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Infidelidad…

Por Jorge Abasolo lunes 10 de febrero del 2020
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Yo solía hacer chistes a costa de los gorreados, de aquellos que sufren la infidelidad o de quienes son “adulterados”, como decía un amigo mío muy huaso y muy de campo. Y solía contar el chiste de aquel tipo tan cornudo que se tenía que disfrazar de vecino para acostarse con la señora.

Pero, ya lo dice un refrán ruso, “cuando te pase a ti vas a saber que es cierto”.

Si hay una cosa que al chileno le cuesta confesar es una infidelidad…donde él es la víctima.

No es mi caso, pues se los voy a contar de modo franco, sin afeites.

Cuando me sucedió pensé que estaba borracho, pero no. Me sacudí y llegué a la conclusión que a veces la realidad es una ilusión creada por la falta de alcohol. Parecía un episodio de una película de Hitchcock, o un sainete surrealista…una película de los Tres Chiflados o una declaración del Frente Amplio. Peor que eso.

Todo partió cuando las cosas se oficializaron con mi pareja. Esa gatita mimosa y sensual venía a mi casa y se dejaba acariciar, se dejaba alimentar de cuerpo y espíritu y me decía en el lecho “que yo era su Rambo al cubo”.

Como aprendí a ser desconfiado -después de creer en la clase política chilena- cierto día la seguí para registrar sus andaduras…

Hasta que la pillé con otro en un restaurante de comida árabe.

¡Y la muy perversa me había jurado muchas veces que le cargaba la comida árabe!

Entonces me acordé de lo que solía decir mi amigo André Jouffé, que vivió años en París: “L’amour est eternel, tant qu’ il dure” (el amor es eterno mientras dura)

Pero mi pesadilla estaba lejos de terminar. A la semana siguiente la volví a seguir y la pillé con otro, y al día siguiente la volví a seguir y la volví a encontrar con otro. A los tres días la seguí -ya con menos ganas- y una vez más la encontré con otro. Entonces concluí que yo era uno de los tantos otros para ella. Le dije que me explicara lo ocurrido y sólo atinó a dar más excusas. Al borde del paroxismo, no podía dormir por las noches repasando los rostros de quienes ocupaban mi lugar y hoy eran sus amantes. Eran tipos de una marcada diferencia física. Había uno chico y rosado que más bien parecía jabón de motel. Otro era flaco, de rostro atrabiliario y más pelado que codo de notario. Un tercero era bastante parecido a mí, aunque no tan bello.

Hasta que un día volvió a casa mientras yo dormía…dejándome una nota en que me avisaba que se iba de mi hogar y que se marchaba con …¡el cobrador de la luz!   ¡¡El mismo a quien yo le regalaba ropa vieja y hasta le invitaba a un trago para que no se sintiera tan solo!!

Afortunadamente me dejó la cuenta pagada…