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Jaime Celedón

Por Jorge Abasolo lunes 15 de agosto del 2016

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Sentí su muerte como si fuese la de un pariente cercano.

A mi modo, fui uno de sus epígonos.

Jamás contaba un chiste, pero era capaz de crear situaciones humorísticas y ahí destilaba talento a borbotones.

Fue el pivote del Teatro ICTUS, ese que innovó el teatro y nos hizo ver que el humor va mucho más allá del chiste; y es más bien una actitud ante la vida.

Polifacético, lo incluí en el primer libro de reportajes que publiqué.

Fue una entrevista muy seria, donde me quedó claro que la agudeza y la originalidad eran sus cartas de presentación.

Hablamos de la vida, de la muerte…del ser humano. Aún recuerdo que me dijo que desde una severa operación a la que tuvo que someterse, estaba ensimismado con la ontología, esa ciencia que escarmena las sinuosidades de lo que es realmente el ser humano. ¿Somos un montón de huesos, músculos, cartílagos y nervios? ¿Somos lo que pensamos? ¿Somos lo que soñamos? ¿Somos lo que decimos?  Eran los acertijos de esa época de Jaime, y compartíamos muchas de esas preguntas.

Era un hombre de anécdotas la mejor definición de Celedón es que fue un ser indefinible. Cuando algunos creían etiquetarlo en una determinada categoría (publicista, comunicador, actor, director, productor o escritor) él mismo rompía el molde y asomaba el Jaime inclasificable.

Fue el conductor del programa “Improvisando”, donde muchas jornadas llegaron a una extrema violencia verbal.

En cierta ocasión, Jaime invitó a la entonces ministra Mónica Madariaga y le avisó a Domingo Durán, uno de las panelistas estables.

Ese día llegó Durán casi al iniciarse la grabación. Venía del Club de la Unión, donde se sentía como chancho en el barro. Una vez comenzado el programa, Celedón advirtió que don Domingo tenía el marrueco abierto. Apenas se fueron a comerciales, el conductor se lo hizo saber delante de todos:

– Oye Domingo, tenemos invitada a la ministra…¿cómo se te ocurre sentarte con el marrueco abierto?

Todos se rieron, pero Durán, a quien le sobraban pachorra y picardía, respondió sin inmutarse:

– Mira, Jaime…tu sabes que en la arterioesclerosis hay tres etapas.

Celedón dijo que no lo sabía y que deseaba conocer cuáles eran. Y Durán explicó su tesis:

– Sí, tres etapas. En la primera, cuando uno va al supermercado y se olvida qué fue a comprar. La segunda, cuando vas al baño y se te olvida cerrar el marrueco…¡Y en esa estoy pus huevón…!

Celedón, ya sonriente preguntó:

– ¿Y cuál es la tercera?

– Bueno, la tercera, que por suerte no me ha llegado, es cuando vas al baño…¡y se te olvida abrirte el marrueco!

Celedón fue un poco iconoclasta y profundo conocedor de la psicología humana. Intuía a cabalidad los sinuosos vericuetos de la mente, donde colisionan los pensamientos más sublimes con las ideas más abyectas. Se sintió siempre un actor y permanentemente se mantuvo en estado de vigilia.

Jamás se inhibía al hablar de sus fracasos, que los tomó como la catapulta que lo elevó a la cúspide del éxito teatral y de la publicidad.

Fue el arquetipo de la creatividad…y por eso nunca terminaremos de echarlo de menos.