica a lo largo de nuestra historia. Ninguno se compara, sin embargo, con la crisis actual: nunca antes, ningún gobierno había pedido -aunque fuese privadamente- que el arzobispo de Santiago se omitiera en el Te Deum de Fiestas Patrias.

Con su gesto el Cardenal Ezzati dejó más preguntas que respuestas. También es ambigua la forma en que se restó de su papel de Gran Canciller de la Universidad Católica. Y está, claro, su compleja situación como imputado por encubrimiento ante la justicia.

No es el único síntoma de un malestar generalizado.

Dos senadoras -Ximena Rincón y Adriana Muñoz- se pusieron en campaña para que se revoque la nacionalidad concedida por gracia al cardenal Ezzati. Su argumento principal es que “quebró la confianza, por encubrir acusaciones de abuso sexual”.

Son momentos de duda y confusión, tanto entre los fieles como entre los pastores. Lo primero, creo, es comprensible; lo segundo, resulta imperdonable.

En la segunda mitad del siglo XIX se vivieron momentos comparablemente duros, pero entonces la jerarquía no  estaba confundida.

Se aprobó entonces una serie de leyes laicas: la ley de cementerios en 1871; el Código Penal en 1874; la supresión del fuero eclesiástico en 1875 y el conflicto por el nombramiento del arzobispo de Santiago (1878).

Se dijo entonces que estas leyes llevarían a “la decadencia moral de la sociedad entera”.

En nuestro tiempo los mismos temores se expresaron ante proyectos como el divorcio o el aborto por tres causales.

Pero las catástrofes anunciadas no se han cumplido. Lo que sí ocurrió es que muchos oscuros secretos salieron a la luz pública.

Esto último es lo que preocupa a un grupo creciente de laicos católicos. Desde junio, han estado construyendo un mensaje en torno a “La Iglesia que queremos”.

Se trata inicialmente de una propuesta de ocho carillas formulada como una Carta Abierta al Papa y a los obispos chileno.

De partida dicen que “tal como nos enorgullecemos de Francisco de Asís, Tomás Moro,  Madre Teresa y del Padre Hurtado, sentimos vergüenza propia por Maciel, Karadima y tantos otros sacerdotes y religiosos  pedófilos; y ¿qué decir de los obispos encubridores? Nos abruma  que, a consecuencia de estos condenables comportamientos, millones de personas se están distanciando de la fe”.

Puntualizan:

“…por importante que sea la Iglesia, Jesucristo es el fin. La Iglesia sólo  es eficaz en la medida que nos orienta hacia Él, su testimonio y su palabra. Por eso esta crisis es doblemente grave, sobre todo para quienes inadvertidamente pusieron su fe en la Iglesia y sus autoridades, en vez  de en la persona de Cristo”.

Luego desarrollan su propuesta:

“Queremos una iglesia: centrada en Jesús y su proyecto de vida; que vive y simboliza lo que predica; evangélica y misionera; cuyo magisterio esté centrado en lo esencial; que  distinga entre  los ideales y  las normas morales básicas, y cuya institucionalidad esté acorde a Su mensaje”. Coherencia, en suma.

Cree este grupo que “la Iglesia nunca alcanzará la perfección” pero confía en que, de esta crisis, la institución saldrá fortalecida.

Habrá que estar atentos a lo que viene.